Besar el pan

Besar el pan
ULISES
 

Uno de los primeros recuerdos que tengo es el de las mujeres de mi aldea con una canasta de pan sobre un rodete en la cabeza caminando del horno hasta la casa. El pan, aunque fuera de maíz o de centeno, era lo más importante de la vida. Íbamos de furtivos a los molinos por la noche, con costales de trigo en los lomos de los burros. Por el pan se encarcelaba a la gente, que ya no estaba para protestas como en otras épocas, cuando se echaba a la calle en los motines de los Gatos o de Esquilache dando falsos vivas a los reyes o echando maldiciones ciertas a los validos.

Al pan dorado lo besábamos. El mejor olor -además del de las trenzas de las chicas o el del café, aunque fuera de malta o de cebada y en puchero- era el del pan. Ese amor, esa melancolía, los recordó Almudena Grandes en un artículo en el ‘New York Times’ sobre la desolación y el hambre de la posguerra. Contaba cómo el pan se convirtió en una hechura sagrada, hasta el punto de que lo besábamos si se nos caía. “Si se caía un trozo de pan al suelo nos obligaban a recogerlo y a darle un beso antes de devolverlo a la panera”, escribió. La escritora no cuenta -quizás no se hacía en la ciudad- que cuando los padres iban a cortar rebanadas, aunque fueran ateos, hacían una cruz gestual con el cuchillo. Estos días Almudena ha publicado una novela con el bello título del artículo del ‘NYT’: ‘Los besos en el pan’.

No es que cualquier galipa pasada fuera mejor, pero no es comparable el hambre de la última recesión con el de posguerra. Han sido y siguen siendo dramáticas las colas de los comedores sociales, los ojos tristes de los sin techo o los de los parados sin esperanza, pero a casi nadie le ha faltado un trozo de pan. Y eso es nuevo, porque aquí, incluso en los tiempos de las cascadas de oro, el pan fue el verdadero vellocino de oro de los pícaros, los conquistadores y los escritores. Los clásicos siempre escriben de molletes y mantecados. Cuando hablan del pan, no lo describen como las hogazas de las cuevas donde Odiseo cabalgaba sobre ninfas con lanzaderas de oro, que cantaban con voz hermosa; aquí se habla del pan con síndrome de abstinencia.

En’ El Quijote’, tan importante como el vino era el pan y el modo de hacerlo. Los clásicos -Tirso, Lope, Cervantes, Calderón- hablan con más admiración del pan de Gandul, de las aceitunas de Sevilla, del melón de Granada o de los higos de Córdoba que del rey. En ‘Rinconete y Cortadillo’, los pícaros se sentaban alrededor de una estera y sacaban de la cesta un gran haz de rábanos, una cazuela de tajadas de bacalao, medio queso de Flandes, “y una olla de las famosas aceitunas, y un plato de camarones, y gran cantidad de cangrejos, con su llamativo de alcaparrones ahogados en pimientos, y tres hogazas blanquísimas de Gandul”. Esas hogazas iluminan las mejores páginas del barroco. Gandul ya no existe; era un pueblo que abastecía cada mañana a Sevilla con el mejor pan de España -hecho de trigo tan antiguo como la yerba-, pan adorado por los españoles como Dios antes de Cristo.

http://www.elmundo.es/opinion

Deja un comentario