Deserción ante los bárbaros

Deserción ante los bárbaros
ULISES

A Proust le fascinaban los ‘raids’ aéreos en el cielo de París. “La primera vez que un hombre entra en combate se parece a la primera vez que hace el amor”. Lo decía Ben Bradlee, que combatió en el Pacífico durante la II Guerra Mundial. Después de la I y la II vino Vietnam, las opiniones públicas rechazan a los ‘baby killers’ y a los “ángeles atroces en vuelo horizontal”. Los manifestantes le preguntaban a Johnson: “¿Cuántos niños has matado hoy?”. Los estadounidenses, los europeos, los españoles ya no tienen gana de pelear, ni de volver del frente en una bolsa de plástico; detestan la guerra como se vio en las marchas ‘No War’ durante la guerra de Vietnam o en las manifestaciones contra la de Irak. Según una encuesta que publicó ayer EL MUNDO, el 54% de nuestros ciudadanos se oponen a la aún no declarada intervención en Siria contra el Estado Islámico. Durante el fin de semana hubo una concentración en el Museo Reina Sofía donde se reunieron cientos de manifestantes, después de que miles de abajo firmantes lanzaran el grito contra la guerra: ‘No en nuestro nombre’.

Algunos analistas comparan la situación de Occidente – pacifismo, ecologismo, feminismo, tolerancia, multicultura, posmodernidad, lo que definió Vattimo como «una anarquía no sangrante»- con la decadencia irresistible del final del Imperio romano. No me refiero a la predicción totalitaria de La decadencia de Occidente, sino a un luminoso libro, ‘Decadencia del Imperio romano’, de Edward Gibbon, donde se cuenta cómo se apoderaron de Roma los cobardes, los burócratas, los degenerados. Edward Gibbon, escribe Borges, parece abandonarse a los hechos que narra “y los refleja con una divina inconsciencia que lo asemeja al ciego destino, al propio curso de la Historia”. Harold Bloom le dijo a Eduardo Lago en 2011: “El libro de Gibbon es profético, debería leerse en las escuelas. Los últimos emperadores, a excepción de Obama, están cometiendo los mismos errores que cometieron los últimos emperadores romanos”. Eso los estadounidenses; los europeos no están dispuestos a que nadie muera por defender sus libertades. En el texto de Gibbon, que se lee como una novela, los protagonistas son las generaciones humanas y la síntesis es que Roma cayó porque los ciudadanos se olvidaron de las virtudes cívicas, y dejaron la defensa de sus fronteras a mercenarios del enemigo. La invasión no fue más que un cambio de guardia entre bárbaros. En las ruinas del Capitolio, mientras los frailes descalzos cantaban vísperas, Gibbon pensó que Roma no fue abatida por el enemigo exterior, sino por su cobardía y deserción. “Tertuliano, que veía claro, lo escribió abiertamente. Para él, todo el mundo pagano estaba en liquidación. Y cuanto antes se le enterrase tanto mejor sería para todos”, comenta Indro Montanelli en ‘Historia de Roma’. Las élites no querían ir a la guerra, aunque se oía el trote de los caballos enemigos. “Como siempre -sigue Indro-, el pescado empieza a apestar por la cabeza”.

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