Día de muertos, noche de muerte

En la policía romana se garabatean tres letras. O, mejor, una sola letra repetida tres veces: P P P: las iniciales de Pier Paolo Pasolini.

 Día de muertos, noche de muerte

 

Han pasado cuarenta años justos. Amanece sobre Roma. Se termina la noche de muertos y hace fresco. Es domingo y la ciudad se despereza lentamente y un poco de mejor humor que de costumbre. En el barrio de Ostia, junto al viejo aeropuerto, los escasos trabajadores que hoy deben laborar caminan apresurados, las manos en los bolsillos, a tomar los autobuses de suburbios. Ya se escuchan a lo lejos los primeros claxons y los ruidosos y obscenos saludos de las mujeres que van a la pila por las cubetas de agua.

Muy cerca de las pistas hay un terregal grande. A esta hora del domingo todavía está desierto. Por ahí no pasa nadie. Salvo Lollobrigida. No Gina, sino Maria Teresa, una comadre del barrio, que se acerca, sin duda atraída por el bulto que se distingue cerca del borde del baldío, junto a una zanja. Es un amasijo de ropa azul verde gris. Basura seguro. Una de esas cosas que luego dejan caer los camiones. Pero a lo mejor se puede aprovechar algo.

Más tarde, pasado el mediodía, Maria Teresa Lollobrigida declarará a la prensa: “Fui yo la que encontró al muerto… Tenía la cabeza destrozada. El pelo impregnado de sangre seca. Estaba boca abajo, con las manos debajo del cuerpo. Iba sucio y mal vestido, con una camiseta y unos jeans manchados de grasa. Llevaba unas botas café y un cinturón también café”.

Algún crimen de rutina, sin duda. Un arreglo de cuentas entre “accattoni”. Pero esta vez, incluso, el forense se impresionará un poco. Esta vez se pasaron; no es común ver tanta saña y brutalidad. Pondrá cinta adhesiva con una clave apresurada en la muñeca del cadáver y dará su visto bueno para que lo levanten. En el parte escribirá: “…rostro desfigurado, tórax ensanchado e informe, los dedos de las manos fracturados…”.

Sólo hacia las primeras horas de la tarde se sabrá el nombre que llevó en vida el amasijo hallado en el baldío de Ostia. En el esparadrapo del brazo, y en los papeles que van y vienen de una oficina a otra, en la policía y en los tribunales romanos, se garabatean tres letras. O, mejor, una sola letra se repite cada vez tres veces: P P P: las iniciales de Pier Paolo Pasolini.

Es la noche del domingo 3 de noviembre de 1975. Un pasmo recorre el mundo intelectual, a velocidad vertiginosa: primero por teléfono entre los romanos. Suena el de Moravia, y suena el de Bolognini, y suenan los de Fellini y deVisconti. Suena el de Quasimodo y el de Eco. Suena también el de Andreotti, el de los aposentos más reservados del Vaticano y del Chirinale: Hanno amazzato Pasolini. Hanno amazzato Pasolini. Es el alarido del grand finale de Cavaleria Rusticana, sin aplausos.

Esa misma madrugada repicarán los teléfonos de todas las ciudades del mundo: Mataron a Pasolini. La noticia se expande como flama en pajar, como reguero de pólvora, como si hubieran asesinado a Pasolini. A Pier Paolo Pasolini. A las diez de la mañana del lunes 4, hora de Roma, todos lo saben. Todos los que deben saberlo. Su muerte no ocupará los encabezados. No es presidente de Estado alguno, ni cantante de ningún grupo. No es deportista ni ha salido demasiado por televisión. Pero entre los que saben, entre aquellos que sospechan lo que significó, es la conmoción.

¿Quién y por qué? No tiene la más remota importancia. Todos sabemos quién y todos sabemos por qué. Ignoramos tal vez los nombres concretos y las circunstancias exactas, pero ¿qué desdichada y puta importancia tiene? Hicieron callar a Pier Paolo. Tenía 53 años. Su boca yace, llena de tierra, sobre un solar de los suburbios de Roma. Sus ojos, opacos para siempre más, no volverán a mirar por nosotros.

El crimen nunca será esclarecido. Esa misma mañana será detenido, manejando como un demente el Alfa Romeo Giulia 2000 GT de Pasolini, un jovencito prostituto, Giuseppe Pelosi, llamado Pino la Rana, de 17 años, que confesará sin demasiados problemas haber matado al artista. Demasiado pocos problemas. UnAburto cualquiera. El caso es rápidamente resuelto y cerrado. Ese tal Pino a la cárcel y, sobre todo, Pasolini bajo tierra y en silencio.

Han transcurrido ocho lustros y el señor Pelosi, hoy de 57 años, anda por ahí tan campante.

Pasó un rato en intermitente libertad condicional ameritando nuevos encierros, incluso logró ganar algunos tolecos ofreciéndose en intrigas odiosas. Muchos agraviados suyos en numerosas zonas aseguran tenerle encono, Visconti incluso consideró asesinarlo.

Sin embargo, finalmente, aquí no pasó nada. Pero a Pasolini no lo revive ni Dios. Ni a Pasolini ni a todo lo que fue y representó. Él sigue bajo tierra, la boca llena de tierra. O ya no. Él es tierra ya. Y su boca y sus manos y sus ojos son tierra. Así lo quiso el poder. El silencio para siempre más, por los siglos de los siglos. Amén.

Mas no. No. Ahí están todos sus poemas, y cada una de sus películas, y cada una de sus novelas, y cada uno de sus gestos. Y ahí estamos todos los que lo hemos visto y lo hemos leído, todos los que lo hemos llorado y todos los que vamos a hablar de él y por él. A ver cómo le hacen. Por los siglos de los siglos. Amén.

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