Muchas son las variaciones históricas sobre el origen de estos espejos mágicos. El consenso dice que aparecieron por primera vez en China alrededor del siglo II a. C. y que fueron producidos en grandes cantidades durante todo el periodo de la dinastía Han (206 a.C.–221 d.C.). Lo que sí sabemos es que su cualidad “mágica” fue un efecto completamente accidental y poco menos que maravilloso. Pocos son los que han visto alguno, o incluso escuchado hablar de uno, en gran medida porque en Occidente quedan muy pocos ejemplares y porque, después de siglos de intentar entender su mecanismo, la ciencia logró reproducirlo… Y como sabemos, cuando un misterio queda descifrado, la infatuación es la primera que padece.

Los espejos mágicos, literalmente “espejos de transmisión de luz”, están hechos de bronce fundido y son generalmente circulares y de alrededor de 15 a 20 centímetros de diámetro, con una superficie o cara frontal pulida que arroja un reflejo bastante fiel de los objetos de enfrente. En la superficie del reverso hay un dibujo modelado en bajorrelieve que puede ser un paisaje con árboles, agua, pájaros o animales, una inscripción o quizás una figura de Buda. La cualidad “mágica”, por la cual son famosos, consiste en el hecho de que cuando una luz fuerte, como un rayo de sol, cae sobre la cara frontal del espejo y se refleja en una pared blanca, la imagen modelada en el reverso del espejo aparece como un patrón de líneas de luz en la pared. Así, de los efectos lumínicos o especulativos que conocemos del mundo, este es sin duda uno de los más inesperados… de los más cautivadores.

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Los modelos chinos, sin embargo, son extremadamente raros, tan raros, de hecho, que no hay uno solo en París, la ciudad que, a su descubrimiento, quedó más embelesada con ellos. Pero los japoneses también tienen espejos mágicos que, aunque ligeramente distintos en su manufactura, arrojan los mismos espectros de luz y sus diseños son sin duda los más bellos. De estos hay varios en el mundo probablemente porque en el Japón antiguo los espejos eran especialmente adorados como objetos raros y misteriosos, considerados “una fuente de honestidad” porque reflejan “todo lo bueno y lo malo, lo cierto y lo erróneo… sin falla”. De hecho, uno de los tesoros imperiales más importantes de Japón es el espejo sagrado llamado Yata no Kagami.

El primer espejo mágico que apareció en Europa fue propiedad del director del Observatorio de París. A su regreso de China trajo consigo varios espejos y uno de ellos era mágico. Este último fue presentado como una irresistible incógnita a la Academia de Ciencias de Francia en 1844; nadie había visto algo parecido y por más que registraron su comportamiento nunca pudieron entenderlo del todo. En total hubo sólo cuatro espejos mágicos de que se tenga registro llevados de China a Europa; pero en 1878, dos profesores de ingeniería le presentaron a la Royal Society de Londres varios modelos que habían traído de Japón. Los ingleses les llamaron “espejos diáfanos” y por primera vez hicieron observaciones técnicas relativas a su construcción. Sus efectos eran tan maravillosos que la Royal Society –que no es decir poco– quedó hipnotizada con ellos. Nadie, sin embargo, pudo averiguar qué producía la fantasmagórica y bellísima proyección de luz. Mientras el metal de la cara frontal es completamente sólido, la imagen reflejada da la impresión de que debe ser de alguna manera traslúcido. Por muchos siglos la “magia” de estos espejos dejó perplejos a científicos y coleccionistas, quienes catalogaron al fenómeno como una “ilusión óptica imposible” y por lo tanto “mágica”.

Hace alrededor de 1,200 años, de acuerdo a la UNESCO, el secreto fue revelado en un texto chino titulado Registro de los espejos antiguos. Pero este libro se perdió por completo un par de siglos después. En 1932, sin embargo, el científico Sir William Bragg al fin descubrió por qué el reflejo de los espejos mágicos muestra el diseño de su reverso, y dedujo que en sus primeras apariciones el efecto fue producto meramente de los accidentes propios de la herrería antigua, que consistía de remaches y martillazos, entre otras cosas. En cuanto al efecto, esto fue lo que explicó:

Aunque la superficie de los espejos está pulida y parece completamente plana, tiene sutiles curvas convexas y cóncavas causadas por el diseño. Las convexas (hacia afuera) esparcen la luz y oscurecen sus áreas de reflejo. Las cóncavas, por su parte, enfocan la luz e iluminan sus áreas de reflejo. Los espejos son de bronce fundido, y las partes más gruesas se enfrían a distinta velocidad que las delgadas. Ya que el metal se contrae un poco mientras se enfría, los distintos rangos de enfriamiento “estresan” o deforman ligeramente el metal. Las áreas delgadas también son más flexibles que las gruesas, y por lo tanto el proceso de pulido, que debería suavizar el metal hasta obtener uniformidad, exagera las ligeras diferencias en grosor. Y aunque no podemos ver el patrón en la superficie del espejo, los fotones lo delinean de manera clarísima, y así, cuando se les permite rebotar sobre las curvas del espejo, el patrón emerge.

Hoy se rumora que Yamamoto Akihisa es el último fabricante de espejos mágicos en Japón. El Kyoto Journal lo entrevistó y el artesano explicó parte de su técnica, que le enseñó su padre y a él su padre y así sucesivamente por generaciones. Nuestra generación apenas está conociendo este objeto, que es ya parte de la historia mágica de la credulidad humana, una que convocó, como en rarísimas ocasiones, a la ciencia, a la estética y a la maravilla simbólica por igual.

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