LAS PALABRAS DE LA TRIBU: SOBRE LA ETNOPOESÍA DE JEROME ROTHENBERG

Según el poeta y lingüista francés Henri Meschonnic, toda lengua hegemónica es tal porque existe en ella un gran poema al cual remitirse. Esta relación entre la supervivencia de una lengua y el desarrollo de una cultura puede constatarse en ejemplos como los poemas homéricos y la cultura/filosofía griega (Ilíada yOdisea), o la Torá en hebreo. ¿Y qué pasa con las lenguas “menores” políticamente hablando? ¿Digamos, aquellas lenguas en las que ningún Homero y ningún Virgilio escribió? Según el poeta, antropólogo y antologador Jerome Rothenberg (nacido en la ciudad de Nueva York en 1931), los parámetros occidentales de lo que es un poema dejan fuera muchos ejemplos de producciones del espíritu que son catalogados por investigadores como “cantos tradicionales”, pero a los que no suele darse el nombre de “poema”.

Pero la escritura es un invento relativamente reciente en la historia de la humanidad, y que no exista escritura en determinada sociedad no es equivalente a que no exista poesía. En una de sus antologías seminales, Technicians of the Sacred: A Range of poetries from Africa, America, Asia & Oceania, Rothenberg escribe:

No hay idiomas a medio formar, ni subdesarrollados o inferiores. En todos lados el desarrollo ha tenido lugar bajo estructuras de gran complejidad. Pueblos que no lograron descubrir la rueda, tuvieron éxito en inventar y desarrollar una gramática altamente labrada.

Esta gramática no debe entenderse en un sentido —únicamente— lingüístico, sino como estructura de pensamiento mágico que determina las condiciones políticas de los pueblos, mediante las cuales son administradas las relaciones con los planos divinos y profanos. El canto, la danza, el sueño y otras formas de expresión forman parte de esa “gramática” que constituye el espíritu de cada pueblo, y que Rothenberg ha estudiado de manera sincrónica y generosa a través del concepto de “etnopoesía”.

“Etnopoesía” no pretende segregar conceptualmente los poemas o cantos de pueblos sin escritura, por el contrario: es una herramienta teórica tanto como espiritual para darle el mismo sitio y estudiar con el mismo rigor un canto de fertilidad del pueblo Navajo que un poema de Artaud. En palabras de Rothenberg, la etnopoesía “se refiere a un intento de investigar a una escala transcultural el rango de poéticas posibles que no sólo han sido imaginadas, sino puestas en práctica por otros seres humanos”.

En los años 60, Rothenberg vivía a caballo entre las vanguardias poéticas de Estados Unidos, desde los Beat como Allen Ginsberg y Gregory Corso hasta los poetas del Black Mountain College, como Robert Creeley o Charles Olson, a la vez que estudiaba antropología. La etnopoética como práctica es indistinguible de su afán de traducción —Rothenberg ha hecho ejercicios maravillosos con poemas de Federico García Lorca y Octavio Paz, por citar un par de casos en español— y sus periódicas antologías han sido leídas como enormes collages donde se dan cita poetas-cantores que nunca escribieron una línea con vanguardistas del siglo XX.

Mientras la etnología tradicional veía los cantos y ritos de los pueblos sin escritura como “salvajes” o “primitivos”, el énfasis de Rothenberg consistió en reunirlos “a través de la traducción” para “superar el sentimiento de imposibilidad de abarcar la poesía del mundo”. Esta tentativa lo ha llevado a editar numerosas antologías entre las que se destacan Shaking the Pumpkin: Traditional Poetry of the Indian North Americas (1972); America a Prophecy: A New Reading of American Poetry from Pre-Columbian Times to the Present (1973), coeditado con George Quasha; y Symposium of the Whole: A Range of Discourse Toward An Ethnopoetics (1983), coeditado con su esposa, la antropóloga Diane Rothenberg, así como el blog (frecuentemente actualizado hasta la fecha) Poems and Poetics.

Si la famosa misión del poeta, en palabras de Mallarmé, es “dotar de un sentido más puro a las palabras de la tribu”, el trabajo de Rothenberg, tanto en su escritura como en sus traducciones, puede verse como un esfuerzo titánico por entender y conectarse de manera directa y personal con las palabras de una tribu compuesta por todos los pueblos del mundo. La etnopoética permite pensar la poesía no como una curiosidad antropológica de los pueblos, sino como parte del espíritu compartido por todos. Rothenberg es algo así como un chamán de la lingüística, alguien capaz de presentar un poema o un canto tradicional con una rigurosa investigación etnográfica, para después ejecutarlo en vivo —sus performances son legendarios— como si se tratara de una ceremonia.

El carácter enciclopédico de su obra antológica y poética lo vuelve una especie de médium que, en los albores de un siglo XXI transcultural en el discurso pero profundamente racista en la práctica, hace de Rothenberg un referente fascinante para pensar la humanidad como un conjunto heterogéneo de seres que cantan, y que sin importar si viven en un medio rural o en la pesadilla de las ciudades modernas, recurren a la palabra —cantada o escrita— para habitar el mundo.

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