Los malos maestros

-Oficio noble es el del barro, / de entre todos el señero. / Dios fue el primer alfarero / y el hombre su primer cacharro.

Los malos maestros

En el epígrafe con el que encabezo estas líneas podría perfectamente sustituir a Dios por el maestro y al hombre por su pupilo. En efecto, estoy convencido de que es el preceptor el que moldea la personalidad del futuro adulto que será su alumno. Uno es sus maestros.

Los padres también tienen qué decir en tal labor. Que ni qué. Su responsabilidad en la forja del sujeto al que dieron luz es grande, enorme. Infancia es destino, si hemos de creer a meister Freud. Sin embargo, las relaciones con los padres, es decir con los hijos, son siempre conflictivas. Hay un entramado complejo de afectos, celos y agravios. Los roles respectivos no acostumbran a embonar de manera armónica. No porque sí la gran mayoría de los trastornos síquicos se gestan en esa estructura familiar. Los divanes están harto familiarizados con los deseos y reproches hacia la pareja parental.

Con el profesor las cosas son distintas. Se trata de una figura paterna o materna, sin duda, pero liberada, despejada de todas esas marañas con las que el pequeño o el joven se enreda frente a sus progenitores. Digamos que la efigie del maestro es mucho más límpida y contundente.

Cuando se habla de grandes hombres, Einstein, Lenin, Bach o Shakespeare, antes de preguntarme quiénes fueron sus padres, me planteo quiénes habrán sido sus maestros, y no dudo en atribuirles una dosis más que considerable en la cocción de los genios.

Quien ha gozado de la fortuna de pasar por las manos de grandes mentores tiene asegurada la mitad de su periplo por la vida. Por lo menos. La cuestión aquí es la de determinar qué es eso de un “buen maestro”, en qué consisten su talento y su virtud.

Todos recordamos a algún preceptor. Aquel inolvidable, que consideramos nos dejó una huella imborrable y que ha determinado en buena medida nuestra deriva, en las buenas y en las malas. Normalmente le hemos perdido la pista, no acostumbramos a saber qué ha sido de él o de ella luego que nos soltó de la mano. Y, sin embargo, fantasmagórica su presencia no se separará de nuestro lado, la percibamos o no.

Yo mismo me considero un elegido. No por mis propios méritos sino por el de mis maestros ejemplares, que han sido, para ventura mía, numerosos. ¿Cómo no recordar con una nostalgia tan dulce como intensa a los profesores Vinós,Delgado, Santaló, Muñoz, Lluís, Torres, Barajas? ¿O a las maestras Elena, Oliva, Trueta? Mi propia madre fue mi maestra de segundo de primaria. Me reservo los comentarios acerca de lo que significó tal experiencia para mí. Y supongo que para ella. Es de muy mal gusto elogiar a los seres queridos.

Sin embargo, hay un punto delicado, difícil, que quiero abordar aquí. No siempre es del mejor mentor del que más aprende uno. He tomado clase con verdaderos virtuosos de la cátedra, artistas del estrado. Asistir a sus cursos es como presenciar una obra de teatro o, más aún, como ir a misa. Todo es perfecto. Todo está en su lugar, fluye como un gran río, majestuoso pero plácido y avasallador. Hay algo del orden de la fascinación ahí.

Lo he dicho más de una vez: el oficio del maestro es mil veces más desafiante que el del actor de teatro. Éste representa una y otra vez la misma obra siempre ante públicos distintos. El preceptor en cambio debe actuar una pieza distinta cada día ante el mismo público. Y ambos deben seducir al auditorio.

Y ahí reside precisamente el peligro: si el estudiante embelesado se convierte en espectador, se jodió la cosa. Dejará de inquietarse y preguntarse. Dejará de pensar. Suprimirá la actitud crítica, activa y adoptará una pasiva. Cesará el mecanismo del aprendizaje propiamente dicho. Aprendizaje, no lo olvidemos, que debe tener mucho de entrenamiento. Es decir, de esfuerzo.

A menudo es aconsejable, incluso imprescindible, que el educador, frente al pizarrón, titubee, trastabille, se vea obligado a callar, a meditar en busca de la solución. Nada más propiciatorio y más estimulante que el maestro se equivoque y que algún alumno lo corrija. Señal inequívoca de que el artefacto enseñanza-aprendizaje está funcionando en plenitud. Tal fenómeno es especialmente importante en la educación media, en los institutos, que aquí llamamos secundaria o preparatoria.

Profesores espléndidos de instituto generan resultados inciertos, obteniendo buenas valoraciones incontestablemente otorgadas. Entre los bachilleres imperan comúnmente hábitos o tendencias irreflexivas edificando nociones erróneas. Verter información cual agua termal a menudo bloquea irremisiblemente equivocaciones necesarias.

Debo a mi extraordinario maestro rumano Aristide Halanay esta lección. Tal vez la más importante que me dio. De él aprendí no sólo ecuaciones diferenciales, sino también la importancia del error que acecha, y del indispensable estado de alerta, tanto del sabio como del aprendiz. Un maestro que frente al grupo se limita a leer sus apuntes, o peor todavía, un libro, no es un maestro.  Contra la jerarquía oficial, maestro, magister, es más que doctor.

El buen maestro no es el que sabe, sino el que hace saber. Y para ello debe saber improvisar y errar. ¡Nunca a propósito! un error fingido no es un error, es una farsa. El buen maestro, con toda humildad, debe saber ser mal maestro.

Marcelino Perello

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