La aventura imposible del Essex

Gregory Peck en ‘Moby Dick’, dirigida por John Huston.

La película ‘En el corazón del mar’, recién estrenada, recrea las vicisitudes del ballenero que fue atacado por un cachalote descomunal en 1820 y que dio pie a que Herman Melville escribiera ‘Moby Dick’. El traductor de la biografía del novelista recrea los sucesos que rodearon a la tripulación.

JUAN BONILLA

«Una ballena sedienta de sangre humana»: así se define en algún momento deMoby Dick a la famosa ballena que persigue incansable el capitán Ahab. El hecho de que un animal que pertenece a una especie perseguida y habituada a huir se convierta de repente, como en un salto evolutivo, en perseguidora procede de unos sucesos reales que Herman Melville agigantó dotándolos de conmovedora fuerza bíblica: en efecto, en la década de los años 40 del siglo XIX se registraron unos cuantos casos de cachalotes que se habían revuelto contra los barcos que los perseguían.

Esos cachalotes repetían un suceso que 20 años antes había conmovido a los Estados Unidos: el hundimiento del Essex y la supervivencia de algunos componentes de su tripulación en unos botes. En noviembre de 1820, y en el sur del Océano Pacífico, un cachalote que doblaba el tamaño de uno normal, mientras los hombres del Essex, ballenero que capitaneaba George Pollard Jr., arponeaban a otros cachalotes, embistió al barco en repetidas ocasiones hasta hundirlo. Los miembros de la tripulación consiguieron llegar en los botes a la Isla Henderson, un paraíso perdido pero insuficiente, pues en solo una semana los hombres habían agotado los recursos de la isla.

La situación se volvió insostenible y la mayoría de los veintiún hombres de la tripulación decidió buscar salvación por el mar (sólo tres decidieron quedarse en el paraíso perdido que ahora ya les parecía suficiente). Los que se iban, subieron a dos botes y se aprovisionaron lo que pudieron, pero la travesía iba a ser larga pues se encontraban a miles de millas de cualquier costa y su única posibilidad de supervivencia estaba en que se tropezasen con algún ballenero en pos de cachalotes. Pronto empezaron a caer los marinos: diarreas y alucinaciones complicaron su destino. A los primeros muertos se les respetó echándolos al mar. Pero el hambre acuciaba de tal modo que en cierto momento no quedó otra que comerse a un difunto.

La desesperación llegó al extremo de que, ante el hecho de que nadie más moría, los que quedaban decidieron que debían sacrificar a uno para que los demás pudiesen seguir. Sortearon también quién sería el encargado de pegarle el tiro.Los viajeros de uno de los botes tardaron 93 días en ser rescatados. Los del otro, 95. Fueron conducidos a Valparaíso donde informaron de que en Henderson había tres hombres esperando el rescate: fueron rescatados al borde de la muerte.

Poco después de su rescate -al parecer, cuando llegaron al puerto del que procedían, en Nantucket, Massachussets, una inmensa muchedumbre los aguardaba y, al bajar los hombres y poner pie en tierra, el silencio se apoderó de la ciudad, nadie fue capaz de decir una palabra, cada cual hizo el camino hasta su casa en completo silencio, cabizbajos ante la muchedumbre cabizbaja- el primer oficial del Essex, Owen Chase, relató la experiencia con ayuda de un «negro».

El libro fue un éxito inmediato, a pesar de lo cual Owen Chase prefirió seguir con su vida. No puede decirse que fuera un hombre afortunado a pesar de haber sido uno de los cinco supervivientes de aquella travesía en busca de salvación. Solía partir habiendo dejado embarazada a su esposa y al regresar, la criatura por nacer ya correteaba las calles. Perdió a dos mujeres en sendos partos, aunque se aliviaba del luto casándose de nuevo pocos meses después. Hasta cuatro veces llegó a casarse.

Precisamente su penúltimo matrimonio protagoniza la anotación manuscrita que Herman Melville dejó en su ejemplar de Narrative of the most extraordinary and distressing shipwreck of the whale-ship Essex, Of Nantucket; which was attacked and finally destroyed by a large spermaceti-whale, in the Pacific Ocean; with an account of the unparalleled sufferings of the Captain and Crew, que es el título completo de la edición original del relato de Chase.

Melville anotó que, estando él embarcado en el Acushnet, se llegó a conocer que Owen Chase, por entonces capitán de otro barco, había recibido pruebas de la infidelidad de su mujer, y había decidido regresar a casa y pedir el divorcio. Fue un hijo de Chase el que dio a Melville el libro que había escrito su padre -o que se había escrito con la historia de su padre-. Si Melville sintió un arpegio en las entrañas y de ese arpegió brotó Moby Dick, a pesar de que se ha repetido muchas veces, no es más que una deducción que, por evidente que sea, no es más que un punto de partida. Charles Olson, en su indispensable Call me, Ishmael, demostró que el descubrimiento de Shakespeare y la lectura de El rey Lear fue una fuente tan esencial para Melville como sus propias experiencias embarcado en balleneros: estas prestaron el fondo y aquel el ímpetu y la ambición de totalidad -que es, acaso, uno de los defectos de la novela: son pocos los lectores capaces de leerla entera sin saltarse las enciclopédicas páginas sobre ballenas-.

Melville empezó a trabajar en su novela más tarde y con muchas dudas. Dudas que se prolongaron hasta su primera edición, en la que faltaba una página pues, tanto se había dejado llevar por el ímpetu mesiánico, que en el primer final no había ningún superviviente, lo que dejaba sin sentido a la novela entera, que empieza con una primera persona que tuvo que sobrevivir. Cuando la acabó y la publicó, fue un fracaso.

Curiosamente sus primeros lectores sintieron que la novela no estaba a la altura del testimonio real del naufrago Owen Chase y sus compañeros del Essex. Sintieron también que el autor parecía estar de parte de la ballena y que hacía un retrato terrible del capitán del Pequod: ese hombre vengativo, cegado por la sinrazón, que le declara la guerra al demonio sin comprender que el demonio lo lleva en las entrañas ¿a quién estaba retratando?

Y, en cualquier caso, ¿por qué una novela de aventuras compilaba tantos datos y se demoraba en tantas derivas que no tenían que ver con el asunto principal?Pocos de aquellos primeros lectores comprendieron que Melville había querido escribir un poema, y una tragedia, y un ensayo, y una novela. Que había querido dinamitar las tapias que separaban un género de otro.

Lo cierto es que comparar el libro de Owen Chase con el de Melville, literariamente, es como comparar un charco con el Océano Pacífico. Pero, ciertamente, la experiencia terrible es la que atesoraba Chase: a Melville le sirvió de trampolín para exponer la guerra del hombre moderno contra Leviatán, el afán destructor de dominar la naturaleza (un afán que no puede sino tener algo vengativo). Quienes le reprocharon a Melville que no se atreviese con el tabú del canibalismo, que tantísimo morbo despertó cuando naufragó el Essex y encontraron a los náufragos, no entendían que los propósitos de Melville no se centraban en la experiencia de los náufragos tanto como en ese hecho extraordinario de que una ballena se atreviera a actuar con la inteligencia precisa para acometer a un barco ballenero y hundirlo.

A la experiencia de Chase, narrada tan en caliente, sólo unos meses después de ocurrida, le siguió la de otro superviviente, el grumete Thomas Nickerson, si bien su testimonio tiene el inconveniente de haber sido manuscrito 50 años después de los acontecimientos: el texto tardó más de un siglo en visitar la imprenta.

El escritor Nathaniel Philbrick recreó la tragedia del Essex, que en América compite con la Bounty por liderar la liga de las leyendas de barcos, basándose esencialmente en el testimonio de Nickerson -aunque también se apoya en el de Chase- (publicados en español por Alba Editorial) y poniendo en pie una historia extraordinaria, alucinante, sin duda muy cinematográfica (Ron Howard ha sido el encargado de llevarla al cine 15 años después de que Philbrick ganara con su libroIn the Heart of the Sea el National Book Award en la categoría de No Ficción).

La vinculación de la historia con uno de los grandes mitos de la literatura moderna es un arma de doble filo: muchos se asomarán a esta concatenación de desastres porque creerán que de ella nació Moby Dick, y al asomarse se encontrarán, en efecto, con los extremos a los que llega alguien para sobrevivir… pero no encontrarán la ensordecedora luz de espíritu y extrañeza, la poesía aplastante y mítica con la que, a partir de u na noticia que podía haber leído en el periódico, bañó a su prodigiosa ballena blanca.

Owen Chase pasó sus últimos días con vigilancia médica, ingresado en ocasiones.Al parecer le atacaban terribles dolores de cabeza, espantosas pesadillas. Y se descubrió que escondía diariamente comida en el ático de su casa.

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