La nueva riqueza de las naciones

AJUBEL

La escuela no puede limitarse a llenar de contenidos la inteligencia de los alumnos, sino que tiene que ayudarles a crear talento

Ahora bien, lo más complicado es saber qué tipo de talento hay que potenciar

JOSÉ ANTONIO MARINA

Dos de los libros más influyentes en la cultura europea fueron escritos porque sus autores se aburrían. El primero, el ‘Discurso del método’. De vuelta de una campaña militar, René Descartes se encontró aislado por la nieve, sólo en una habitación con una estufa, y, sin nada que hacer, se puso a reflexionar sobre lo que sabía y sobre lo que no sabía. El segundo, ‘La riqueza de las naciones’. Adam Smith, preceptor del duque de Buccleuch, acompaña a su alumno durante una estancia en Toulouse. No sabe francés y se aburre. “He comenzado a escribir un libro para pasar el tiempo”, dice en una carta a su amigo David Hume. El libro es el arranque de la economía moderna. Sin intentar compararme a ellos, como es lógico, pero sintiéndome también aburrido -por la monotonía de los mensajes electorales-, se me ha ocurrido que sería interesante retomar la senda de Adam Smith y escribir un artículo sobre la nueva riqueza de las naciones.

¿Y cuál es esa nueva riqueza? Durante milenios, lo fueron las materias primas, la agricultura, el capital financiero, la demografía. Ahora es el talento, que consiste en saber utilizar bien todas esas cosas y, en especial, el conocimiento. Talento es la inteligencia que elige bien las metas, maneja la información, gestiona las emociones y pone en práctica las virtudes de la acción necesarias para alcanzarlas. Es un concepto evaluativo. Remite a la acción, no a unas posibles capacidades. La capacidad sería la inteligencia. El talento, en cambio, es el buen uso de esa inteligencia, la inteligencia que triunfa. Para resumirlo en un tuit: talento es tener buenas ideas, tomar buenas decisiones y realizarlas.

Desde que en 1997, un estudio de la consultora McKinsey lanzó el eslogan “la guerra por el talento”, se publican muchos índices que miden el talento de las organizaciones, de los países, de las economías. El que me parece más completo es el utilizado en ‘The Global Talent Report Competitiveness Index’, elaborado por tres importantes instituciones: INSEAD, el Human Capital Leaderships Institute de Singapur y Adecco Group. En una relación de 103 países, España ocupa el puesto 35. No se puede decir que sea un lugar muy honroso. Otros índices corroboran esta posición mediocre. En el ‘SHL Talent Report’, España no está entre las 25 primeras por su dominio de las habilidades básicas para el siglo XXI. En ‘The Global Talent Report: The Outlook to 2015’, escrito por ‘Economist Intelligence Unit’ y publicado por Heidrick & Struggles, España ocupa el lugar 21 y se prevé que el próximo año esté en el 22. Estas posiciones coinciden con las que ocupa en las clasificaciones de los sistemas educativos, como el PISA, lo que resulta importante para el argumento de este artículo.

El tratamiento que se hace del talento padece un error de enfoque. Siempre se lo menciona como si fuera una piedra preciosa escasa y codiciada por la que hay que pujar. En consecuencia, como ocurre en el fútbol, los fichajes suben. Durante mucho tiempo se ha pensado que se trataba de un don innato, pero ahora sabemos que no es verdad. El talento no está antes, sino después de la educación, que se convierte así en generadora de talento y, por lo tanto, en la gran impulsora de la riqueza de las naciones. Recomiendo a los futuros ministros de Economía que lean los trabajos del premio Nobel de economía James Heckman, antes de tomar decisiones. No toda inteligencia se convierte en talento. Javier Touron, un gran experto en el tema de “altas capacidades”, señala con razón que “capacidad” y “talento” no son lo mismo. La capacidad es la materia prima del talento. Hay muchos niños que teniendo alta capacidad no la desarrollan, porque no han recibido las ayudas adecuadas.

No es de extrañar, pues, que todas las naciones desarrolladas estén intentando promover el talento. El presidente Obama acaba de firmar una nueva ley de educación que lleva un precioso título: ‘Every Student Succeeds Act’. Es una ley para que todos los alumnos tengan éxito. “Con esta ley -ha dicho el presidente- reafirmamos el ideal americano fundamental: que todo niño, con independencia de su raza, renta, antecedentes, código postal de su domicilio, merece una oportunidad para hacer su vida como quiera”. El ministerio austriaco de Educación, en su documento ‘Promoting Talent and Excellence’, señala que la meta de la promoción del talento es desarrollar el potencial de los niños y jóvenes de la mejor manera posible. Todos ellos, con independencia del nivel de sus habilidades, pueden beneficiarse de una política de ayuda al talento.

Admitir que la tarea de la escuela es generar talento me parece una visión verdadera y optimista. Es un error deprimente pensar que nacemos con una cantidad tasada de inteligencia que se va a mantener a lo largo de la vida. Una famosa investigadora americana, Carol Dweck, demostró que esa creencia es falsa y produce un efecto demoledor. Los niños -y los adultos- que la tienen no se esfuerzan por mejorar. Carecen de lo que denomina “mentalidad de crecimiento”. La neurología, que es una ciencia optimista, avala esta idea. El auge de la genética ha proporcionado una vaga creencia en el destino. Los dados de nuestra vida estarían ya biológicamente echados. Afortunadamente, el siglo XXI está siendo el siglo de la “epigenética”. Es cierto que nacemos con un genoma determinado, pero también lo es que no todos sus genes se activan o, como se dice técnicamente, se expresan. El entorno influye en esa activación selectiva, y uno de los componentes del entorno es la educación, que modula nuestra genética y se convierte así en generadora de talento en sentido estricto. La genética clásica -explica el profesor Marino Pérez- “dentro de su aparente claridad es, en realidad, oscurantista, en la medida en que no sólo impide percibir el papel del aprendizaje en el proceso evolutivo sino que impide también entender el propio papel de los genes. Desde una perspectiva epigenética, la herencia constituye un recurso inicial de un proceso constructivo que implica continuados ajustes y equilibrios. Así, por ejemplo, gemelos homocigótico, que tienen los mismos genes, uno puede desarrollar cáncer y otro no. La clonada oveja Dolly desarrolló obesidad y diabetes aun cuando su madre no padecía tales condiciones. Los genes no tienen el ‘programa’ de los resultados finales. El resultado del desarrollo no está precontenido en los genes ni en las células”.

Durante toda su historia, los sistemas educativos han tenido como objetivo transmitir lo que la sociedad les indicaba. Eran mera tarea de transmisión de lo que las clases dirigentes consideraban importante. Tenían una función “reproductora”, como señaló Bourdieu. Pero ese tiempo ha pasado, porque en un mundo vertiginoso la sociedad no sabe lo que transmitir. La escuela ya no puede limitarse a llenar de contenidos la inteligencia de los alumnos, tiene que ayudarles a crear su propio talento. Esto nos plantea profundos problemas, porque tenemos que definir ese talento. Como les decía al principio, el punto importante es la elección de metas o de proyectos. Los jerarcas nazis tuvieron un enorme talento para movilizar a una nación entera, para poner en pie una gigantesca maquinaria industrial y bélica, pero la perversidad del proyecto hacía deleznable ese talento. ¿Para qué forma de vida, para qué estructura social debemos preparar a nuestros alumnos? Lo confieso: estoy haciendo proselitismo a favor de la importancia decisiva de una clara teoría de la educación.

La nueva ley de EEUU está preocupada fundamentalmente por un tipo de talento, el designado por las siglas STEM -science, tecnology, engineering, mathematics. Y promete muchas ayudas para la introducción masiva de las nuevas tecnologías y las ciencias de la computación en la escuela primaria y secundaria. Sin duda, este objetivo es necesario, pero creo que debemos diseñar un modelo de talento más amplio, más atento a la complejidad de lo real y al tipo de sociedad que queremos construir. Pero ¿quién tiene capacidad para fijar ese rumbo? ¿Los políticos? Tomarían decisiones ideológicas. ¿Los científicos? Tampoco, porque cada uno sabe sólo de lo suyo. ¿Los sacerdotes? No, porque se limitarían a su credo. ¿Los empresarios? Tampoco, porque sólo atenderían al éxito de sus negocios. ¿Los padres? Carecen de perspectiva. ¿Los filósofos? Lo fueron durante mucho tiempo, pero ahora andan distraídos con sus historias (de la filosofía). ¿Entonces quién? Creo que una nueva ciencia que surge de la educación y que tiene que ver con el diseño del futuro. Thomas Homer-Dixon, de la Universidad de Toronto, se pregunta inquieto si sabremos crear el talento que necesitamos para resolver los tremendos problemas con que nos enfrentamos. Convirtamos la pregunta en compromiso: tenemos que hacerlo. Como dijo Antoine de Saint-Exupéry, no podemos dar las soluciones, pero sí educar a las personas que las encuentren. Espero que comprendan mi apasionamiento por la educación.

*José Antonio Marina es filósofo y autor del Libro Blanco sobre la Profesión Docente.

http://www.elmundo.es/opinion

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