Los otros

Es importante saber mirar a través de los cristales, pero también es importante saber mirar en el espejo. No sólo mirarse, sino ver el propio entorno reflejado, y a uno mismo como parte de ese entorno. Por un rato no ser el que ve sino el que es visto. Es muy importante. Tal vez no es la sabiduría, pero sin duda el camino a la sabiduría pasa por ahí.

 

 

Tal predisposición y disposición, tal capacidad es particularmente útil en circunstancias críticas. Tanto en las propias como en las ajenas, en la medida en que pretendamos interiorizar la otredad, hacer nuestros, en alguna medida los avatares del otro, única posibilidad de erigirnos en entes auténticamente sociales.

Existen dos mecanismos definidos por Freud para explicar dicho fenómeno: la identificación y la proyección. No voy a entrar aquí en los vericuetos de tales propiedades. Me limitaré a definir la primera como la facultad de situar a un sujeto determinado en el lugar de otro. La segunda es uno mismo el que se ve en segunda o tercera persona. Es ponerse en el lugar del otro.

Los atentados en París, cada vez menos recientes, persisten en la actualidad como si acabaran de ocurrir, gracias sin duda a su terrible significación y desenlace, pero también gracias a la manipulación interesada que de ellos hacen los medios y los gobiernos, por razones no tan distintas. Da la impresión, a veces, que hubieran ocurrido anoche. Tal es el bombardeo de noticias, comentarios y actos de toda índole que insisten en restregárnoslos ante la vista, los oídos y la conciencia.

El periódico Le Monde, de enorme prestigio y de calidad cada vez más discutible, viene publicando cada día la semblanza de una de las ciento treinta víctimas de los ataques. Dichas semblanzas se esparcen cual llama en hojarasca en las redes sociales donde se vuelven “virales”, término que con justeza remite a una epidemia. Así, las bellas fotografías, cuidadosamente elegidas y photoshopeadas, de los hombres y mujeres, casi todos jóvenes, van acompañadas de un texto no breve, lírico y por supuesto nostálgico, en el que se plasman las mil virtudes que adornaron al susodicho en vida.

Ariane Theiller, hermosa joven de 21 años, mira a la cámara con una sonrisa tierna y ojos pícaros. “Era una muchacha que amó la vida con una intensidad inigualable. Todo en ella era alegría y desenvoltura. Desordenada como pocos había convertido el desván en su propio reino, en el que se amontonaban libros, discos y muñecos de peluche. Y esa lap sobre la cual vertió aquella vez la taza de café. Ese desván del que tan a menudo descendía su cristalina y contagiosa risa. Cuando esa tarde pidió permiso de ir a bailar al Bataclan, su padre no dudó en otorgárselo. Ariane era un torbellino de vitalidad, pero sensata y sagaz…”. imposible no conmoverse.

El problema y las reservas, ay, surgen cuando le cae a uno el veinte de que otras víctimas, igualmente vitales y desgarradoramente deplorables, en otros rincones del mundo, no han gozado ni gozarán de tal homenaje luctuoso y emocionante, pero que uno no puede dejar de considerar publicitario, propagandístico y demagógico. La muerte de Ariane está sirviendo de coartada para los brutales ataques que ha desatado Francia sobre Siria. Los Mirage 2000 que despegan cada día, cada hora, del portaaviones Charles de Gaulle matan a cientos de jóvenes sirios en su nombre. No tienen madre ni vergüenza. Ariane no merece tal ignominia, tal agravio bochornoso a su memoria. Un día antes de París, otras explosiones ocasionaron 40 muertes en Beirut. Poco después en Bamako también cayeron docenas de huéspedes en el hotel Radisson. Al día siguiente un autobús repleto estalló en Túnez matando a todos sus ocupantes. Y ayer en Dabanga murieron treinta personas cuando un suicida se hizo explotar en un mercado.

Sus fotos no aparecerán en Facebook. Sus nombres permanecerán en el anonimato, excepto para quienes los llorarán en solitario. El resto, aquellos que se enternecen ante la mirada sugestiva de Ariane, ni siquiera saben dónde queda Bamako ni menos Dabanga. Ni les interesa saberlo. Quién les manda no ser franceses.

Ayer en el gran patio de las Tullerías tuvo lugar la fastuosa celebración del funeral de las víctimas parisinas. Todo hermoso, elegante y solemne. Música célebre y triste. Cientos de uniformes y miles de medallas. Caras compungidas, la voz quebrada de monsieur Hollande. Y La Marsellesa, por supuesto La Marsellesa. Ese himno que tanto me gustaba y me hacía vibrar. El canto revolucionario de aquella gesta. El de la heroica Resistencia contra los nazis. Hoy ya lograron que la aborrezca, la abomine. Prostituida, puesta al servicio de los intereses más mezquinos, melifluos e hipócritas.

Todo ello para goce y beneficio de los poderosos del orbe, y para los medios amarillistas del mundo, que hacen su agosto en otoño. La muerte vende. Y del cocodrilo no sólo se aprovecha la piel. También sus lágrimas.

Pocos acontecimientos requieren de esta letanía abrumadora con ribetes auténticamente sombríos. Merecen especial observación noticiosa esos siniestros y cataclismos oportunos justificando ordalías sórdidas. Mientras informan vierten insidias, profieren anatemas condenatorios inhibiendo el necesario criterio independiente ajustado.

Es preciso saber mirar, sí. Y ponerse en el lugar del otro. Pero no sólo de ese otro que otros escogen y aderezan para nosotros. Hay otros, menos promovidos y ensalzados. Y que reclaman, desde la sombra, la atención que también merecen. Es más difícil, pero es imprescindible. Nuestra condición de hombres y mujeres de bien, integrales, reside en esos otros.

MARCELINO PERELLO

http://www.excelsior.com.mx/opinion

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