“No existe manera terrenal de averiguar precisamente a qué se parece la ballena”, dice el narrador en Moby Dick de Herman Melville. Y aquel que de niño haya visitado un museo de historia natural sabrá que no hay muchos acontecimientos más conmovedores que ver el esqueleto suspendido de una alucinante ballena. Pero al parecer el arte de ensamblar esqueletos de animales grandes se perdió hace 100 años y nadie dejó instrucciones para replicarlo. Por ello cuando en 1970 un zífido (literalmente “ballena con nariz de espada”) encalló en las playas de un pequeño pueblo de Alaska, el museo de historia natural no supo qué hacer con los huesos y los guardó en una bodega.

Dos años después, sin embargo, cuando los huesos comenzaban a ennegrecerse y a oler mal, el museo quiso procesarlos para hacer una articulación de la ballena. Fue ahí donde descubrieron que este arte se perdió en la historia y si querían armar el esqueleto tendrían que averiguarlo por sí mismos. Un mecánico de bicicletas llamado Lee Post saltó ante la oportunidad y se anotó como voluntario para la extravagante tarea. “Resulta que los esqueletos de ballena que recuerdo fueron hechos más de 100 años antes, por personas antaño difuntas que no dejaron instrucciones sobre cómo hacerlo”, recuerda Post.

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El ser humano siempre ha estado fascinado por las ballenas. Representan para él lo más improbable y extraterrestre y a la vez, probablemente la dulzura más pura del planeta. Es fácil dejarse llevar por su motivo y símbolo. Miremos a Melville, quien cuando comenzó su Moby Dick pensó que estaba escribiendo una novela de aventuras y terminó por escribir una enciclopedia sobre el vasto símbolo de la ballena. O recordemos que la fotografía ganadora del Traveler Photo Contest deNational Gepoographic de 2015 fue una alucinante imagen de una ballena jorobada rodeada por diminutos buzos que parecen de otro mundo. Que son de otro mundo.

Para finales de 1800, los museos de historia natural de prácticamente todo el mundo tenían una ballena en exposición, suspendida en el aire para el deleite y asombro de los pequeños visitantes. Pero con el tiempo los huesos comenzaban a ennegrecerse con el aceite y las ballenas se veían decrépitas y terribles. Poco a poco fueron desmontadas y reemplazadas por obras a escala hechas de madera o acrílico. Post logró encontrar “tres o cuatro” personas en Estados Unidos que habían hecho intentos de articular ballenas, pero ninguno lo hacía de la misma manera y todos se guiaban más por la intuición que por el conocimiento. Los huesos de animales marinos grandes representan un enorme reto por su tamaño, peso y contenidos de aceite.

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Post reinventó este arte perdido. Escribió e ilustró el único manual del mundo en articulación de cetáceos y más tarde, en 2012, él y algunos voluntarios completaron el proyecto Bonehenge: un esfuerzo de 8 años para articular un cachalote de 11 metros. Todas las ballenas que Post ensambla (y al parecer es el único hombre que lo hace) fueron encontradas encalladas en alguna playa del mundo.

Según Post, quizás en un futuro cercano podrán imprimirse los huesos de ballena en 3D. Pero lo real siempre es más interesante. Sus manuales quedan para la posteridad; para que los museos de historia natural sigan quitando el aliento de sus visitantes al mostrarles un hermoso titán de los océanos suspendido en el aire.

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