Yo, mí, me, con mi ‘selfie’

 
 

“Querido lector, en el libro que tienes ante ti quiero ser sincero”. Escrita hace ya 400 años, esta declaración tiene como trasfondo una idea de verdad de la que responde absoluta y únicamente el yo. La integridad del autor atestigua la veracidad de lo escrito, y por ello el gesto de sinceridad encierra también una afirmación de soberanía. No es extraño que esta ­fórmula, con la que Montaigne introduce susEnsayos, encontrara en la modernidad fieles seguidores, desde el viejo estilo de las confesiones hasta los existencialistas que con tanta devoción practicaron el culto a la autenticidad.

 

 
 

Las culturas oscilan entre los extremos de la retirada del yo y la obsesión del yo, entre la impersonalidad y la autenticidad. Como si la sociedad se debatiera siempre entre dos posibilidades contrapuestas, la emancipación del sujeto que caracteriza a nuestra cultura moderna ha ido acompañada del fervor por la impersonalidad y la estructura. El problema de la primera persona ha sido por mucho tiempo una pretensión que había de extirparse, pues oscurecía la comprensión de la verdadera realidad.

 
 
 
 
 
 
 

El pudor no es sólo de naturaleza religiosa. El autor ha de ser testigo e inclinarse ante la autoridad del asunto. Cuando de lo que se trata es de presentar todo el tesoro del saber, la voz individual debe enmudecer.

Además de la autoridad del Absoluto y del Saber, irrumpe algo más tarde la del Lenguaje como una tercera instancia a la que el yo debía subordinarse. A ella se sometió Franz Kafka cuando reescribió El castillo —redactado originariamente en primera persona— para utilizar en adelante únicamente la fórmula “él” o “K”. “Si escribo un alemán mejor que el de la mayoría de los escritores de mi generación, se lo debo en buena medida a la observancia de una pequeña regla durante 20 años. Dice así: no usar nunca la palabra yo, salvo en las cartas”. Pas d’autorité de l’auteur, exigía Paul Valéry, que no se reconociese la autoridad del autor, en una fórmula que halló sus seguidores en el estructuralismo.

La actual exuberancia de lo biográfico aparece sin duda como un alivio frente al imperialismo de la estructura. Hay que recibir esta nueva perspectiva como una reparación de ciertos olvidos. Nos recuerda que lo público es, a veces, superficie. Los ritmos profundos de la historia y de las cosas están en otra parte: en la vida privada, en las decisiones individuales, en la inexplicable originalidad e incluso en la extravagancia y la locura. Pero parece olvidar que el mayor enemigo de la creación es el propio yo. Si vivimos una apoteosis de este es porque no hay nada que pueda eclipsar a un sujeto que ha hecho de la expresión de sí mismo algo irrefutable. La “extimidad” que estamos construyendo con Instagram, las redes sociales o losselfies ha convertido al espacio público en un murmullo exhibicionista y banal. Celebramos como una conquista su horizontalidad, sus posibilidades expresivas que cuestionan la autoridad, la universalidad y el secreto. Ahora bien, ¿no nos dice nada acerca de nosotros mismos el hecho de que en la autoexposición seamos tan parecidos, que todos terminemos siendo igualmente originales? ¿Por qué hay tanta réplica y seguidismo en unos instrumentos que parecían prometer una apoteosis de la autenticidad? Tal vez porque, en medio de toda esta gigantesca exhibición de yoes, los que aportan algo novedoso al conjunto son quienes se dan a sí mismos alguna disciplina y renuncian a que su yose interponga constantemente. Nos damos a conocer, pero no hay ninguna gramática que haga inteligible nuestra expresión; formulamos legítimamente un interés o un derecho, sin que tal pretensión implique una apertura hacia los bienes comunes. La elegancia, en el arte y en la vida moral, consiste en no ocuparse demasiado de uno mismo.

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