Caime bien. Vuelve pronto

Le tengo absolutamente prohibido a mi sirvienta que estos días enchufe la plancha o la aspiradora, pues temo que una vez conectadas empiecen a hablar del Papa de Roma, que anda retozando por estos lares. El tocadiscos, el radio y la tele los tengo estrictamente bajo control. En cuanto al tráfico vial no levanto queja alguna. Entre los que sí fueron a verlo y los que eligieron prudentemente no salir a la calle, la circulación fue más fluida que nunca.

 Caime bien. Vuelve pronto

16 de Febrero de 2016

Es cierto que multitud de calles alrededor de mi casa se encuentran cortadas o cerradas, con auténticos enjambres de tiras nerviosos y diligentes que vigilan las barreras. Algunas son por supuesto porque cerca de ahí pasará Su Santidad (su de ellos). Otras, en cambio, han de ser, sin duda, para que no vaya a pasar por ahí. No encuentro otra explicación.

Toda esta parafernalia, esta puesta en escena, es, para no llamarla de otra manera, una exageración. Escojo el término con cuidado, para no herir ciertas sensibilidades. Otras, en cambio, no sólo quiero herirlas, pretendo desgarrarlas, denostarlas y exhibirlas. Entre todas las víctimas propiciatorias, adecuadas y merecedoras de mi indignación, escojo la del gobernador de Chiapas, Manuel Velasco Coello. Le cambiaría la V por una D, pero es una ocurrencia ya gastada, y en este caso del todo insuficiente.

Resulta que el mentado (dije mentado) mandatario decidió besar el anillo del dedo de la mano del ilustre huésped. Espero no ser el único que considere pertinente preguntar al cortés anfitrión la mano de quién decidió besar, en signo inequívoco de sumisión. Ya sabemos que nuestro Francisco (mero recurso retórico), a la manera del Dr. Jekyll, llegó a México y se desplaza por su territorio ostentando una ostensible doble personalidad: como Vicario de Cristo, es decir, como misionero y evangelizador y, por otro lado, como Jefe de Estado, de un Estado diferente al nuestro, y que se encuentra aquí en visita oficial, en el sentido oficial de la expresión.

¿Tons’ qué, mi güero? ¿A quién le besó asté la mano? Si fue al cura, mal, pues recuerde que el nuestro y el suyo es un Estado laico y que no le está permitido a ningún gobernante andar mostrando devoción y obediencia a un determinado credo religioso, cualquiera que éste sea. Pero si se la besó al Jefe de Estado, es peor, pues está rindiendo pleitesía y sometimiento a un país y a un poder extranjero (el país será chiquito, pero el poder es enorme). Recordemos que el bienaventurado Velasco Coello forma parte del Partido Verde. Sirva ello de atenuante.

Digamos que Enrique Peña, cuando asiste a misa en calidad de Presidente de la República, comete el mismo desacato, disminuido porque el gesto en sí es menos lacerante, pero aumentado porque su jerarquía es muy superior. Y ni siquiera puede alegar pertenecer al Verde. Aunque casi.

Ya dije en la entrega pasada que la católica es la más laxa de todas las confesiones. Ser católico es fácil. Al punto que tener fe no es un requisito demasiado estricto. El elemento esencial de todo el fausto, grandiosidad, brillo y estrépito, de todo el boato y el glamour, de todos los altavoces y reflectores que acompañan y enmarcan la visita, no es de ninguna manera la religiosidad. Ésta, entre quienes sí la practican, ocupa una posición del todo secundaria. En los primeros lugares están la demagogia, la mercadotecnia, la publicidad, la propaganda y la ostentación arrogante y avasalladora. El protagonismo, la histeria y la estulticia.

Sería una simplificación, más que ingenua grosera, pensar que la responsabilidad de tal esperpéntico montaje, recae exclusivamente en las autoridades mexicanas, que cuando les sale lo payo no hay quién les haga sombra. Obviamente el protocolo vaticano interviene, decide e impone. Y por demás está decir que el propio Pontífice también se entromete y elige. Que no se haga. De los emblemáticos estandartes que con tanta frecuencia como gatería, enarbolan las jerarquías eclesiásticas: la contención, la modestia y la humildad, por lo visto ya no queda nada. Si es que alguna vez las hubo. A otros niveles, tal vez. A ese, no. Ni sombra.

La auténtica religiosidad ha de ser obligatoriamente respetuosa de las verdades, costumbres y estilos del otro, de los otros. Todo credo ha de ser ecuménico, incluyente. Sólo hay un Dios verdadero, y ese es todos los dioses. Si algún dios hubiere.

El encuentro en La Habana entre el Papa de los católicos y el Patriarca de los ortodoxos rusos fue una hermosa promesa. Promesa que no se cumplió, y que toda la soberbia y altanería cegadora y ensordecedora de su paso por nuestro país dejó en el olvido.

Planteamientos ecuménicos necesitan además la tácita incertidumbre, más aún garantizar intactas afinidades y aversiones respetando teologías eclécticas. Muchas iglesias veneran el ser supremo inmanente, sin impugnar ninguna interpretación gnóstica unida al laicismo.

Flaco favor a la evangelización hizo el egregio pastor, vive Dios. Tal vez los espíritus más simples y rústicos fueron atraídos por los artificios deslumbrantes. Pero aquéllos, más lúcidos, críticos y cautos, los más sinceros y genuinamente místicos, no pueden no haberse sentido decepcionados y excluidos. No sólo los ateos, estoy seguro, estamos al borde del hartazgo. En buena hora el espectáculo está por terminar. Quizás el próximo sea mejor y goce del favor de los cielos. El Dios de los cristianos, esta vez, faltó a la cita.

http://www.excelsior.com.mx/opinion

Deja un comentario