CARTA DESDE EL DUESO

Carta desde el Dueso

Suena a bocina, se apagan las luces, se cierran las puertas. El golpe seco y frío del candado contra el metal hace el resto. No imagino lo que ocurre al otro lado. No puedo imaginar lo que se respira tras ese cerrojo. Inhalaciones de óxido y conversación en voz baja, de silencios forzados, prolongados, inquietos, obligados. El eco de cada latido recorriendo el perímetro de la celda. El sentido de cada aliento ahuecando la almohada de tantos desvelos. La rúbrica de una luna pintada en el techo para imaginar que veo el cielo. Para hacer el recuento de nubes antes de dormir.

Suena la bocina. Un nuevo recuento. Los restos de ceniza sobre un pedazo de cartón ardiendo como rescoldos de una bocanada de airerobada al exterior. El cigarro apagado con la prisa de un corredor de fondo que tiene que esprintar. Era un aviso.

Encogido en un ovillo intento conciliar el sueño. Aquí dentro cada aliento dura demasiado tiempo, cada segundo engaña a los minutos para que parezcan horas.  Y el nudo corredizo del estómago  ahoga las tripas con su dolor punzante. Es la única arma blanca que se permite. Ese dolor punzante. Esa sensación de angustia que acompaña cada paso que das por este recinto vallado.

A veces olvido donde estoy. Por un instante, el tiempo de un cigarro apoyado contra la pared, el tiempo de un “bis a bis” descontado saludos y despedidas, lo que dura un orgasmo, lo que dura un beso. Lo que dura una caricia. Lo que dura un suspiro, lo que dura un “te quiero”. Y lo que duele un “Lo siento” un “Te echo de menos”.

Suena la bocina. Es el tiempo medido en intervalos;  en la cola de comedor, a la entrada de los baños, en la hora de la comida o cuando nos llaman para contarnos de nuevo. Es la aritmética del preso. El número pegado a la puerta de tu celda se acaba grabando a la celda de tu piel. Y ya no se borra. Por más que aprietas y frotas el estropajo, hasta provocar el desgarro, ya no se borra. Cuando está a punto de desaparecer alguien lo anota de nuevo. Me tienen cogida la matrícula. A veces soy yo quien lo escribo. No es fácil ser libre, estar en libertad, conjugar los verbos que van más allá de  estas malditas rejas. Pero tampoco es fácil estar aquí.

No es fácil mirar sin mirar, adivinar qué hay detrás de cada mirada, medir las distancias, medir las palabras. No es fácil pronunciar el Don, repetir silencios, enjuagar respuestas antes de escupir al suelo para morderte la lengua. No es fácil mirar de frente y tampoco es fácil mirar a otro lado: -Vete a lo tuyo y no te meterás en problemas. Pero no tengo nada mío. Lo perdí, no sé dónde ni en qué momento, en qué lugar, ni recuerdo exactamente porqué ni como, pero lo perdí, o me lo arrebataron, o quizás las dos cosas. Pregunto en oportunidades perdidas por si alguien lo encontró…

Cada día se parece demasiado al siguiente y ya no sé dónde mirar. Poco a poco la mirada cae al suelo y solo pienso en cada paso perdido, en cada paso que me quedo. Oigo el mar aunque no lo veo, no quiero mirar. Demasiada sal para sus heridas. Demasiado dolor. Está prohibido llorar. Sin embargo, en el espacio donde nadie mira, dejo posada una lágrima por si algún día la tristeza se vuelve arisca y me golpea.

Suena la bocina y no me acostumbro. Ese temporizador del miedo hace que se te corte la respiración. Necesito otro inhalador. Huele demasiado a “cerrado”.

Esta carta no es una carta para reducir mi condena, ni para buscar culpables. Tampoco buscar representar a Nadie más de quien la escribe. -En la cárcel cada uno tiene “su historia”, su “verdad”. Tampoco quiere dar pena. Convivo con ella cada día, tras cada bocinazo, en cada recuento, con cada “Don…”, con cada “lo siento”, con cada “no fui yo”.  Esta carta solo acumula palabras para mostrarte que estoy aquí.

Cruzar las puertas de la cárcel  resulta complejo, difícil, profundamente contradictorio, pero no hacerlo sería incomprensible. Porque, entre otras cosas, el artículo 25 de la Constitución dice: “Las penas privativas de libertad y las medidas de seguridad estarán orientadas hacia la reeducación y reinserción social (…). Sin embargo, no nos preguntamos qué hay al otro lado de esos muros. Solo necesitamos sentirnos a salvo. Que la línea que nos separe sea una zanja tan honda y nadie pueda salir y  nadie mire por miedo a caer. Pero, mientras eso sucede, la zanja se va llenando. Y será entonces cuando quizás nos preguntemos lo que hay detrás de cada condena, y si se pudo, o no, evitar. Un debate real sobre las políticas penitenciarias, el objetivo de las penas, la naturaleza del delito, de quien lo comete. Sobre la responsabilidad tanto individual como social. Sobre la instrumentalización política y electoral. Sobre la necesidad de  poner el acento en las causas para no pagar las consecuencias.

“Esta carta solo acumula palabras para mostrarte que estoy aquí.”

El Faradio

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