JAMES TURRELL O LOS TRABAJOS DE LA LUZ

En su lecho de muerte, el poeta Johann W. von Goethe exclamó “¡Luz, más luz!”. Quizá la luz sea lo más complejo e inasible para el lenguaje, lo inasible por definición. Tanto más difícil trabajar directamente con ella, sin metáforas. La luz implica todas las cosas de la existencia, es la posibilidad de la existencia misma: lo que aparece lo hace a través del vehículo de la luz, como el dios Faetón que sin crear absolutamente nada, hace aparecer todo.

En las poblaciones situadas en los extremos polares sucede un fenómeno muy particular con la luz: en verano, el sol casi no se pone; y en invierno, los días son una gran noche. Pero nuestra vida —la vida social en Occidente— está iluminada de forma invasiva, con una iluminación que allana, una luz policial, de sala de interrogatorio. Junichiro Tanizaki, escritor japonés, hacia 1933 escribió el ya clásico Elogio de la sombra, donde hace una distinción entre Oriente y Occidente a partir de la iluminación de los espacios. James Turrell (1943), artista californiano, trabaja, esencialmente, con la luz y el espacio. Dicho de otro modo, trabaja con el espacio habitado por la luz.

A los 16 años obtuvo licencia de piloto y ejerció de cartógrafo aéreo; a los 22 se graduó en psicología perceptual (con una tesis sobre el efecto Ganzfeld); posteriormente estudió matemáticas, geología y astronomía. Es evidente que al observar retrospectivamente su obra, su formación la recubre de sentido. En una entrevista realizada por Art21, Turrell comenta que “normalmente no miramos la luz, sino que vemos algo que la luz James Turrell Skyspace, Yorks Sculpture Parknos revela”. Esta frase resulta sintética para interpretar su trabajo. Según el poeta Ben Lerner, la función gramatical del ojo es asignar valores donde no los hay —y esto, en el caso de Turrell, se hace con la luz.

La luz aterriza al tiempo que flota masivamente. Los trabajos de Turrell son de carácter instalativo, y bien visto, se nos presentan como una especie de templo posmoderno, donde entra sólo la Luz y esta interpela nuestra mirada. En relación a esto, el reconocido historiador del arte Georges Didi-Huberman ha escrito un minucioso ensayo sobre la obra del californiano. En El hombre que anda por el color, el francés indaga en la dimensión ontológica del arte, de la cual, entre otras cosas, se desprende esta idea de templo atemporal. Vaciamiento ydesertificación: allí donde antes no había nada, Turrell inventa lugares; donde el cielo cambia de color al ser enmarcado, como sucede con Space That Sees. Lo presente en ese lugar es una ausencia, es el cielo quien entra a mirarnos. En Blood Lust, los asistentes se ven enfrentados, frontalmente, con un rectángulo rojo que no refiere a nada, que no se circunscribe en nada más que la luz. De lo que Didi-Huberman nos alerta, y esto es muy importante para el arte y la sociedad contemporánea, es que esto no representa nada, sino que es algo que se nos presenta, y que de alguna forma nos allana, nos deja a nosotros vaciados o desertificados tal como el artista hizo con ese espacio, con esa luz.

En el fondo, y dicho muy llanamente, Turrell además de hacer obras de arte hace lugares que alteran la percepción. Uno está en la obra y la obra te mira, te enfunda; la luz encierra al espectador en un espacio inverosímil, en un espacio que sólo hace referencia a sí mismo, como un desierto, como el cielo, como la noche y la sutil franja de luz sobre el horizonte cuando amanece. Cuando la luz amenaza.

imrs

Así, volvemos al año 1979, en que James Turrell adquirió el Roden Crater, work-in-progress que con certeza es su obra más importante. La obra no está terminada y no se tiene acceso a ella. Este trabajo es el proceso de trasformación del cono interior de un cráter en un observatorio a ojo desnudo, justamente para apreciar la luz del cielo y los fenómenos cósmicos. Es decir, sólo quiere mostrar algo, no demostrar. Es un artista que ha sacado de contexto a la obra, o bien ha restituido el lugar como obra, haciendo del espacio y la luz sus materiales. Con certeza es uno de los artistas más interesantes y radicales del último tiempo, y aquí también es justo mencionar a uno de sus referentes ineludibles, el venezolano Carlos Cruz-Diez. Es así como más allá de toda la trama retórica y conceptual que se pueda elucubrar derredor de su obra, James Turrell nos entrega algo esencial: percibir el espacio en donde vivimos, sus cualidades y sus dones, destacando el milagro de que estas condiciones físicas no sólo nos permitan vivir sino que además se nos ofrezcan para ser apreciadas.

http://www.faena.com/aleph/es/articles