La carcajada de Orson Welles

PEDRO G.CUARTANGO

La carcajada de Orson Welles

En sus últimos días, Orson Welles trabajaba en un guión para una nueva película con la máquina de escribir, colocada sobre su gran panza. Estaba tan gordo que no se podía mover. Murió en 1985 en Hollywood, donde nunca consiguió ser considerado uno de los suyos. Sus cenizas están enterradas en la finca del toreroAntonio Ordóñez en Ronda.

Acabo de ver un documental sobre su vida, rodado cuando tenía 60 años, y me ha impresionado su timbre de voz. Habla con una gran serenidad y de sus palabras se desprende que sus dos grandes pasiones han sido el cine y las mujeres, por este orden.

«Me he pasado el 98% de mi tiempo buscando dinero y productores y el 2% haciendo mis películas», comenta con amargura. Y luego dice que el cine es como las mujeres: se ama aunque se sepa que uno va a sufrir.

Welles tenía una sensación de fracaso al final de su vida porque, salvo cuando emitió por la radio ‘La Guerra de los mundos’ e hizo temblar de miedo a medio país, siempre fue cuestionado por la industria. De hecho tuvo que venir a Europa para seguir rodando y, en concreto, a España, un país que amaba.

Todo el mundo afirma que la mejor película de Welles es ‘Ciudadano Kane’, pero yo creo que ‘Sed de mal’ la supera. Es puro cine negro, una pesadilla, un filme tan inquietante que la productora lo rechazó y luego modificó antes de estrenarlo. Welles lo dirigió gracias a Charlton Heston, que hizo tal vez su mejor interpretación en este ‘thriller’. A destacar también la aparición en un papel secundario de una inquietante y crepuscular Marlene Dietrich.

Welles rodó en España en 1973 una película llamada ‘Fake’, con la actriz Oja Kodar, de la cual sólo se acuerda Federico Jiménez Losantos. Es la historia del falsificador de arte Elmyr de Hory, que vivía en Mallorca. Lograba hacer pasar sus cuadros por obras de Picasso y Matisse. Hory era un genio, en muchos aspectos similar a Welles.

Hay una escena en ‘Fake’ que me sobrecoge: se ve en ella a Welles delante de la catedral de Chartres con el cielo de color morado al atardecer, mientras habla de la fugacidad de la belleza.

El cineasta americano era un tipo extremadamente sensible, pero también violento, excesivo, bebedor compulsivo y amante de mujeres fatales como Rita Hayworth, con la que se casó.

Al final del documental, Welles ordena al cámara que corte la escena en la que él está hablando de su biografía, sentado en la butaca de un teatro. Pero el director vuelve a encender la cámara y filma a un Welles que no puede contener sus carcajadas.

Me parece que esa risa desmedida representa mejor que nada su actitud ante la vida. Welles había soportado muchos fracasos y adversidades y se había visto obligado a pedir ayuda a sus amigos en incontables ocasiones. Había sido censurado y maltratado por la crítica. Y había tenido unas complicadas relaciones con las mujeres. Al final de sus días carecía de fortuna. Pero era capaz de reírse del destino con ese distanciamiento del que sabe que no es posible ser feliz sin haber sufrido las penalidades de este mundo.

Amaba el cine e hizo películas que rozan la perfección y también convirtió su existencia en una obra de arte. ¿Acaso eso no es suficiente para admirarle?

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