Off side

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Cuando regresé a México, en 1985, después de mi largo exilio de casi 17 años, me asombraron, como es natural, una multitud de innovaciones. Debo decir, en honor a la verdad, que también me sorprendieron un sinnúmero de cosas con las que había yo estado del todo familiarizado, pero que el tiempo había ido difuminando.

Entre ellas estaban los bordes de las banquetas pintadas de amarillo. Cuando pregunté qué significaban, me respondieron que nada, que así nomás, porque sí. Me consideré bienvenido a mi nuevo México. También descubrí los tacos de bistec, los taxis de dos puertas, los ejes viales y que la Ruta 100 era todas las rutas.

Mis ganas de ver beisbol se fueron disipando al enterarme de que la Liga Mexicana no sólo no había hecho progresos, sino que estaba peor que nunca, gracias al benemérito Alejo Peralta. El beis que se seguía era el gringo, con los Dodgers y su zurdo de
Etchohuaquila al frente. Con cierto disgusto lo consideré natural.

Lo que sí de plano no me esperaba y me chocó sobre manera fue la afición por el futbol americano, gringo también. Me enteré de que existían los Osos de Chicago, los Acereros de Pittsburgh, los 49’s de San Francisco y, por encima de todos, los Vaqueros de Dallas. ¿De dónde habría salido tan súbita como intensa adicción? En mis tiempos no sabíamos ni seguíamos nada de todo eso.

Naturalmente, entonces no existían las coberturas televisivas internacionales ni ese ritual cuasi-religioso que era y sigue siendo el Super Bowl. Aprendí que había que verlo en grupo —si eran sólo hombres, mejor—, que era obligatorio tomar cerveza y comer hamburguesas. Y por nada del mundo ir a mear durante el showdel medio tiempo. Esa hubiera sido una herejía intolerable. Los dos primeros años concedí y, sumiso, me incorporé a la ceremonia. Por aquello de “al país que fueres…”.

Fueron sólo dos años, sin embargo. Después rehusé, digna y terminantemente, seguir siguiendo el juego incomprensible y postizo. Me gusta el americano, lo considero un deporte hermoso y desafiante. En mi niñez y primera juventud jugué mucho tochito. A veces “tacleado”, pero casi siempre “tocado”. Y no me perdía un solo clásico Poli-UNAM en el estadio de CU. Esa era nuestra apasionante liga de un solo partido al año. Apasionante en serio.

A veces venían equipos colegiales gringos, con sus bandas y cheerleaders haciendo preciosos mosaicos, tablas gimnásticas y complicadas filigranas sobre el césped. Era padre, y supongo que allá lo sigue siendo. Nada que ver con el mentado e insoportable halftime show.

Así pues, el americano me gusta. Pero todo lo que envuelve y acompaña al que nos venden desde allá, no. Más bien lo abomino. Muy gringo, una gringada intragable e indigerible. Con un tufo militar inocultable, en sus uniformes y cascos, en sus ofensivas y en sus “proyectiles”, “misiles” y “bombas”, sus “cazadores de cabezas” y, por supuesto, esas barras y estrellas que nunca pueden faltar.

De hecho, todo el encuentro y el reglamento están concebidos como un gran espectáculo. No sólo el del medio tiempo es un show, lo es el partido entero. No es necesario insistir en la importancia que tiene el espectáculo en la cultura estadunidense. Son los auténticos showmasters. Es su debilidad y, al mismo tiempo, su poderío. Su especialidad.

Todo ello aderezado por los constantes comerciales de rigor. Las propias reglas están diseñadas para que formen parte del programa. Y no son comerciales cualquiera. Alitas, hamburguesas, Steakhouse, Carl’s, Bellator. Y coches, claro, con sus respectivas divisas estimulantes, en inglés, claro. Ford Fussion, Chevrolet Spark, Nissan “innovation that excites”. Incluso la emblemática Renault se siente obligada a agringarse: “passion for life”.

Es bien sabido que el americano, que ellos llaman simplemente football (quién sabe por qué, pues los pies apenas participan) es un derivado del rugby europeo. Un derivado grotesco, diría yo, pues toda aparatosa coraza que utilizan los competidores es completamente inútil, como lo demuestra el propio rugby, y tiene propósitos exclusivamente escénicos. Se trata de exhibir su proverbial arrogancia y prepotencia.

Para revestir ese orgullo crearon una parodia artificiosa dudosamente original. Vistieron incluso con armaduras los estrambóticos jugadores otorgándoles soberbia, y entre notorias simulaciones incluyeron las enredadas normas castigando intervenciones obligadas.

En efecto, el mismo propósito dicta el enrevesadísimo reglamento del juego, que lo deja todo en manos de los “oficiales”. De hecho, los yanquis tienen una predilección enfermiza por los inquisidores deportivos. Tienen mil nombres, aparte de oficiales pueden ser árbitros, réferis, jueces o ampayers. El culto y el sometimiento a la autoridad.

En fin, toda esta parafernalia está bien, mientras sea su parafernalia. Pero que lo que no está bien es que la quieran hacer nuestra. Más bien, que queramos hacerla nuestra. Es una imposición cultural inaceptable, claramente sobrepuesta, hechiza, pues se trata de un deporte apenas jugado en nuestro país. Es una mala prótesis sobre nuestro alicaído organismo social. Somos, tal vez junto a Canadá, los únicos blancos en el mundo entero de tal intromisión. Y no nos corresponde. Me rehúso a que nos corresponda. Off side.

MARCELINO PERELLO

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