Theodore Zeldin: ‘No quiero ser feliz. Ser feliz es una ceguera’

Theodore Zeldin: 'No quiero ser feliz. Ser feliz es una ceguera'
Theodore Zeldin

El ensayista, autor de ‘Historia íntima de la humanidad’, narra en su nuevo libro el vacío emocional que vive el mundo modernos

LUIS ALEMANY

 

Hay un momento clave en el nuevo libro de Theodore Zeldin, Los placeres ocultos de la vida (Plataforma Editorial). Ocurre en el capítulo dedicado al éxito profesional y al poder. La tesis es sencilla: el éxito es una obsesión en nuestras vidas pero, al mismo tiempo, nunca antes lo hemos visto con tanto escepticismo. Nunca antes hemos tenido tan claro que triunfar puede ser un calvario y una esclavitud personal. “Ya sabemos que el sueño americano no es posible para todos. Ahora el reto es saber con qué lo reemplazamos, qué hacemos con nuestras vidas”, dice el autor. Muchos conocieron a Theodore Zeldin con un libro que nació para ser un clásico, Historia íntima de la humanidad. Su continuación toma el material que salió de aquel estudio de las emociones y las creencias y lo lleva hasta el terreno de la realización personal. “Mi respuesta es sencilla: debemos descubrir lo que la vida es y lo que no le deja ser, lo que hace que vivamos un 20, un 30 o un 50% en vez de un 100%”.

“¿Qué es lo que nos domina? El miedo. Miedo al fracaso, a la incomprensión, a la pobreza, al abandono… Y la única respuesta contra el miedo es la curiosidad”, explica Zeldin. El miedo, sí, bueno, pero, ¿no está condenada al suicidio una sociedad que no tiene apetito de éxito? “¡No! Si, en realidad, nadie tiene éxito, ¿qué tiene de bueno desearlo? Lo que nos salvará es tener una visión completa de la vida, buscar el conocimiento y asimilar todas las experiencias como una parte del todo, también los fracasos”.

Que nadie se asuste si todo esto le suena a autoayuda porque el libro de Zeldin no es psicología-fácil-para-todos. O no sólo. Los placeres ocultos de la vida recopila mil historias de personajes históricos que expresan nuestra relación con ideas como patria, liderazgo, religión, felicidad, éxito, lealtad, amor, deseo… Y, al final, la conclusión es que cada vez nos hacen menos ilusión todas esas nobles palabras: ni el amor, ni la patria ni la religión, ni el dinero.

¿Qué nos queda? ¿Pedimos hora al psicoanalista? No. Freud no asoma la cabeza en todo el libro de Zeldin más que en dos o tres flecos. “Nos pusieron en el siglo XX con la idea de que estábamos enfermos y que la terapia era la única manera de convertirnos en personas normales. Y no: lo normal es ser una persona única. La obsesión con la depresión es una muestra de que rechazamos que somos seres únicos”. Zeldin continúa: “Freud está bien, fue un escritor valioso, pero representa la medicalización del problema del ser humano, al que dio una solución única y sencilla, hecha a la medida de una clase media alta europea con tendencia a la angustia. Ahora tenemos enfoques diferentes. No creo que el problema sea entendernos a nosotros mismos, porque ésa idea es una ilusión irreal. Como mucho, podemos intentar entender a los demás porque, aunque no lo consigamos, es absolutamente estimulante”.

Genios y dioses

Lo malo es que esa idea de todos-somos-únicos suena al hastío que provoca ver a tantos aspirantes a poetas y artistas que abren sus corazones y cuentan sus historias en un blog… historias que, en realidad, no tienen mucho interés. “El Renacimiento creó esa idea del genio como una reproducción de Dios. Es otra ilusión irreal, y, además, tampoco recomiendo a nadie aspirar a ser un genio. Es difícil comunicarse para los genios. Fíjese que en el libro hablo de creación, no de creatividad. Es más asombroso el hecho de que una mujer y un hombre se junten y creen una nueva criatura que cualquier obra de arte”.

¿Y la religión? Zeldin nació en el remoto 1934. Seguro que, en algún momento de su juventud debió de pensar que, a estas alturas de 2016, la religión sería un anacronismo. Y mire lo que ocurre en Turquía, en Irán o en los países árabes… “No me sorprende en absoluto. En algunos países de Europa podemos tener la idea de que vivimos en sociedades irreligiosas, aunque, en realidad, sólo hemos reemplazado a Dios por el dios de la felicidad. Sed felices ahora y no después de la muerte, se nos dice. En realidad, es una tontería y un negocio. Yo no quiero ser feliz, cómo podría ser feliz si sé que hay gente que sufre tanto en Oriente Próximo.Ser feliz es una ceguera”.

Y continúa: “Podemos entender la religión de dos maneras: una consiste en escapar de las incertidumbres y de las ansiedades propias de estar vivo. Es un manual que nos dice cómo vivir. La otra, es una forma de pensar lo que no se puede entender. Todas las religiones, en sus principios, eran así, sencillas, no había más mandamientos que ‘sed buenos, sed honestos, ayudad a los que os acompañan’. Luego, aparecieron los obispos y les fueron añadiendo dogmatismo…”.

¿Entonces, el Califato…? “Una vez estuve hablando con ayatolá chií y tenía el clásico discurso de furia: que si Estados Unidos, que si Europa… Pero, al final de la charla estaba tranquilo y me dio un abrazo y me dijo que todo había cambiado porque le había escuchado. Hay que intentar entender que cualquier hostilidad responde a una debilidad. ¿Quiénes son los combatientes del Estado Islámico?Iraquíes que se enrolan porque son pobres y el Estado Islámico paga bien. O chicos musulmanes europeos que se sienten aislados y despreciados en sus ciudades y que están dispuestos a ir hasta Siria para darle un sentido a sus vidas”.

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