Memoria arqueológica

Memoria arqueológica
ULISES

 

Dicen las encuestas que ha aumentado el rencor entre los españoles después de la crisis económica y de las diferencias de trato entre clases. Pintan un panorama sombrío: trincheras ideológicas, partidos desprestigiados por la corrupción y la financiación ilegal, cientos de políticos procesados, nuevos reinos de taifas -unos contra otros-, un Gobierno autonómico que pide la independencia de Cataluña, bloqueo político e imposibilidad de hacer mayorías y, además, un constante y renovado fanatismo con la búsqueda de los podridos huesos de la Guerra Civil.

A esa pasión por las exhumaciones le dio un corte el escritor Stanley Payne durante la conferencia que impartió hace unas semanas, en la que se refirió a la Ley de Memoria Histórica como a «un invento, un movimiento político arqueológico, semisoviético».

Los propios historiadores dicen que no podemos desprendernos de aquel odio, consecuencia directa del fanatismo político. El tiempo no ha puesto la palabra «fin» en la Guerra Civil; ha sido durante 30 años una película de sesión continua, y no como el cine de los Estados Unidos, donde las películas entre las tropas yanquis y sudistas tienen vocación épica y de reconciliación, sino cargando las tintas en el esperpento y la crueldad. Uno de los estigmas que tenemos en lo alto los españoles es que somos el pueblo de las guerras civiles.

Y realmente hubo muchas. Desde aquella en que el héroe trágico llamado Pompeyo el Grande -el Alejandro romano para unos; para otros, el gran carnicero- entró a cuchillo en la ciudad de Valencia, arrasándola; luego, el general comentó que los hispanos prefieren la guerra al descanso y si no tienen un enemigo exterior, lo buscan en casa. Realmente, un cínico, porque aquella no era una guerra entre hispanos, sino entre dos facciones de Roma. Hubo otras contiendas entre hermanos: las de las Germanías, las de las Comunidades y, más tarde, la incesante carnicería de los carlistas y los liberales, hasta llegar a la del año 36, que tampoco la protagonizaron sólo los españoles, sino los batallones que se enfrentaron en la Guerra Mundial.

Aquella historia de liberales-conservadores, izquierda-derecha, el exilio y el reino, maestros contra curas, rojos contra nacionales, lápidas en las cunetas, cruces entre lagartos… ha convertido la memoria en la eterna canción de la ametralladora. Unos y otros olvidan el mal que han hecho y sólo se acuerdan del que han sufrido, convirtiendo el pasado en debate político de actualidad. «Cuídate -dice el poeta- de las calaveras sin tibias y de las tibias sin calaveras». Pero no se han cuidado.

De entre los nuevos políticos, sólo Albert Rivera, como hicieron los comunistas del éxodo, vuelve a hablar de reconciliación. Rivera apuesta por buscar la síntesis de dos equivocaciones. «Hay mucha gente que no es ni roja ni azul, el ‘guerracivilismo’ se ha acabado», dice. En España siempre se nombraba en plural: las Españas; luego se redujeron a dos y después llegaron los de la Tercera España. Y ahora hay cuatro Españas.

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