Retaliation

Retaliation

Escojo para el título de la entrega de hoy un término del inglés, y lo hago de manera legítima, pues se trata de un anglicismo con significado preciso y que no tiene un equivalente satisfactorio al español. Acostumbra a traducirse como “represalia”, pero no es eso. To retaliate significa responder de manera inmediata a alguna agresión. Y es esa connotación de inmediatez de la que carece la supuesta versión castellana.

Es preciso distinguir entre los “préstamos” interlingüísticos que incorporan al tesoro de una determinada lengua significantes nuevos tomados de otros idiomas y de los que no existe correspondiente adecuado. Se trata de un fenómeno común y legítimo, por el cual una lengua se enriquece. Los términos “chofer”, “restaurant”, “taxi”, “bar”, “hotel” o “currículum” son buenos ejemplos, y hay que distinguirlos de los idiotismos, simples apropiaciones sin sentido de palabras extranjeras que sí poseen el equivalente preciso, como “tsunami”, “sexy”, “penthouse” o “grill”.

Lo que sucedió la mañana de ayer martes en Bruselas fue exactamente unaretaliation. Una respuesta violenta e inmediata a la espectacular detención dos días antes del líder jihadista Salah Abdeslam, considerado por algunas fuentes como “el cerebro” de los ataques parisinos del año pasado en el salón de fiestas Bataclan.

Sin embargo, la brutal acción de ayer podría tener otra lectura. O, si usted prefiere, una connotación adicional y mucho más perversa. Instalado, como estoy desde hace años, en mi confortable paranoia, no puedo no sospechar que los atentados del aeropuerto y del metro belgas tengan que ver con el grave problema al que se enfrenta estos días la mitad de Europa, frente a la avalancha incontenible de migrantes —refugiados algunos— procedentes de Siria, del Oriente Medio y de multitud de otros países musulmanes.

En efecto, el aluvión es gigantesco e imposible de manejar e integrar. Se calcula que el año pasado llegaron aproximadamente, a través de Turquía y Grecia, dos millones de personas, un millón de las cuales se encuentran hoy asentadas en Alemania. La permisividad del gobierno de la canciller Angela Merkel en este asunto ya le costó un durísimo castigo electoral.

La Unión Europea ya decidió, hace diez días, detener del todo el flujo migratorio y, para ello, llegó a un acuerdo harto discutido e impopular con Turquía, que se compromete a confinar el alud humano en su territorio y no permitir su paso a las costas griegas. Quién sabe cómo piensan hacerlo, si es que lo piensan. En este mismo momento ya hay cerca de tres millones de refugiados en suelo otomano.

Las cosas, sin embargo, son más graves y van más lejos. Pues la resolución del Consejo de Europa no sólo decide detener la corriente de fugitivos sino que, de manera mucho más drástica, regresar a Turquía a cientos de miles de los que ya se encuentran atorados en alguno de los países de los Balcanes.

La medida, por supuesto, ha causado la molestia y la indignación de capas cada vez más numerosas y tal vez mayoritarias de la población de los países afectados, muy en particular de aquellos más ricos: Austria, Dinamarca, Suecia, Francia, Italia y, por supuesto, la propia Alemania. En las calles y en los parlamentos suben de tono las voces que consideran atroz e inhumana la resolución.

Así pues, las acciones guerrilleras —en este caso sí terroristas— en Bruselas, precisa y casualmente sede del Consejo de Europa y de las oficinas centrales de la UE, no pueden no venirles como anillo al dedo. Y lo digo, con todo cinismo y desgarramiento.

En esa línea, la sospecha de que hubiera podido tratarse, como en muchas otras ocasiones a lo largo y a lo ancho de la geografía y la historia, de un autoatentado, no puede tranquilamente ser desechada. El poder es suficientemente frío y descarnado para eso y más. Tendremos que estar atentos a lo que sigue para acabar de sustentar la suspicacia o bien para descartarla del todo.

De otra parte, sin embargo, tampoco puede desdeñarse la posibilidad de que se haya tratado, efectivamente, de una acción bélica de las huestes jihadistas y muy en particular del Estado Islámico, cuya fuerza, beligerancia y crueldad están fuera de toda discusión.

Hablo en el párrafo anterior de guerra. Y de eso se trata exactamente. Las brutalidades cometidas por las potencias imperiales contra los pueblos árabes son antiguas y no han cesado en absoluto. El rencor y la rabia de aquella gente están más que justificados. En particular es especialmente sangriento verse obligado a admitir que los desdichados inmigrantes que hoy invaden Europa huyen de la brutal guerra que los propios europeos han sostenido y siguen sosteniendo en sus torturadas tierras, llevados por su codicia imperial y deshumanizada (todo ello en connivencia, claro, de Estados Unidos, pero ellos, para su injusta fortuna, están más lejos).

Bélgica, en particular, cometió el grave error de comprar una guerra que no era la suya, y hoy tal vez está pagando las consecuencias. Qué lejos queda la hábil y valiente política del exprimer ministro Guy Verhofstadt, que se negó sistemáticamente a hacerse cómplice de tal atropello. Hoy, en cualquier caso, los belgas lo tienen en chino.

Perseguir a rebeldes que utilizan estructuras laberínticas implica neutralizar dispositivos operacionales. Pero ello requiere reforzar organismos secretos, acechar redes de inmigrantes localizando los ambientes sospechosos. YaVerhofstadt indicó cómo acometerlo.

Sean galgos o lebreles, sean belgas o sirios, gente inocente, buena gente, están pagando los platos que el imperio, en su impudicia e hipocresía, sigue haciendo pedazos sin escrúpulo alguno. Es una vergüenza difícilmente tolerable. Y lo es para el género humano en su conjunto.

MARCELINO PERELLO

http://www.excelsior.com.mx/opinion

Deja un comentario