Corrección política

En tanto usuarios de un lenguaje, nuestra responsabilidad es custodiarlo y renovarlo. Y, por supuesto, corregirlo

Una sociedad multicultural exige cada vez más respeto con las minorías.
Una sociedad multicultural exige cada vez más respeto con las minorías. LUIS MAGÁN

 

Durante años sostuve un orgulloso desdén por la corrección política. Con la bandera de “al pan, pan; y al vino, vino” navegué, sin cuidar nunca la elección de palabras esgrimidas durante duelos o cachondeos retóricos. La corrección política me parecía un invento de gente que levantaba la mano antes de tomar la palabra, gente que lavaba sus verduras antes de guardarlas en el refrigerador, gente que ignoraba la existencia de las sobremesas —largas y etílicas— donde afloran las amistades cómplices. Los hispanos, pensaba, heredamos de la lengua viperina de Quevedo y del ingenio a la vez cándido y filoso de Cervantes el derecho a la incorrección, al libre juego de palabras, a decir las cosas como nos vinieran.

Pero es muy fácil sostener esa postura cuando —en el contexto latinoamericano— se pertenece a la clase media educada de un país tan desigual, que ser de clase media educada es, en realidad, ser sumamente privilegiado. Es cómodo —en el caso español— pensar así si se pertenece a una mayoría racial de un continente en donde las minorías raciales son inmigrantes, tratadas como ciudadanos de segunda. Es muy conveniente suscribir la “incorrección” como forma de la libertad de expresión, si uno nunca va a ser el blanco de los dardos del humor y el ingenio de quienes los lanzan.

Mal entendida, la corrección política es una forma de enmascarar. Mal entendida es encontrar un eufemismo edulcorante que sustituya un término denigrante: “persona de color”, “diversidad”, “empoderamiento femenino”, etcétera. Pero esa no es la corrección política; es una forma más soterrada y menos disputable de la violencia lingüística. La verdadera corrección política, la que sí vale la pena defender, está en la manera como asumimos nuestra “vida política” y el papel correctivo que el lenguaje juega en ella.

Somos animales políticos. Vivimos en alguna forma de la polis —en el espacio público en que convivimos con otros—. Y nuestra relación con los demás empieza por el lenguaje. Las palabras son nuestro puente, el tejido con el que nos vinculamos entre nosotros y fabricamos el mundo. La violencia racial, el abuso emocional, la subyugación cultural —todo empieza por el lenguaje—. En tanto usuarios de un lenguaje, nuestra responsabilidad es custodiarlo y renovarlo. Y, por supuesto, corregirlo, cuando ese lenguaje se agota y se demuestra insuficiente para describir la creciente complejidad de nuestro mundo común. La corrección política es un compromiso con las palabras, con la tarea cotidiana de corregir el lenguaje público para poder estar siempre reimaginando el mundo en el que queremos vivir.

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