El empate infinito

 

John Forbes Nash era un niño que jugaba poco y leía mucho. Quizá ello fue un estímulo para simular la realidad a través de modelos matemáticos, lo que le valió ser premiado con el Nobel de Economía en 1994. Era un hombre desequilibradomentalmente, pero ello no le impidió desarrollar una extraordinaria carrera en Princeton, donde había estudiado con Einstein. Su biografía está contada en Una mente maravillosa, una película que retrata su lucha contra la neurosis.

Nash ha pasado a la historia de la ciencia por desarrollar la teoría del empate infinito, en la que demuestra que hay escenarios en los que los protagonistas deciden no tomar ninguna iniciativa por miedo a perder lo que ya tienen. El profesor de Princeton pensaba concretamente en el mundo de la economía, donde varias empresas mantienen invariable su estrategia y renuncian a crecer para no alterar el statu quo.

No encuentro otro modelo mejor para explicar lo que está sucediendo en la vida política española que la teoría del empate infinito, que encaja como anillo al dedo en lo que estamos viendo: hemos superado ya los ocho meses de impasse porqueni Rajoy ni Sánchez se atreven a realizan movimientos, ya que consideran que cualquier riesgo que asuman podría suponer un deterioro de su posición política.

El caso del líder del PSOE es evidente porque sabe que, si facilita la investidura de Rajoy, los barones del partido no tardarían mucho tiempo en liquidarle. Por lo tanto, ha optado por instalarse en un «no» que nos conduce a unas nuevas elecciones en diciembre. Eso le asegura seguir en el cargo y mantener el control del aparato. Y aleja las posibilidades de un congreso en el que tiene todas las de perder.

La posición de Rajoy es más sutil, pero lo esencial es que él gana tiempo mientras su rival se desgasta por sus malos resultados y las querellas internas del PSOE. No tiene prisa porque sigue ejerciendo la presidencia del Gobierno y las encuestas reflejan que cada semana que transcurre aumenta el apoyo electoral a su opción.

Rajoy sabe que existe un equilibrio inestable y que cualquier iniciativa suya podría desencadenar una situación que escaparía a su control. Por ello, está manejando con extraordinaria habilidad el calendario para forzar unas terceras elecciones en condiciones favorables para él, consciente de que no tiene ninguna posibilidad en la investidura que comienza el martes.

Nos hallamos, pues, en una situación de empate infinito que habría inspirado el talento de Nash. Y no vamos a salir de este bucle cerrado si no surge algún nuevo factor inesperado que obligue o incentive a los jugadores a cambiar de estrategia.

La conclusión es que la negociación para formar Gobierno se ha convertido en un puro cálculo matemático, algo que ya había intuido Maquiavelo en la Florencia renacentista cuando escribió que la política es pura lucha por el poder en la quetriunfa el caudillo que acierte a elegir el momento.

Puede que siempre haya sido así, pero se echa de menos un cierto debate de ideas y una estética de la dialéctica política que hemos perdido hace muchos años. La política la deciden hoy los expertos en imagen, las encuestas y la aritmética electoral que determinan una oferta en la que, como los detergentes en televisión, todos son muy parecidos en el fondo.

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