España, al albur de Valle-Inclán

El escritor introdujo lo esperpéntico en nuestro idioma para definir lo grotesco que causaba hilaridad y sonrojo. Hoy se echa en falta una voz de esa envergadura que pinte lo que está pasando, pero el recurso al pasado nunca es la solución

España, al albur de Valle-Inclán
EDUARDO ESTRADA

En estos años de crisis, con sonados casos de desgobierno y corrupción, hemos usado, de manera abusiva tal vez, las palabras “esperpento” y “esperpéntico” para describir el colapso político que vive España. Como se sabe, Valle-Inclán las introdujo en nuestro idioma con el significado de persona o hecho grotesco que producen hilaridad y sonrojo. En este tiempo se ha echado en falta incluso un nuevo Valle-Inclán que pintase con rasgos esperpénticos los acontecimientos de ahora. Si en lo literario tener una figura así sería un regalo incalculable, en lo político, como se verá, no lo sería en absoluto. En cualquier caso, el análisis político que utiliza argumentos sacados de la literatura constituye una variante del tópico clásico que sostiene que la naturaleza imita al arte: nos mostraría la imagen del país a través del espejo literario, deformante en este caso. Pero no creo que sea acertado ni clarificador que el analista imite a Valle-Inclán o que recurra a la deformación grotesca para explicar lo que ocurre en la política española.

Es cierto que alguien con una mirada tan despiadada como la del escritor gallego podría establecer paralelismos entre aquella España y la nuestra, amplificando los evidentes defectos de la actualidad. Tendría material suficiente para hacer una crónica actualizada de la avaricia y corrupción siguiendo solo los pasos de algunos sátrapas. Aunque las situaciones no sean comparables, quizá no esté mal que retengamos la visión de la descomposición de España que pintó don Ramón, pues ahora, en el año en el que se debe conmemorar el 150º aniversario del nacimiento del escritor, todo parece fiarse a la suerte de una baza de cartas favorables. Pero no nos confundamos: la España de comienzos del siglo XXI poco tiene que ver con la del “ruedo ibérico” valleinclanesco ni con el reinado de Isabel II ni con la inestabilidad de las primeras décadas del siglo pasado.

 

Por ejemplo, en el inicio de La corte de los milagros se puede leer: “La tea revolucionaria atorbellina sus resplandores sobre la católica España. Las utopías socialistas y la pestilencia masónica amenazan convertirla en una roja hoguera. El bandolerismo andaluz llama a sus desafueros rebaja de caudales. El labriego galaico, pleiteante de mala fe, rehúsa el pago de las rentas forales. Astures y vizcaínos de las minas promueven utópicas rebeldías por aumentar sus salarios. El pueblo vive fuera de ley desde los olivares andaluces a las cántabras pomaradas, desde los toronjiles levantinos a los miñotos castañares. Falsos apóstoles predican en el campo y en los talleres el credo comunista, y las gacetas del moderantismo claman por ejemplares rigores”.

Por la cita, con un estilo que disecciona el final del reinado isabelino, se comprende fácilmente que, por suerte para nosotros, no estamos en aquella coyuntura, cuando todo estaba a punto de irse a pique. Tampoco debemos olvidar que Valle-Inclán fue un artista y un creador de la lengua, y no un político, ni era estadista ni tenía proyectos para enderezar la suerte de un país que, desde hacía décadas, navegaba a la deriva. No habría por qué esperarlo en principio de un escritor, pero él quiso intervenir en la política nacional, y lo hizo con escasa fortuna.

 

Su mirada sobre la historia y la política nacional fue extravagante, crítica, más aún, punzante, y sobre todo contradictoria. Sus desconcertantes cambios dieron lugar a fuertes bandazos; eso sí, sobre la base de un pensamiento tradicionalista. Defendió posiciones encontradas y dio giros en direcciones contrarias en los últimos años (murió el 5 de enero de 1936). Un día descubrió que Mussolini podía ser modelo para España después de quedar fascinado por las reformas que había introducido en Italia, pero al mismo tiempo elogiaba la figura de Lenin, y en su altar particular lo ponía a la par que el pretendiente carlista Carlos VII. O consideraba a Azaña un firme director de los destinos de la República, cuando estaba ya en sus horas bajas: un timonel que podría hacer tomar a los españoles —dice— el “aceite de hígado de bacalao” que no querían tomarse. En fin, admiraba los caracteres autoritarios, y desconfiaba de las soluciones parlamentarias liberales. Como repitió pocos meses antes de morirse en declaraciones a El pueblo gallego, se consideraba un nostálgico de la España en la que los mayorazgos eran centros de grandeza, cultura y seguridad para el pueblo, cuando las leyes las dictaban los señores y su autoridad emanaba del respeto a los códigos caballerescos y a la palabra dada.

Todo esto junto explica por qué durante años fue un activo militante de la Comunión Tradicionalista, después coqueteó con el conservador Eduardo Dato, y al final se acercó a republicanos y socialistas, con los que compartía solo el deseo de que cayese Alfonso XIII, al que desde su óptica carlista seguía considerando un monarca ilegítimo, entregado a los intereses espurios de los liberales. En 1931, después de intrigas y dudas, figuró en las listas de candidatos al Congreso de Diputados por el partido de Alejandro Lerroux.

Fue un observador implacable de la descomposición de España, desde el triunfo del liberalismo burgués, que llevó al trono a Isabel II, hasta la dictadura de Primo de Rivera. Ese largo proceso de casi cien años lo plasmó literariamente en sus obras más relevantes. El dibujo resultante de la sociedad y la política nacional no puede ser más negativo. En su escepticismo consideraba que el hombre se regía por una suerte de fatalismo determinista, atado como estaba a los instintos más bajos. O, como él pensaba, la lujuria y la avaricia gobiernan los destinos de las personas, y conducen fatalmente siempre a una muerte dramática y absurda. Esto alcanzaría su máxima expresión en sus obras más importantes: La guerra carlista, Romance de lobos, Luces de bohemia, Martes de Carnaval, Tirano Banderas o El ruedo ibérico.

Comparar la actualidad con épocas pasadas no parece que ayude a comprender mejor las necesidades políticas del presente, porque la Historia no se repite. La situación actual poco tiene que ver con la que Valle-Inclán nos pinta en su obra. Tal vez al carlista que siempre fue —Azaña dixit—, nuestra situación le aconsejase refugiarse en el pasado, en su pasado, cuando, según su idealizada visión, señores y siervos avanzaban hermanados y se profesaban respeto mutuo. Una suerte de paraíso del Antiguo Régimen tan idealizado como irreal, un paraíso similar pero de sentido inverso, al que atisbamos en los discursos de los profetas y apóstoles de ahora mismo, que, aferrándose a herrumbrosos mitos, predican sin mucho rebozo la vieja nueva igualitaria. Convendría no insistir en esa línea ni recurrir a remedios antiguos para situaciones nuevas. Han pasado muchos años, tantos como 150, del nacimiento de Valle-Inclán.

Manuel Alberca es catedrático de la Universidad de Málaga y autor de La espada y la palabra. Vida de Valle-Inclán, biografía que ganó el Premio Comillas en 2015.

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