Las voces del desierto (Marlo Morgan, 1991) Fragmento

Con unos sentimientos que oscilaban rápidamente entre el miedo, el asombro, la incredulidad y la parálisis total, eché a andar en pos de la tribu de aborígenes que se llaman a sí mismos los Auténticos.

«Elige con prudencia, porque lo que pides podría muy bien ser lo que recibas.» A pesar de que ella había muer­to varios años antes, hasta el día que emprendí el viaje no empecé a comprender realmente la frase que tan a menudo repetía.

Volví a respirar hondo. Había perdido la cuenta del número de veces que me había quedado sin habla du­rante el día. Una cosa era segura: ¡jamás llegaría a estar tan hambrienta como para comerme un gusano! Pero en aquel mismo momento estaba aprendiendo una lec­ción; nunca digas «jamás». Desde entonces he intentado borrar esa palabra de mi vocabulario. He aprendido que prefiero ciertas cosas y que otras las evito, pero la pala­bra «jamás» no deja espacio para las situaciones inespe­radas, y «jamás» indica un lapso de tiempo demasiado largo.

El propósito del reino vegetal es alimentar a los ani­males y los humanos, mantener la tierra firme, realzar la belleza y equilibrar la atmósfera. Me dijeron que las plantas y los árboles cantan a los humanos en silencio y todo lo que piden a cambio es que nosotros les cante­mos a ellos… El principal propósito del animal no es alimentar a los humanos, pero lo acepta cuando es necesario. En realidad está para equilibrar la atmósfera y ser compañero y maestro con el ejemplo. Así pues, cada mañana la tribu envía un pensamiento o mensaje a los animales y plantas que nos aguardan. Di­cen: «Caminamos hacia vosotros para honrar el propó­sito de vuestra existencia.» Corresponde a animales y plantas decidir quiénes de entre ellos serán los elegidos.

Cuando sacamos agua de una grieta rocosa me en­señaron el modo de acercarme sin contaminar la zona con mi olor humano, para que no se asustaran los ani­males. Después de todo, el agua también era suya. Los animales tenían tanto derecho a ella como las personas. La tribu no se la llevaba nunca toda, aunque su provi­sión de agua fuera escasa en ese momento. En todos los lugares en que había agua, la gente bebía siempre por el mismo sitio. Todas las especies observaban este mismo comportamiento. Sólo los pájaros hacían caso omiso de esta regla de acceso y bebían, salpicaban y excretaban a sus anchas.

Era importante que no usáramos nunca una planta en su totalidad; siempre se dejaba la raíz para que cre­cieran nuevos brotes. Los de la tribu tenían un extraor­dinario sentido de lo que ellos llamaban la canción o los sonidos no expresados de la tierra. Ellos perciben la in­formación que les envía su entorno, realizan una tarea única de decodificación y luego actúan conscientemen­te, casi como si hubieran desarrollado un diminuto re­ceptor celestial a través del cual llegaran los mensajes del universo.

¡Algunos días la arena se ponía tan caliente que yo oía literalmente mis pies! Chisporroteaban como ham­burguesas friéndose en la sartén. Cuando se me secaron las ampollas y se endurecieron, empezó a formarse una especie de pezuña.

A medida que iba pasando el tiempo, mis energías físicas alcanzaban cotas insospechadas. Sin nada que co­mer para desayunar o almorzar, aprendí a alimentarme con la vista. Observé carreras de lagartos e insectos aci­calándose y descubrí imágenes ocultas en las piedras y en el cielo.

Según Outa, la razón primordial por la que los Au­ténticos saben usar la telepatía es porque no mienten nunca. No utilizan siquiera una pequeña invención, ni una verdad a medias, ni una grosera afirmación falaz. No mienten en absoluto, de modo que no tienen nada que ocultar. Son gentes que no tienen miedo a abrir sus mentes para recibir, y que están dispuestas a darse in­formación mutuamente. Outa me explicó cómo funcio­naba. Si un niño de dos años, por ejemplo, viera a otro niño jugando con alguna cosa (una roca tal vez, tirada por una cuerda), y ese niño intentara quitarle el juguete al otro, inmediatamente notaría que las miradas de to­dos los adultos se volvían hacia él. Aprendería entonces que se conocía su propósito de coger algo sin permiso y que no se aceptaba. El segundo niño aprendería tam­bién a compartir, aprendería a no aferrarse a los objetos. Este niño ya habría disfrutado y almacenado el recuer­do de la diversión, de modo que sería la emoción de la felicidad lo que desearía y no el objeto.

En lugar de vivir la verdad, los Mutantes permiten que las circunstancias y condiciones entierren una ley universal bajo una mezcla de conveniencia, materialismo e inseguridad.

Lo más interesante de sus comentarios y observa­ciones fue que nunca me sentí criticada ni juzgada. Ellos no juzgaban jamás que mi gente estuviera equivocada y que su tribu tuviera la razón.

Era una delicia hallarse entre gente adulta que no había perdido el sentido infantil de la di­versión, tan importante siempre. Echaban a correr hacia el sol alejándose de la nube y mofándose de ella por la lentitud con que se movía. Luego volvían a refugiarse bajo su sombra y me decían que el aire fresco era un re­galo maravilloso de la Divina Unidad.

—Entonces podemos decirte algo más. Todos los humanos son espíritus que sólo están de paso en este mundo. Todos los espíritus son seres que existen para siempre. Todos los encuentros con otras personas son experiencias y todas las experiencias son relaciones para siempre. Los Auténticos cierran el círculo de cada expe­riencia. No dejamos cabos sueltos como los Mutantes. Si te alejas con malos sentimientos en el corazón hacia otra persona y ese círculo no se cierra, se repetirá más adelante. No lo sufrirás una sola vez sino una y otra hasta que aprendas. Es bueno observar, aprender y al­macenar la experiencia para ser más sabios. Es bueno dar las gracias, dejarlo bendecido, como vosotros decís, y alejarse luego en paz.

Debería haber comprendido que ellos me leían la mente y que sabían lo que pedía antes de expresarlo. Aquella noche hablamos largo y tendido sobre la rela­ción entre el cuerpo físico, la parte eterna de nuestra existencia y un nuevo aspecto que no habíamos tocado antes: el papel de los sentimientos y las emociones en la salud y el bienestar.

Ellos creen que sólo las emociones tienen una ver­dadera importancia; se quedan grabadas en cada célula del cuerpo, en el núcleo de personalidad, en la mente y en el ser eterno. Así como ciertas religiones hablan de la necesidad de alimentar al hambriento y dar agua al sediento, aquella tribu decía que el alimento y el lí­quido que se dan y la persona que los recibe no son esenciales. Lo que cuenta es el sentimiento que se expe­rimenta cuando se entrega uno con sinceridad y afecto. Dar agua a una planta o a un animal moribundos, o dar ánimos a una persona proporciona tanta sabiduría so­bre la vida y nuestro Creador como dar de beber a una persona sedienta. Cada uno de nosotros abandona este plano de la existencia con una tarjeta de puntuación, por así decirlo, en la que se refleja momento a momen­to el modo en que se han dirigido las propias emocio­nes. Son los sentimientos invisibles e incorpóreos que llenan nuestra parte eterna los que marcan la diferencia entre los buenos y los menos buenos. La acción es tan sólo un canal mediante el que se permite expresar y ex­perimentar el sentimiento, la intención.

Para devolver el hueso a su sitio, los dos médicos nativos habían enviado pensamientos de perfección al cuerpo. Cabeza y corazón habían desempeñado un pa­pel tan importante como el de las manos. El paciente estaba abierto y receptivo al bienestar y creía en un estado de restablecimiento total e inmediato. Ante mi asom­bro, lo que para mi era milagroso, desde la perspectiva de la tribu era obviamente normal. Empecé entonces a preguntarme hasta qué punto en Estados Unidos el su­frimiento, debido a enfermedad y experimentado por el paciente se debía a una predeterminación emocional, no a nivel consciente, por supuesto, sino a cierto nivel del subconsciente.

¿Qué ocurriría en Estados Unidos si los médicos pusieran tanta fe en la capacidad curativa del cuerpo humano como la que tienen en las drogas? Cada vez va­loraba más la importancia del vínculo entre médico y paciente. Si el médico no cree que la persona se va a re­cuperar, esa misma incredulidad puede dar al traste con su trabajo. Aprendí hace mucho tiempo que cuando un médico le dice a un paciente que no tiene cura, lo que en realidad quiere decir es que no tiene información para curarlo. No significa que no exista cura. Si cual­quier otra persona ha superado alguna vez esa misma enfermedad, es evidente que el cuerpo humano tiene la capacidad para curarla.

Los conocimientos se transmiten de generación en generación mediante canciones y danzas, porque care­cen de lenguaje escrito. Los acontecimientos históricos se dibujan en la arena o se representan mediante música y drama. Hacen música todos los días porque es nece­sario mantener fresca la memoria de los hechos y les lleva un año más o menos contar su historia completa. Si además pintaran cada acontecimiento y todos los cuadros se colocaran en el suelo en el orden correspon­diente, tendríamos un mapa del mundo tal como ha sido durante los últimos milenios.

Sin embargo, lo que yo presencié en realidad fue el modo en que estas personas viven la vida al máximo, sin materialismo ninguno. Tras el festival, los instrumentos volvieron al lugar donde los habían encontrado. Se plantaron las semillas para garantizar nuevos brotes y se pintaron señales en la pared de roca para indicar la co­secha a los viajeros que pudieran pasar por el lugar. Los músicos abandonaron palos, ramas y rocas, pero la ale­gría de la composición creativa y el talento persistió como confirmación de la valía y amor propio de cada uno. Un músico lleva la música en su interior. No nece­sita un instrumento específico. Él es la música.

Yo tuve la impresión aquel día de que había apren­dido también que somos los creadores de nuestra pro­pia vida; podemos enriquecerla, entregarnos a nosotros mismos y ser tan creativos y felices como queramos serlo.

Cada ser humano es único, y a cada uno de nosotros se nos otorgan ciertas características que son excepcional­mente fuertes y que pueden llegar a convertirse en un talento. Su contribución a la sociedad era la de evocado­ra de los sueños. Todos soñamos, me dijo. A nadie le preocupa recordar sus sueños ni aprender de ellos, pero todos soñamos. «Los sueños son la sombra de la rea­lidad», explicó. Todo lo que existe, lo que ocurre aquí, se encuentra también en el mundo de los sueños. Todas las respuestas están allí. Las telarañas especiales se utili­zan en una ceremonia de cánticos y danzas que sirven para solicitar la guía del universo a través de los sueños. Luego Mujer Espíritu ayuda al soñador a comprender el mensaje.

Llegué así a comprender que habría ciertas tormen­tas en mi vida, que dejaría de lado personas y cosas en las que había invertido mucho tiempo y energía, pero entonces sabría lo que era sentirse un ser equilibrado y tranquilo y podría evocar esa emoción en cualquier momento en que la necesitara o deseara. Aprendí que podía vivir más de una vida y que había tenido ya la ex­periencia de una puerta que se cerraba. Aprendí que ha­bía llegado un momento en que ya no podía seguir con las mismas personas, lugares, valores y creencias que antes tenía. Para que mi alma madurara, había cerrado suavemente una puerta y entrado en un lugar nuevo, en una vida nueva que equivalía a un escalón espiritual más alto.

En los días que siguieron le vi enseñar a otros. Cuan­do le pregunté por sus dolores y achaques, se ahondaron las arrugas de su rostro al sonreírme y me dijo: «Cuando el pensamiento se hizo flexible, las articulaciones se vol­vieron flexibles. No más dolor.»

Si hieres a alguien, te hieres a ti mismo. Si ayudas a alguien, te ayudas a ti mismo. La sangre y los huesos los encuentras en todos los hom­bres. En lo que difieren es en el corazón y la intención.

Según esta tribu, la vida y la vivencia se mueven, avanzan y cambian. Me hablaron del tiempo en que se vive y del tiempo en que no se vive. La gente no vive cuando está furiosa o deprimida, cuando se compadece de si misma o está llena de temor. Respirar no es un fac­tor determinante de la vida. Simplemente sirve para in­dicar a los demás qué cuerpo está listo para el funeral y cuál no. No todas las personas que respiran están vivas. Está muy bien poner a prueba las emociones negati­vas y comprobar qué se siente, pero desde luego no es prudente ahondar en ellas. Cuando el alma se halla en forma humana, la persona juega a ver qué se siente sien­do feliz o desgraciado, celoso o agradecido, o cualquier otro sentimiento. Pero se supone que ha de aprender de esa experiencia y, en último término, descubrir qué le produce placer y qué le produce dolor.

…todo el mundo ha de guiar durante un tiempo. No podrás comprender el papel del liderazgo a menos que asumas esa responsabilidad. Todo el mundo debe experimentar todos los diferentes papeles alguna vez, sin excepción, tarde o temprano, si no es en esta vida, en alguna otra. El único modo de superar una prueba es realizarla. To­das las pruebas a todos los niveles se repiten siempre de un modo u otro hasta que las superas.»

Así pues echamos a andar, conmigo como guía…

…Pasó un segundo día sin comida, agua ni ayuda. Aquella noche estaba demasiado exhausta, demasiado enferma y desanimada para utilizar siquiera la piel de dingo como almohada; creo que en lugar de dormirme me desmayé.

…Caminamos y caminamos sin parar. El aire estaba quieto, el mundo era totalmente inhóspito. Parecía retar mí intrusión. No había ayuda ni escape posible. Tenía el cuerpo entumecido e insensible por el calor. Me estaba muriendo. Eran los síntomas de una deshidratación mortal. Sí, me estaba muriendo…

…Di las gracias en silencio a la fuente de aquella re­velación, y grité con la mente: «Ayudadme. Por favor, ayudadme.» Utilicé las palabras que oía a la tribu decir cada mañana: «Si es por mi supremo bien y el supremo bien de la vida en todas partes, enseñadme.»

Me vino a la mente una idea: «Métete la piedra en la boca.» Miré a mi alrededor. No había piedras. Cami­nábamos sobre arena fina. La idea me llegó de nuevo:

«Métete la piedra en la boca.» Entonces recordé la pie­dra que había elegido el primer día y que guardaba aún en el escote. Hacia tres meses que estaba ahí. La había olvidado. La saqué y me la metí en la boca, le di unas vueltas y, milagrosamente, la boca empezó a humede­cerse. Noté que recuperaba la capacidad de tragar. Aún había esperanzas. Tal vez no había llegado aún el día de mí muerte.

«Gracias, gracias, gracias», repetí en silencio. Me hu­biera echado a llorar, pero mi cuerpo no tenía agua su­ficiente para las lágrimas. Así que continué pidiendo ayuda mentalmente: «Puedo aprender. Haré cuanto sea necesario, pero ayudadme a encontrar agua. No sé qué hacer, qué buscar, adónde ir.»

La idea me llegó de nuevo: «Sé agua. Sé agua. Cuando aprendas a ser agua, encontrarás agua.» No sabia qué significaban esas palabras. No tenía sentido. ¡Sé agua! Eso no era posible. Pero una vez más intenté olvi­dar mi educación en una sociedad dominada por el he­misferio cerebral izquierdo. Cerré mi mente a la lógica y a la razón. Me abrí a la intuición y, cerrando los ojos, empecé a ser agua. Utilicé todos mis sentidos mientras caminaba. Olía a agua, la saboreaba, la sentía, la oía, la veía. Era fría, azul, clara, fangosa, quieta, ondulada, he­lada, derretida, vapor, corriente, lluvia, nieve, húmeda, vivificante, salpicaba, se extendía ilimitada. Fui toda imagen posible del agua que me vino a la mente.

Caminábamos por una llanura uniforme hasta don­de alcanzaba la vista. Tan sólo había una pequeña loma rojiza, una duna de arena de poco menos de dos metros de altura con un saliente de roca en la cima. Parecía fue­ra de lugar en aquel paisaje inhóspito. Subí por la pen­diente con los ojos entrecerrados a causa de la luz cega­dora del sol, como sumida en un trance, y me senté en la roca. Miré hacia abajo y allí, ante mi, se habían de­tenido todos mis amigos, que me habían ofrecido su apoyo y su afecto sin condiciones, sonriendo de oreja a oreja. Les devolví la sonrisa débilmente. Luego eché la mano izquierda hacia atrás para apoyarme y noté algo húmedo. Giré la cabeza como un resorte. Detrás de mí, en la continuación de la repisa de roca sobre la que me había sentado, había un estanque de unos tres metros de diámetro y medio metro de profundidad, lleno de una hermosa agua limpia y cristalina procedente de la lluvia que había descargado la escurridiza nube del día ante­rior.

Durante siglos, los Auténticos han practicado la costumbre de decir la misma frase a todos los recién na­cidos, de modo que cada persona oye exactamente las mismas primeras palabras humanas: «Te amamos y te apoyamos en el viaje.» En la celebración final, todo el mundo la abraza y repite esta frase otra vez. ¡Lo que oyen al llegar es lo que oyen al partir! Luego la persona que parte se sienta en la arena y cierra los sistemas cor­porales. En menos de dos minutos ha muerto. No hay tristeza ni lamentos.

Todos reímos cuando Outa nos contó las situacio­nes creadas por el gobierno, que entregaba viviendas a los aborígenes. Éstos dormían en el jardín y utilizaban la casa como almacén. Conocí entonces lo que ellos consideran un regalo. Según mis compañeros de la tri­bu, un regalo sólo es un regalo cuando le das a una per­sona lo que ella desea, y deja de serlo cuando das lo que tú deseas que tenga. Un regalo no obliga a nada. Se da sin condiciones. Las personas que lo reciben tienen de­recho a hacer con él lo que quieran: usarlo, destruirlo, regalarlo, lo que sea. Es suyo, sin condiciones, y el que lo da no espera nada a cambio. Si no se corresponde con estos criterios, no es un regalo y debería clasificarse de alguna otra manera.

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