Los buitres no se comen vivos a los niños

Los buitres no se comen vivos a los niños
La fotografía ganadora de un Pulitzer que muestra a un buitre junto a un niño sudanés. KEVIN CARTERSIGMA/GETTY IMAGES

Pocas fotografías arrastran más leyenda negra que la de Kevin Carter en Ayod (Sudán). La mejor instantánea sobre la hambruna no terminó con la muerte del niño, que no estaba solo ni desatendido. Tampoco el fotógrafo se suicidó por haberla tomado.

ALBERTO ROJAS

El fotógrafo se limitó a hacer lo que tiene que hacer un fotógrafo: darle al click. El problema vino después. Publicada la imagen en The New York Times, comenzaron las preguntas del público sobre la instantánea: “¿Esa niña está sola y moribunda? ¿El buitre se la va a comer? ¿Por qué el fotógrafo no la ayudó?”. El reportero sudafricano Kevin Carter ganó el Pulitzer de 1994 con esta representación de la hambruna, pero no supo explicar el destino de la criatura e incurrió en contradicciones. Poco después, acabó suicidándose. El relato mitológico estaba cerrado: un hombre hace una fotografía de un bebé al que no ayuda, que acaba muriendo ante un buitre blanco africano, que gana el galardón más prestigioso del mundo, pero que acaba matándose por sus remordimientos.

Desmontar esa mitología no es sencillo, aunque en el terreno todo se ve más claro.Allí nadie ha visto jamás la imagen (y muchos ni siquiera saben lo que es una fotografía) pero tienen claro que no es una niña sino un niño. Las niñas de esa tribu Nuer llevan pulseras en los tobillos. El fotógrafo no le ayudó, pero no tenía por qué: ya estaba atendido en aquel momento por personal humanitario. Si se amplía la imagen, se aprecia el brazalete blanco que lleva en la mano derecha con la leyenda 3T, desvelada a este periodista por Florence Mourin, la enfermera de Médicos del Mundo que los atendía. Significa “Tercer paciente recibido aquel día con tratamiento para desnutrición severa”.

Además, el niño de la foto no está solo. A 10 metros estaba la cola de la clínica de Naciones Unidas (instalada en el colegio) para repartir alimentos y atender heridos de guerra. La toma del buitre es sólo un fragmento de la realidad. En el resto de fotografías que Carter tomó del lugar (unas 250 exposiciones en color) se aprecian decenas de personas famélicas, la mayoría niños en esa misma situación.

Otra mitología: “El fotógrafo se suicida por esa foto”. También es falso. Kevin Carter intentó quitarse la vida al menos dos veces antes de aquella cobertura de la hambruna en Sudán. Cuando al fin lo consiguió, se encontraba en plena crisis personal y con una adicción al mandrax, una poderosa droga mezcla de heroína y cocaína. Días antes de su muerte, una bala mató a su amigo, el también fotógrafo Ken Oosterbroek, en un enfrentamiento callejero en Sudáfrica. Eso lo desestabilizó aún más. Lo corrobora su amigo, el también Pulitzer Greg Marinovich: “Kevin estaba fuera de control y todo lo que pasó con Ken le afectó muchísimo”.

Siguiente leyenda: “El buitre se lo va a comer”. Como reveló el periodista José María Arenzana, que estuvo en la aldea semanas después que Carter, esa zona fuera del hospital, es la elegida por los niños para defecar. La mayoría estaban enfermos de disentería, por lo que aquello era una letrina al aire libre. Los buitres van donde hay desperdicios. ¿Se comen gente? Sí, pero sólo cuando están muertos.

 

¿Significa eso que el fotógrafo mintiera? Al margen de las declaraciones contradictorias de Carter, su fotografía es real, porque muestra dos elementos que están por todos lados: niños famélicos y buitres esperando su ración. Nadie ha captado mejor la hambruna que este fotógrafo sudafricano. La foto es perturbadora e inquietante. Queremos que el niño no muera y le acusamos a él de no ayudarle. Una reacción absurda. Un fotógrafo ayuda haciendo fotos.

Por desgracia, el país no está hoy mejor que cuando lo fotografió Carter. Se ven los mismos tipos armados por todas partes, el hambre sigue matando masivamente y la paz no se intuye por ningún lado.

Si desea visitar el lugar exacto en el que se tomó la imagen, vuele a Nairobi, obtenga (con paciencia) un visado a Sudán del Sur. Compre un billete de una de las pocas líneas aéreas que aún vuelan allí. Recuerde: está llegando a un país en guerra. Extreme las precauciones. No se sorprenda cuando vea el aeropuerto de Juba. Tiene que coger su propia maleta porque no hay cinta portaequipajes. El taxista le va a intentar timar. Pacte el precio antes de cogerlo. Alójese en el hotel Tulip, el más caro pero también el más seguro. No se le ocurra caminar por la calle a la aventura.

Pague religiosamente un carísimo vuelo de la ONU hasta la aldea de Ayod, en el Estado de Jonglei, una zona actualmente en conflicto. Es una avioneta como esas que usan los narcos, pero te lleva y te trae. Irá con dos o tres monjas y cooperantes irreductibles. Cuando llegue, no se asuste y piense que tendrá que quedarse una semana en la aldea, sin hoteles, ni agua corriente, ni electricidad. La avioneta sólo pasa una vez cada siete días. Lleve pastillas para la malaria y la diarrea y comida suficiente para su estancia. Viaja al triángulo del hambre, así que mucha comida no hay. Vaya a conocer al comisioner, una especie de alcalde, para poder moverse con libertad y cierta seguridad. Ah, y llévele unas latas de conservas al padre Antonio Labraca, un cura italiano que lleva 25 años allí. Es el único habitante blanco de la aldea y su mejor anfitrión.

Labraca le indicará dónde vive el señor Nyong, identificado por varias mujeres (y después ratificado por él mismo, en 2011 y ante este periodista) como el padre de la criatura en la foto, que murió de adolescente por una malaria. El sitio de la instantánea está junto al colegio, formado por dos edificios de ladrillo. Verá una tanqueta oxidada pudriéndose entre ellos. Apóyese sobre ella y mire a su izquierda. Ése es el lugar de la foto de Carter. Con un poco de suerte estará lleno de buitres.

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