Patriotismo

Demostrarse apátrida deportivo es motivo suficiente para que te consideren un bicho raro, incluso sospechoso de antiespañol

Fanáticos de Brasil apoyan a su equipo durante la final de voleibol masculino entre Brasil e Italia en los Juegos de Río 2016
Fanáticos de Brasil apoyan a su equipo durante la final de voleibol masculino entre Brasil e Italia en los Juegos de Río 2016 ALEJANDRO ERNESTO EFE

 

Como carezco del gen del patriotismo no me he alegrado de las 17 medallas ganadas por los españoles en los Juegos Olímpicos de Brasil; quiero decir que no me ha alegrado más que por las conseguidas por los franceses, los jamaicanos o los estadounidenses. Es más: a veces he deseado que ganaran los rivales de los nuestros ante la efusión de patrioterismo con la que quienes me rodeaban asistían al desarrollo de la competición, comenzando por los periodistas encargados de retransmitirla.

El patriotismo deportivo es quizá una de las manifestaciones más absurdas de ese sentimiento extraño que hace que los nacionales de un país se identifiquen con él aun a costa de excluir a los demás. Que se considere a unos deportistas detentadores de su representación es algo tan infantil que debería hacer psicoanalizarse a la sociedad que cree que, si sus deportistas triunfan, triunfa el país entero, y, al revés, si fracasan, fracasa este también. No digamos ya cuando en el empeño por que sus deportistas demuestren al mundo su superioridad les dopan, como hicieron algunos durante décadas. Cuando un atleta salta más que sus competidores lo único que demuestra es que salta más que estos, e igual sucede con los que corren, lanzan el peso o la jabalina, nadan o juegan al voleibol. Que se alegren sus familiares y amigos de sus victorias me parece lógico, pero ¿por qué me tengo que alegrar yo si no los conozco de nada? ¿Porque llevo un pasaporte con la misma nacionalidad que ellos?

Mostrarte apátrida deportivo es motivo suficiente, sin embargo, para que te consideren un bicho raro, incluso sospechoso de antiespañol, que es un delito gravísimo para según qué personas. Que no te alegres de que un compatriota gane en su especialidad atlética o no te entristezca que otro pierda una prueba más de fórmula 1 te convierte en sospechoso de no amar a tu país tanto como deberías. Ni que pagues todos tus impuestos, colabores a su mejoría económica y participes de su vida pública, nada te exonerará de ser considerado un antipatriota si no te emocionas al ver a una chica de Huelva jugar mejor al bádminton que su competidora hindú o a un cubano nacionalizado español correr más rápido que sus adversarios. Hasta los catalanes que celebran sus victorias ondeando la senyera merecen mejor consideración que los apátridas deportivos, esos tocapelotas antiespañoles que no solo no celebramos los éxitos de nuestros atletas, sino que nos avergonzamos de ver a nuestros vecinos berrear envueltos en la bandera porque Nadal o Ruth Beitia han ganado una medalla, prueba de nuestra superioridad racial.

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