Vivir en la belleza del desorden

Vivir en la belleza del desorden
Ilustración del poeta Arthur Rimbaud. ULISES

En su corta aventura poética, que dio por cerrada con 21 años, tan sólo vio publicado este libro que se convirtió en uno de los mayores desafíos de la literatura del siglo XX

ANTONIO LUCAS

 

De todas las historias de la Historia, si hablamos de poesía, Arthur Rimbaud acuña la más fiera. Este francesito de Charleville portaba un ánimo inflamable con el que se echó a los caminos a buscar más vida de la que le dispensaba el pueblo y la madre opresiva. Volteó la literatura de su tiempo con una escritura hecha de materiales insólitos y muy buenos. Renunció a la moral de época. Planteó su propio catón de conducta y entre el vagabundeo y los excesos conquistó a un hombre mayor, un poeta ya notable, Paul Verlaine, que cayó fulminado de amor por este arrapiezo de edad atómica que fumaba hachís en pipa de caña fina y escribía unos poemas imposibles cargados de alucinación y desafío. Llevaba el pelo largo. En los caminos algunas hordas de soldados lo violaron varias veces y aquella violencia lo llenó de rabia. Despertó al mundo con un apetito insaciable. Tenía los ojos de un azul maligno y se reía a carcajadas cuando todo el mundo estaba serio.

A los 19 años, Arthur Rimbaud sentó la cabeza antes de emplearse como traficante de armas en Harar (Etiopía) y se lanzó a escribir los poemas del único libro que publicó en vida, Una temporada en el infierno. Aún casi niño se sacó de dentro unos versos ardientes que tenían tanta alucinación que si fascinan es por lo feroz que tienen, por lo perdido. Vadeaba la ley y las normas en su andar y en su obra. Comenzó los poemas al final de su expedición con Verlaine. Probablemente ya los dos muy destrozados. Algunos textos vienen de Londres. Otros los compuso en los días de reposo en Charleville a donde regresó herido después del disparo en la muñeca que Verlaine le asestó en un cuarto de pensión, borracho y desquiciado por el despecho del abandono.

El libro quedó armado entre abril y agosto de 1873. El proceso de escritura dicen que fue hipnótico. Como si Rimbaud desalojara de una vez la poesía que le quedaba. Había que romper con el pasado. Una extraordinaria paradoja para un muchacho que no alcanzaba aún los 20 años. El descenso al infierno del título recupera la simbología de la introspección para los alquimistas. Un itinerario que es el que cumplió con su propia existencia, huroneando por lo más oscuro de su mente, de sus emociones, de sus terrores, rozando el cortocircuito mental, tentando la desintegración de la cordura.

En aquellos meses fue voluntariamente inquilino de una soledad devastadora. Pero tenía un último compromiso que cumplir: dejar ordenados los poemas que firmaría un poeta impulsado por la idea de alcanzar ese nirvana de no tener paradero, desaparecer, fugarse de un solo golpe, borrar sus huellas, cualquier surco vital, cualquier ruido de arteria. Era la única alternativa potable para aquel que había probado el fondo de la depravación: huir de casa a los 16, fumar, beber, follar con hombres 20 años mayores, robar, malvivir, probar el sueño en los parques, el frío en el túetano, las palizas y el mal. Aquello de lo que también habla en las Iluminaciones, los otros poemas que ya difunto el poeta publicó como un último gesto de complicidad del viejo Verlaine. Los dos fueron la mitad de un alma, pero no sabemos ya de quién.

Su madre le facilitó el primer pago de la edición de los poemas. Casi exhausto después de una inmersión frenética en sus demonios, envió el manuscrito a un impresor de Bruselas, M. J. Poot. Corrigió pruebas y sólo viajó para recoger seis ejemplares, que envió a algunos amigos: Verlaine, Richepin, Delahaye, Millot, Forain y algún otro. Era un adiós. El Adieu con el que cierra Una temporada en el infierno.

El ciclo sideral de su escritura estaba hecho: “Tuve razón en todos mis desdenes: ¡la prueba es que me evado!”. En el almacén de la imprenta quedó, sin pagar y empaquetada, el resto de la edición de 500. El abogado Leon Lousseau los halló en 1901. Nadie recordaba demasiado al poeta de Charleville, tan sólo alguna leyenda escasa lo adornaba. Había muerto en el hospital de Marsella, de cáncer de huesos y sin una pierna, el 10 de noviembre de 1891. Delirando, una vez más, untado en morfina. Los últimos años los pasó Rimbaud en África.

En Rimbaud hemos aprendido que la poesía tiene que llevarnos a algún sitio. Esto lo dijo André Breton, muchos años después de la muerte del poeta y de su resurrección para la literatura. Algo hubo en él de víctima de su propia grandeza.Alcanzó un lenguaje que nadie a su alrededor poseía. Una capacidad de aventura y una convicción de que había que pegarle fuego al idioma y hacer con su ceniza un algo más grande. No tiene la profundidad de Baudelaire, pero sí tiene un entusiasmo salvaje de niño imposible. “Acabé por encontrar sagrado el desorden de mi espíritu”. Su revolución moral tuvo sentido en el siglo XX. Ahí fue cuando lo leímos. Y ya nada fue igual.

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