‘Fauvismo’

Uno sale de ver los cuadros de los ‘fauves’ con la sensación de habitar un mundo que podría ser más brillante, más colorido y vital

Siluetas de personas se reflejan en los espejos de un edificio.
Siluetas de personas se reflejan en los espejos de un edificio. ÁLVARO BARRIENTOS AP PHOTO

 

En la Fundación Mapfre de Madrid cuelgan desde hace una semana un centenar y medio de obras de los principales pintores del movimiento fauve, ese que hizo del color el armazón y el alma de sus creaciones. Hasta entonces las líneas y los volúmenes articulaban la obra pictórica, fuera cual fuera el estilo al que se adscribiera, pero el fauvismo (fierismo en español, si bien la palabra tiene un sentido simbólico: el que alude a la fiereza con la que los fauvistas irrumpieron en el arte parisiense de los primeros años del siglo XX) rompió con la tradición haciendo del color el centro y el motivo principal de sus cuadros y dibujos. Fue un movimiento muy efímero (apenas duró dos años) pero revolucionó la pintura y el arte europeos provocando unas consecuencias que se extienden hasta hoy.

Pensaba uno mirando la exposición de Los fauves. La pasión por el color hasta qué punto estamos equivocados al considerar que el mundo es un gran paisaje compuesto de colores y de formas perfectamente diferenciables y disociables. Viendo los cuadros de los fauvistas (Matisse, Derain, Camoin, Manguin, De Vlamink, Puy), uno percibe que el color se basta y sobra para dar forma a la realidad, que no necesita de más apoyos para representar el mundo y sus mil imágenes. En eso no se diferencia mucho de la música, que no necesita de concreciones para trasladar a la imaginación de quienes la escuchamos paisajes y emociones, lugares y fantasías.

El resultado es que uno sale de ver los cuadros de los fauves con la sensación de habitar un mundo que podría ser más brillante, más colorido y vital a poco que nos lo propusiéramos. Pero para ello necesitamos del concurso de los demás, de todas esas personas que nos rodean en nuestra vida diaria, tanto en la esfera privada como en la pública, y de las que también depende que nuestra mirada no tenga que tropezar con tantos colores fríos, asépticos, desmoralizadores. España, por ejemplo, desde hace ya algún tiempo es un país parduzco, sin apenas colorido ni viveza, tras varios años sumido en una crisis económica que ha devenido en política y cultural. Cualquier comparación con otras épocas que uno conoció y vivió mueve a la decepción y al lamento, dos actitudes que uno advierte en demasiados españoles de unos años para acá. Sé que es difícil imaginarlo siquiera mirando a los personajes que rigen nuestros destinos (y que los seguirán rigiendo), pero lo que este país necesita tanto como reducir el déficit o cumplir con los objetivos de Europa es más color, más fiereza, más alegría y pasión. Aunque duren lo que duran las cosas nuevas, que dijo Braque del arte fauve, en el que militó.

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