Atroz

Mi consejo es que dejes de buscar el Aleph y empieces a buscar la rata

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Rata en las escaleras de una casa. KRISTER PARMSTRAND / GETTY

 

Tras la lectura de El Aleph,mucha gente busca en su casa un rincón misterioso como el que describe Borges. No lo hay. El misterio es que no hay misterio. O que abunda tanto que no somos capaces de verlo al modo en que los peces, como suele decirse, no conocen el agua. No hay misterio. Jamás un muerto volverá para revelarnos lo que vio al otro lado. En cuanto al sótano, no viven en él más fantasmas que los que proyecta tu imaginación. Puede, en cambio, que haya alguna rata. La rata es el misterio. ¿De quién nació, cómo llegó hasta allí, de qué se alimenta, a qué dedica el tiempo libre? Una rata no es un Aleph, por más literatura que le echemos. Pero es un mamífero. Se cuajó dentro de un útero, sus células se fueron espesando y especializando en esa gruta orgánica; allí le crecieron los pulmones, el corazón, el hígado, la piel, los dientes, todo aquello, en fin, que también nos constituye a usted y a mí. Salió al mundo a través de una vagina húmeda, mamó, fue destetada y tuvo que buscarse la vida fuera de la familia. Un día llegó a nuestro sótano tal vez en busca de un lugar adecuado para dar a luz. Los ruidos que escuchamos a media noche, pues, no los produce el fantasma del difunto papá, sino una rata a punto de parir.

El misterio es que no hay misterio; hay una rata. Quizá la rata tenga una camada de seis o siete bebés de los que se comerá dos, los más débiles, debido al aporte extraordinario de proteínas que necesita para dar de mamar. Tampoco hay misterio ahí. Nosotros mismos, en otras épocas, fuimos caníbales. Mi consejo es que dejes de buscar el Aleph y empieces a buscar la rata. Obsérvate en ella, en sus pupilas, y comprenderás que no es que no haya misterio, es que el misterio está en todo. Y es atroz.

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