Menos que cero

 david roas

Jacobo Díaz pasó de puntillas por la vida. Su existencia fue un breve excurso sin más eco que unos vagos recuerdos, a menudo contradictorios, y quizá por ello falsos, en los que le rodearon. Sus compañeros de colegio no guardan memoria suya: aunque las listas de clase revelan que un Jacobo estudió con ellos, ninguno puede identificarlo en las pocas fotos que se conservan de esa época. Sus padres tampoco ofrecen mucha información: si bien también poseen algunas fotos que atestiguan la presencia de Jacobo, su principal recuerdo tiene que ver con los sustos que se daban cuando veían aparecer por la puerta a un desconocido que se empeñaba en llamarlos papá y mamá. Pero se muestran incapaces de rememorar nada más, quizá también porque Jacobo tuvo tres hermanos y los recuerdos se mezclan (preguntados sus hermanos, no son de gran ayuda: siempre pensaron que Jacobo era el hijo de unos vecinos). Tampoco dejó huella en su paso por la Universidad, de donde salió convertido en ingeniero agrónomo, como atestigua el título que cuelga de una de las paredes de su casa. De su madurez poco o nada se sabe. La muerte lo sorprendió hace una semana, pero ninguno de sus vecinos se apercibió de ello hasta que el olor a descomposición inundó el edificio: todos pensaban que el piso de Jacobo estaba vacío desde hacía años. Lo encontraron frente a un espejo agarrando con ambas manos un cuadro. Según indica una plaquita clavada en el marco, la pintura se titula “Autorretrato”. Pero en ella Jacobo no aparece.

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David Roas
Ciempiés. Los microrelatos de Quimera. Ed. Montesinos. 2005

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