Metástasis

Quizás hay quienes devienen colaboracionistas por circunstancias complejas. O, incluso, después de ser torturados

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Un muro separa las ciudades de Nogales (México) y Nogales, Arizona (Estados Unidos). MIKE BLAKE / REUTERS

A lo mejor es que era demasiado chica cuando leí la escena de la jaula y la rata y la habitación 101 en la novela 1984, de George Orwell. O a lo mejor es que crecí en un país, Argentina, donde la palabra “tortura” no deja nada librado a la imaginación. Como sea, la tortura de un ser humano es, para mí, el horror supremo. No miro películas como Saw (James Wan, 2004) porque me aterran y porque imagino a los psicópatas del mundo tomando notas ante cada escena: “Ah, qué buena idea: un pie en un yunque, otro en el otro, después hierro fundido… Lo voy a probar”. No puedo pensar en un terror más enloquecido ni en una soledad más pavorosa que la de un ser humano en esas circunstancias. Por eso no entiendo la palabra traición cerca de la palabra tortura: nadie puede pedirle lealtad —a un líder, a una patria— a quien le están arrancando los párpados. Sin embargo, hay torturados que soportan: en nombre de un líder, de una patria. Hay, en el extremo opuesto, otra clase de gente. Los colaboracionistas. La Wikipedia, fuente de toda razón y sabiduría, dice que el colaboracionismo “se refiere a la cooperación del Gobierno y de los ciudadanos de un país con las fuerzas de ocupación enemiga”. Quizás hay quienes devienen colaboracionistas por circunstancias complejas. O, incluso, después de ser torturados. No lo sé. Lo que sí sé es que a la constructora Cementos Chihuahua no hizo falta ni retorcerle un dedo para que su director general se ofreciera la semana pasada, motu proprio, a colaborar en la construcción del muro que Trump quiere levantar entre Estados Unidos y México. “No podemos ser selectivos. Tenemos que respetar a nuestros clientes en ambos lados”, dijo el hombre. Cementos Chihuahua es una empresa mexicana. Así es como empieza todo: con un pequeño temblor, con una metástasis imperceptible.

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