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El nombre Nina Simone despierta emociones en cualquiera que ha escuchado alguno de sus incontables éxitos. Nos remite a aquella mujer grandiosa de canto quebrado y música indómita que revolucionó el mundo del soul, el jazz y el folk, que luchó por los derechos civiles afroamericanos y contra el desorden mental que la acechó toda su vida. Su historia, como la de los grandes talentos del mundo, es parte de la historia social de la artes y de nuestra mitología moderna entera.

Nina Simone nació en febrero de 1933 en un poblado rural llamado Tyron, en Carolina del Norte. Sus padres fueron descendientes de esclavos y pilares de la pequeña comunidad negra del pueblo, y la bautizaron Eunice Kathleen Waymon. Las memorias más tempranas de Simone eran de su madre, predicadora metodista, cantando himnos, y tanto su casa como la iglesia estaban tan repletos de música que nadie notaba a la pequeña Eunice subiendo al banco del piano hasta que, a los 3 años, tocó “God Be with You Till We Meet Again” de principio a fin.

A partir de entonces sus padres le fomentaron el estudio de música y pronto estaba acompañando al coro de la iglesia los domingos. A los 5 años tuvo una maestra de piano, “my white momma”, le llamaba Eunice; la mujer blanca que empleaba a su madre para limpiar la casa. Ella le inculcó el amor por Bach y sus planes para convertirse en una famosa pianista clásica. A los 11 años, durante un recital en la biblioteca local, Eunice vio a sus padres siendo corridos de los asientos de enfrente para hacer lugar a una pareja blanca. No comenzó a tocar hasta que regresaran a sus padres a los asientos, lo cual sucedió después de algunas risas, y al día siguiente, recuerda, “mi carne regresó un poco más dura, un poco menos inocente y un poco más negra”.

Su comunidad pronto reunió dinero para que Eunice estudiara en la prestigiosa academia Curtis Institute of Music de Filadelfia. Su destino parecía tan asegurado que sus padres se mudaron a Filadelfia antes de que presentara en examen de admisión. El hecho de que haya sido rechazada, probablemente por motivos de raza y género, fue un golpe duro para la familia, pero también un punto de no regreso. En 1954, por necesidad económica, Eunice hizo una audición para cantar en el Midtown Bar & Grill, en Atlantic City. El dueño exigió que también cantara –en contra de la opinión de su madre–, y allí se convirtió en Nina Simone, la impetuosa y embrujante mujer que conocemos.

Su nombre rendía homenaje a la actriz francesa Simone Signoret. Nina como “la pequeña” y Simone por una de sus figuras de grandeza. Así empezó, a finales de los cincuentas, a cambiar el cauce de la música. Consiguió una disquera y grabó su primer disco, Little Girl Blue (1958), que incluía el éxito del mismo nombre que marcó el inicio de una carrera que duraría casi cincuenta años.

En 1961, viviendo en Nueva York y cantando en los mejores escenarios de la ciudad, Nina se casó con Andrew Stroud, detective de la policía de Harlem, quien terminó por dejar su trabajo y convertirse en su representante, pero quien, también, la golpeaba sistemáticamente. Durante este periodo sus discos y canciones eran profundamente políticas y contestatarias; hacían una fuerte denuncia en contra del racismo en Estados Unidos. Con el avance de la década, Nina comenzó a favorecer los turbantes y vestidos africanos brillantes; se volvió la “Alta Sacerdotisa del Soul”, y aunque el título no era más que una estrategia de mercadotecnia de la disquera, ella lo portaba con prestigio.

Nina dejó el país en 1971 y viajó a Liberia con su hija de dos años, Lisa, y se divorció de Stroud. Eventualmente se mudó a Francia, sola. Lo que restó de su vida, unos veinticinco años, es una historia de miseria. En el peor momento fue encontrada deambulando desnuda en el pasillo de hotel con un cuchillo en la mano; incendió su casa en Francia y una vez le disparó a un adolescente por hacer mucho ruido. Sus bajos fueron tan vertiginosos como sus altos.

Sus desvaríos mentales se hicieron públicos hasta después de su muerte, en 2003. Muchas biografías subsecuentes aprovecharon esto y sobredramatizaron la vida de la artista; incluso especularon sus depresiones y dieron diagnósticos dudosos como “bipolaridad”.

Lo que tenemos de Nina es inconmensurable y está hecho de esos desplantes gloriosos que enriquecieron la música para siempre: recordemos que le dio por golpear la palma derecha de su mano contra su muslo y el sonido de la carne, o el ruido juguetón que introdujo a las canciones de soul, o su poderosísima capacidad para enardecer baladas tristes y volverlas espirituales. Simone es todo esto y todo lo demás; lo que sentimos cuando la escuchamos y lo que hizo temblar hasta las pieles más gruesas durante su carrera en la música. Gracias, Simone.

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Imagen:  Simone at a concert in Morlaix, France, May 1982. Image by Roland Godefroy / Creative Commons