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Daisetsu Teitaro Suzuki ha sido uno de los más grandes divulgadores del pensamiento oriental en Occidente. Su vida comenzó como el cuarto hijo de un matrimonio de la casta samurái, que perdió sus privilegios a finales del siglo XIX; desde entonces persiguió una visión más filosófica de la vida estudiando en universidades japonesas, pero también en distintos monasterios. Su mano puede verse en las primeras traducciones al inglés de clásicos orientales como el Tao Te King y el budismo mahayana, y se estableció en Estados Unidos en 1897. Retomó sus estudios de zen en Kamakura en 1909, alcanzando el satori (la iluminación) bajo la tutela del gran maestro Soyen Shaku.

Sin embargo, durante la Segunda Guerra Mundial muchos de sus libros fueron destruidos y eran difíciles de conseguir en un continente en guerra total. Al finalizar el conflicto el presidente de la Sociedad Budista de Londres, Christmas Humphreys, viajó a Japón para trabajar con Suzuki en la traducción de sus nuevos manuscritos y la reedición de su libro Ensayos sobre budismo zen, donde artistas y pensadores como Alan Watts y John Cage encontraron un repositorio de sabiduría, cuyo impacto en la cultura occidental ha calado profundamente.

Escritos en un estilo sencillo y directo, los ensayos de Suzuki son una maravillosa introducción a la práctica del zen, que no es propiamente una religión sino un camino que cada practicante recorre a su propio paso —aunque la meta se confunda con el punto de partida. Su pensamiento es especialmente fructífero en el contexto moderno de Occidente pues cuestiona radicalmente nuestro estilo de vida consumista y materialista: “El zen, en esencia, es el arte de ver dentro de la naturaleza del propio ser, y marca el camino del cautiverio a la libertad”.

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Suzuki también coloca el énfasis en los peligros de quedarnos presos del intelecto a través de ideas egoístas y limitantes, además de revalorizar la adolescencia como un periodo de construcción de cimientos fuertes:Estamos demasiado centrados en el ego. El caparazón del ego donde vivimos es lo más difícil de superar… Sin embargo, tenemos muchas oportunidades de salir de este caparazón, y la primera y más grande de ellas es cuando alcanzamos la adolescencia.

Las tristes y violentas experiencias que la juventud vive en nuestros días (a través de tiroteos en escuelas y exigencias irracionales a temprana edad) provienen de la necesidad de definirse socialmente: elegir una profesión, un estilo de vida, una forma de insertarse en el mundo laboral-adulto, dejando de lado el desarrollo de la personalidad y la vida espiritual. No obstante, a través de esta lucha interna el carácter puede fortalecerse —de hecho, según Suzuki, este sufrimiento es indispensable para romper el cascarón egótico de las ideas preconcebidas sobre lo que debe ser un ser humano:

Mientras más sufres más profundidad adquiere tu carácter, y con la profundización de tu carácter lees de manera más penetrante los secretos de la vida. Todos los grandes artistas, todos los grandes líderes religiosos, todos los grandes reformadores sociales han surgido de las más intensas luchas, las cuales pelearon con valor, a menudo en llanto y con el corazón sangrante.

¿Es esta una reivindicación del sufrimiento a la manera del sacrificio cristiano, ofrendado en el presente para un bien futuro? No necesariamente: El sufrimiento simplemente nos muestra que las dificultades de la vida —a las que todos somos propensos— no se solucionan por la vía intelectual (cuyo papel Suzuki llega a equiparar a una labor destructiva, en el sentido de que “analizar” algo implica desanudarlo, a menudo volviéndolo más complicado y no más sencillo), “…pues el intelecto tiene una cualidad peculiarmente inquietante: a pesar de que plantea preguntas suficientes para alterar la serenidad de la mente, muy frecuentemente es incapaz de darles respuesta satisfactoria”.

No se trata de negar la potencia del pensamiento para plantear preguntas, sino de negarle a los pensamientos obsesivos la posibilidad de bloquear nuestro flujo vital y nuestra relación directa con ella:

El zen propone una solución al apelar directamente a los hechos de la experiencia personal y no al conocimiento adquirido a través de libros. (…) El zen debe ser experimentado directa y personalmente por cada uno de nosotros en su espíritu interior. Tal como dos espejos inmaculados se reflejan mutuamente, los hechos y nuestro propio espíritu deben encararse uno al otro sin agentes intermedios. Cuando hacemos esto, somos capaces de captar lo que vive y pulsa en el hecho mismo. La libertad, hasta entonces, es una palabra vacía.

Llenar de sentido la palabra libertad es, paradójicamente, vaciar todo lo que se entromete entre la experiencia directa del mundo y nuestra propia naturaleza. Acumular conocimientos, producir y desarrollar conceptos, puede ser parte de una rica vida intelectual solamente en la medida en que nuestro espíritu se libere de las creencias limitantes y nos adentremos en nuestra propia naturaleza profunda.

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