La llegada

Antes, ante algo grave o urgente, se pedía un teléfono, o escribías una carta. Ahora se suele transmitir al instante algo sin importancia y que podría esperar perfectamente

Kellyanne Conway.

Lo de la asesora de Trump espatarrada en el despacho oval ya le pasa a cualquiera: estás en un sitio, pero no estás porque estás ocupado contando que estás ahí. No estás a lo que estás. No hay mejor momento para colarte lo que sea. Hasta hace poco era impensable pensar que eso pudiera llegar a ser colectivo. Y no hay mejores momentos que los actuales para colar a la gente lo que sea. Estás absorto, te hablan y dices: “Sí, sí, claro”, pero sin enterarte de nada. Esta mujer, evidentemente, se olvidó de dónde estaba y de lo que hacía. Como los que se caen en fuentes o se chocan con farolas por mirar el móvil.

Quizá estaba tuiteando. No sé si alguien se ha molestado en verificarlo, por coincidencia temporal. Supongo que sí. Hay cantidad de gente que, además de molestarse por todo, se molesta en hacer cosas absurdas. Pero seguro que lo que tuiteara esta mujer no tendría el menor interés. Antes, ante algo grave o urgente, se pedía un teléfono, o escribías una carta. Ahora se suele transmitir al instante algo sin importancia y que podría esperar perfectamente.

Si llegaran los marcianos se encontrarían una multitud como haciendo el saludo fascista, pero con un móvil en la mano. Todos les harían fotos, para empezar a hablar. Luego se las harían con ellos. Ellos pensarían que se hallan ante una raza que ha externalizado su sistema óptico en un aparatito. Les preguntarían desde la base que qué tal: “No sé, son gente que hace fotos y se las pasan entre ellos. Es imposible la comunicación. Nos volvemos”.

IÑIGO DOMÍNGUEZ

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