Mexicanos sinvergüenzas

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La nueva megavergüenza nacional se llama Mauricio Ortega. Un ladrón de cuatro suelas que decidió robar no uno, si no dos jerseys de Tom Brady, además de un casco y unos tacos de Von Miller. Todos hurtados en ediciones del Super Bowl a las que asistió utilizando una acreditación de prensa. La PGR encontró las cuatro prendas en la casa del exdirector de La Prensa en la investigación conjunta con el FBI. En los cajones guardaba los objetos valuados en, al menos, medio millón de dólares, a la espera de que algún coleccionista privado pagara esas estratosféricas cantidades. Lo más grave es que el estadunidense promedio, ése que ama el Super Bowl, verá confirmada la idea de que los mexicanos son #BadHombres, tal y como nos ha querido retratar Donald Trump a lo largo de estos terribles meses.

Lejos está de ser la norma, pero lo cierto es que hay muchos mexicanos sinvergüenzas que nos han hecho quedar fatal, no sólo ante EU, sino ante el mundo. En el Mundial de Francia, en 1998, Rodrigo Rafael Ortega, en estado de ebriedad, orinó y apagó la Llama Eterna, monumento en honor a los franceses caídos durante la Primera Guerra Mundial. Resulta que llevaba encendida 75 años. Ortega pasó varios días en prisión, tuvo que pagar una multa y fue obligado a ofrecer una disculpa pública. Era lo menos. Qué pena con los franceses.

En la justa mundialista que siguió, Corea-Japón 2002, otro mexicano, también alcoholizado, pensó que sería muy divertido jalar la palanca de emergencia del Tren Bala que, sabemos, viaja a más de 250 kilómetros por hora. Y lo hizo. El mexicano ocurrente detuvo, así nada más. Otra anécdota para la historia de las vergüenzas mexicanas. Qué pena con los japoneses.

En Sudáfrica 2010, un connacional intentó ponerle jorongo y sombrero de charro a una estatua de Nelson Mandela. El acto fue considerado una ofensa internacional, así que al mexicano lo arrestaron. Para volver a estar libre tuvo que pagar una multa. Qué pena con los sudafricanos.

En 2014, durante el Mundial en Brasil, a dos exfuncionarios de la delegación Benito Juárez se les hizo fácil acosar a una mujer (con eso de que a los machos se les dificulta diferenciar entre halago y acoso), también borrachos, pasaron del “halago” al contacto físico, y como su esposo no les había dado permiso y se los recordó, decidieron caerle a golpes. Los protagonistas, Sergio Eguren y Rafael Medina, fueron acusados, junto con otros dos acompañantes, de agresión física grave y acoso sexual. Regresaron a México con cara larga y casi más indignados que la víctima. Actitud machista que busca un poco de condescendencia. En el mismo Mundial, un video fue mostrado como evidencia para probar un robo de cervezas por parte de un grupo de mexicanos. Ya ven que el alcohol es la única vía que tienen algunos para “envalentonarse”. Otra vez, qué pena con los brasileños.

Y si nos preguntamos por qué a estos personajes se les hizo tan fácil dar este tipo de notas ante el mundo, bueno, basta recordar a Roberto Madrazo corriendo el Maratón de Berlín en 2007: una vez que corrió un tramo, tomó un atajo para llegar antes y, así, presumir que había mejorado su tiempo. Alguien lo grabó y quedó para el registro. Con ese acto tan “inofensivo” nosotros dimos gracias al Universo porque jamás fue presidente del país. Y, así, hay tantísimos ejemplos de mexicanos que, ejerciendo un cargo en la función pública, nos dicen que se vale cualquier acto que vea por el interés personal, total, no pasa nada. Si dicen que “roban poquito”, hasta se lanzan por una gubernatura. Bueno, un exgobernador veracruzano llegó a ser cónsul en Barcelona, a pesar de una muy sonada anécdota de su intento por robar ¡un cenicero! del Banco de España hace unos años. Salvador Camarena, quien nos recordó este episodio, se preguntaba: “Si eso quiso hacer con el cenicero del banco central de España, ¿qué habrá hecho con el tesoro público de su estado?”.

Y pues, eso… a la mayoría nos da vergüenza que connacionales crean que el “me los chingué” sea sinónimo de “soy chingón”, pero más tristeza nos da ver que, por encima de ellos, tenemos a funcionarios haciendo de éste un estilo de vida. Total, en México nunca les pasa nada. Por cada que alguien toma un jersey valuado en miles de dólares, hay un funcionario que tomó varios millones del erario y hoy disfruta de total impunidad. Qué pena con el mundo. Sobre todo, qué vergüenza con nosotros mismos.

YURIRIA SIERRA

http://www.excelsior.com.mx/opinion

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