Molinos o gigantes

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Molinos o gigantes

Cuando uno va cumpliendo años –no lo digo por mí– se va dando cuenta de que las decepciones se juntan con la edad. Lo primero es explotar la burbuja familiar, y ver que los adultos no siempre son perfectos. Después las amistades y los grupos, donde todo vira hacia un mismo sentido y los adolescentes parecen un banco de peces. Por último la burbuja sentimental, la que se pincha más fácil y más hondo recuerdo deja. Aquí es donde se confunden molinos y gigantes.

 

Enfrentarse a la mitología personal es un mal trago necesario. Hay recuerdos que se cubren de tanto polvo que pierden la superficie. Si ya han cogido carrerilla, ni los hechos más oscuros ensombrecen la memoria, que solo es selectiva para bien. En el Quijote, donde todo está escrito, el caballero carga contra gigantes a sabiendas de que son molinos. Al contacto con la realidad, la hostia de la incertidumbre es inevitable. ¿Quién no se lanza al molino con la misma ilusión y conocimiento, a pesar de muchos Sanchos que le advierten de que allí no hay más que nada?

 

La revisión, como volver a lugares que uno solamente visitó siendo niño, coloca cada elemento en su justa medida. Pero hay cosas que escapan. La vida se sostiene con pequeños momentos estelares, que dan sentido al tedio que sucede mientras tanto. Tras la niebla, la inocencia se disipa: salir con el casco abollado y una costilla rota, pero con ganas de más. Yo, igual que don Quijote, necesito un ideal que justifique mi vida caballeresca, es decir, mi vida absurda. Sin esa aspiración soy un ser inapetente.

 

Por eso pienso seguir cargando contra molinos. La tensión entre lo que quiero y lo que me conviene ya está más que superada. A la mierda con todo. En el Quijote, como en la vida, el más loco resulta cuerdo y el más cuerdo resulta loco.

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