Apagón juvenil

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La ansiedad no tiene manías. Acribilla a sus víctimas sin respetar siquiera la mayoría de edad y se extiende entre los jóvenes igual que un nubarrón negro que termina por desencadenar la tormenta perfecta. A edades demasiado tempranas llega a su mesilla de noche la fluoxetina, que los psiquiatras recetan a los muchachos para que puedan seguir levantándose de la cama y librarse del sentimiento de irrealidad que les invade, como si su vida no fuera con ellos. Pero ¿y después de la medicación, qué? Extraños ante la percepción de sí mismos, ven delante suyo un infinito camino de piedras que les inhibe, en un tiempo en que debería estarles permitida la fantasía –e incluso el error­­– al buscar su lugar en el mundo. La idea del fracaso les persigue en forma de látigo. Hoy el concepto de autoridad en la educación occidental se ha rebajado, aunque el debate continúa vigente sin escapar de los binomios permisividad-rigidez, educación en valores-educación en resultados, como si no pudiera hallarse un punto medio.
En el Reino Unido, un 25% de los jóvenes entre los 16 y los 24, la edad de tontear, además de aprender, padece una enfermedad mental. Las actuales presiones, el bullying, el peso de su imagen –en una edad en que los complejos se agrandan–, así como la incertidumbre acerca del futuro que les espera, son algunas de la causas del aumento de cuadros de depresión y ataques de pánico. No hay ligereza en su modo de sentir la juventud, sino carga. Los trabajos precarios y mal pagados impactan en su bienestar, tanto psicológico como social.
En España, el desempleo juvenil representa un drama soterrado: la tasa de desempleo entre los que aún no han cumplido los 25 es del 42,9%. Y aunque el paro haya caído más de medio millón, el perfil del parado español no deja lugar para el optimismo: mujeres, menores de 25 años, sin formación especializada y que llevan ya un tiempo sin trabajar. A menudo nos quejamos de la puerilidad de nuestro mundo, tan deformado por el peterpanismo, esa eterna adolescencia que imprime laxitud al presente. Pero ¿verdaderamente les ofrecemos las herramientas necesarias? O, mejor dicho, ¿no les endilgamos un puñado de asideros erróneos? Por un lado, se quiebra la cultura del esfuerzo: Educación planea permitir a los alumnos obtener el título de graduado de la ESO con dos asignaturas pendientes (siempre que no sean lengua castellana o matemáticas). Y, por otro, se elimina la literatura del bachillerato –después de haberse cargado la filosofía–, un despropósito el de desheredar más aún a las gene­raciones futuras, arrebatándoles uno de sus poderes reales: los libros son refugio y vuelo, nutrientes que contribuyen a forjar el carácter y a alimentar el entusiasmo que, según Emerson, es “la madre del esfuerzo, sin él jamás se consiguió nada grande”. En su lugar, aumenta la venta de ansiolíticos.
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