La guerra de los mundos

El siglo XX vino por el Atlántico y el siglo XXI se está yendo por el Pacífico

El presidente Donald Trump con el presidente chino, Xi Jinping en Mar-a-LPalm Beach, Florida (Estados Unidos)
El presidente Donald Trump con el presidente chino, Xi Jinping en Mar-a-LPalm Beach, Florida (Estados Unidos) CARLOS BARRIA / REUTERS

 

El lenguaje corporal es el más revelador en la comunicación humana. Antes del ataque a Siria, tras los ojos entornados del presidente estadounidense, Donald Trump, y los genéticamente rasgados del líder chino, Xi Jinping, se libra la batalla más importante del momento. El enfrentamiento ya no es ideológico. Ya no es racial. Ya no son las armas. Ahora consiste en el dominio tecnológico y en las reglas del juego que se impongan. La reciente reunión de ambos líderes en Mar-a-Lago, la lujosa propiedad de Trump en Florida con sus campos de golf y con los enormes gastos que implica trasladar la Casa Blanca hasta Palm Beach, no ha disfrazado ni ocultado la verdad del diálogo profundo entre los dos mandatarios, que abarcó desde el déficit comercial y la futura relación entre Washington y Pekín hasta el programa nuclear norcoreano.
No hace falta ser un genio para comprender que Trump, experto en el arte de la componenda, quiere hacer con China lo mismo que hizo con los bancos que cometieron el error de prestarle dinero: devolver lo menos posible. Pekín es el mayor acreedor de la deuda pública de Estados Unidos. Por lo tanto, si el imperio del Norte quiebra, el gigante asiático también.
En ese contexto, Trump, que es un hombre antiguo que tiene instinto pero no conocimiento, no ha comprendido todavía que el poder moderno no solo se basa en la fuerza y en el dinero, sino que se sustenta en el control del software. China ya dio su gran salto hacia adelante, ya no es un país de esclavos, ha dejado de ser un país de manufacturas para convertirse en un país de inteligencia. Y ha usado el dinero que ganó para comprar Occidente por las buenas, creándole unas grandes necesidades de consumo, y por las malas, imitando su enorme capacidad de corrupción para ayudarle a corromperse más y mejor.
Deng Xiaoping escapó de la gran matanza de la Revolución Cultural cuando desarrolló un plan maestro para hacer de la República Popular china la primera potencia que sacudiese al mundo. Tuvo el cuidado de estudiar las mejores prácticas de Occidente y, además, le tocó presenciar cómo se prostituía y la manera en la que la lujuria y la codicia sin límite usaban a los auditores para robar a los incautos accionistas. Aprendió lo bueno y lo malo del capitalismo. China tiene una debilidad estructural, no es una democracia, pero se ha convertido en el principal talón de Aquiles del imperio del Norte.
El tercero en discordia, Vladímir Putin, consiguió a través del “hackeo” y la tecnología poner en apuros la maquinaria política estadounidense. En ese sentido, hay un gran defecto y una gran ventaja. Y es que el poderío tecnológico chino no está en manos de representantes del mundo libre porque está al servicio de Pekín.
Mientras que, en EE UU, los que de verdad hoy controlan el mundo moderno, como los Zuckerberg o los Gates, solo son responsables ante sí mismos, y el hecho de no haberse quitado las Nike y no haber tenido necesidad de aprender el oficio del poder, ha provocado que existan grandes fortunas sin un proyecto social ni político, dando origen a un mercado que se puede “hackear” y destruir no sólo imponiendo al presidente de Estados Unidos, sino controlando todo su software.
Seguramente en los siglos XVIII, XIX y XX la democracia era el mejor sistema y el más estable. Pero ahora en el siglo XXI, en el que la guerra de las galaxias empieza a parecerse a un cuento de los hermanos Grimm, el control del Estado mediante el poder tecnológico es la única garantía de la estabilidad del sistema. En este momento, Occidente tiene una desventaja frente a Oriente porque tanto China con su estructura, como Rusia con su ambición, dominan todos y cada uno de los centros del poder tecnológico, mientras que Estados Unidos sólo domina la competencia y puede ser anulado, prostituido y vencido desde las deficiencias del Estado.
La balanza comercial no es lo importante entre Xi Jinping y Donald Trump, lo importante es comprender y aceptar que el siglo XX vino por el Atlántico y el siglo XXI se está yendo por el Pacífico.

ANTONIO NAVALÓN

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