Cuando las mujeres no podían tocar el violonchelo para evitar el “impúdico” despatarre

Iñaki Berazaluce

Mujeres tocando viola da gamba, Francesco Francia (1500). Imagen: The Cipher.

 

El despatarre -más conocido por el término inglés ‘manspreading‘- está en boca de todos desde que el Metro de Madrid iniciara la semana pasada una campaña pidiendo a los usuarios (hombres, pero no sólo) que respeten el espacio ajeno evitando abrirse de piernas más de lo estrictamente necesario.

Pero el despatarre no es algo nuevo, sino inherente al ser humano, como ya pudimos ver en esta recopilación de cuadros clásicos en los que hombres (siempre hombres) hacen de su capa un sayo y de su huevera una pista de aterrizaje. Hasta el siglo XIX el violonchelo fue un instrumento vetado a las mujeres por culpa de la postura que debe adoptar el ejecutante: las piernas abiertas de par en par para dejar espacio a los 45 centímetros que tiene, de media, el instrumento en su parte más ancha. Womanspreading de libro, para escándalo de puritanos.

“El violonchelo es una evolución de la viola de gamba, un instrumento casi desaparecido pero muy popular en el barroco. Las pocas mujeres que tocaban la viola lo hacían con las piernas cerradas y el instrumento apoyado en las rodillas, porque aún no había incorporado la pica, la larga aguja sobre la que se apoya el violonchelo”, me cuenta Susanna Rozsa, violonchelista húngara afincada en Ibiza.

(En honor a la verdad, hay que apuntar que no sólo el chelo sino también todos los instrumentos de viento estaban prácticamente vetados para las mujeres, por aquello de que soplar una flauta traía a los hombres imágenes libidinosas incompatibles con el noble arte de la interpretación musical. Realmente, el único instrumento que las mujeres podían tocar antes del siglo XX era el piano y sus derivados -clave y clavecín- en tanto la postura y la ejecución eran consideradas “apropiadas” para la “gracia” femenina. E inmóvil, evitando cualquier tentación de tocar en público).

Aunque ya se sabe de alguna violonchelista femenina en orquestas del siglo XVIII, la postura que adoptaban era necesariamente distinta a la que conocemos hoy. Según el manual The Technics of Violoncello Playing’, escrito en 1898 por E.S.J. Van der Straeten,

“Hay dos alternativas para [que las mujeres] toquen el instrumento que son más elegantes y, por tanto, más frecuentes. La primera y la mejor es girar ambas piernas a la izquierda, doblando la rodilla derecha y situándola bajo la izquierda. El lado izquierdo de la parte trasera del instrumento debe recostarse sobre la rodilla izquierda, y el instrumento sobre la barbilla, en una postura inclinada. La segunda consiste en descansar la rodilla derecha en un cojín sujeto en la parte trasera del instrumento, mientras éste se apoya en la rodilla izquierda”.

Por si no se hacen una idea de la postura según la descripción pueden recurrir a una imagen más conocida: la amazona montada a horcajadas en su caballo o, más cerca aún en el tiempo, la donna italiana haciendo lo propio en la Vespa (de paquete, se entiende). Ya saben, las piernas cerradas, que entran íncubos.

No se sabe con certeza quién fue la primera violonchelista en romper con el rancio código de postura al violonchelo, pero se barajan varios nombres: la francesa Lisa Cristiani, que dejó impresionado al mismísimo Mendelssohn cuando actuaba en Leipzig con sólo 18 años, o casi un siglo después la portuguesa Guilhermina Suggia, legendaria violonchelista que vendió su violonchelo Stradivarius para financiar una beca que aún hoy promueve a los jóvenes intérpretes de este instrumento -ellas y ellos- en Portugal.

Guilhermina Suggia. Imagen: Wikicommons.

Susanna Rozsa, junto a Ramón Mayol. Imagen: Periódico de Ibiza.

http://blogs.publico.es/strambotic/2017/06/woman-spreading/

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