Ocho pueblos de la España profunda que aún no han salido de la Edad Media

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La madrugada del pasado domingo, el toro Mancheguito fue sometido a la cruel “tortura de fuego” en la localidad soriana de Medinaceli. Los cuernos del toro fueron embolados y prendidos durante 13 largos minutos y tras varias horas más de torturas diversas, Mancheguito fue conducido al matadero y condenado a muerte, por el “delito” de ser toro, tal y como documentó PACMA. La España profunda no se cansa de celebrar sus fiestas cumpliendo con tradiciones que, en pleno siglo XXI, destacan por su brutalidad y que parecen salidas de la Edad Media (e incluso algunas vienen de ella).

Son salvajes y crueles con los animales hasta límites insospechados. El ‘homo ibericus’ no parece igual de macho si no hace sufrir a un animal o si no lo mata haciendo de ello un lamentable espectáculo protagonizado y presenciado por una horda de personajes anacrónicos que disfrutan con el dolor animal. Podemos echarnos las manos a la cabeza con este viaje por la España que aún vive anclada en la época medieval:

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Batalla de ratas muertas

En El Puig, Valencia, la tradición medieval de matar ratas para evitar la expansión de la peste ha llegado hasta nuestros días convertida en una “tomatina con ratas”. Cada último domingo de enero, los jóvenes del pueblo participan en la batalla de ratas: tras apalear y congelar a los roedores para la celebración, se lanzan unos a otros los cadáveres de las ratas. Podrían ser libros pero no, se tiran ratas muertas.

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Toro de San Juan

Si eso de perseguir a un toro con lanzas para matarlo parece poco civilizado, la forma de acabar con la vida de los toros en Coria (Cáceres) en sus fiestas de San Juan no parece mucho mejor. Hasta hace unos años, se soltaba al animal en un recinto para que fuera la divertida diana del pueblo: se le disparaban ‘soplillos’, unos gruesos alfileres que podían contarse por decenas en la piel del toro. Al finalizar el encierro, se le mataba de un tiro. Ahora todo es mucho más respetuoso con el animal: no se le disparan ‘soplillos’, solo se le descerraja un tiro.

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El apedreamiento de Judas

“¿Quién te mató? ¡Aquel! ¡A pedradas con él!”. Así comienzan, cada Domingo de Resurrección, una de las fiestas más populares de la localidad madrileña de Robledo de Chavela: el Judas. Un monigote colgado de un poste es apedreado por los habitantes del pueblo. El problema está en que, junto a esta suerte de espantapájaros, hay varios cántaros con animales vivos en su interior. Al ser apedreados, los recipientes se rompen y el animal cae. Antiguamente se hacía con ardillas y gatos, que ahora han sido sustituidos por confeti y palomas, que también sufren el impacto.

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El Toro de la Vega

Rodeado de polémica, el Toro de la Vega sigue celebrándose en Tordesillas, Valladolid, cada mes de septiembre. No deja de resultar paradójico que esta fuera una tradición prohibida durante los últimos años del franquismo y que, décadas después y en plena democracia, España haya asistido a la muerte de Rompesuelas. ¿Será el último toro asesinado en Tordesillas?

Carrera de gansos

Para celebrar Santiago Apóstol, los habitantes de El Carpio de Tajo (Toledo) cuelgan un ganso muerto de una cuerda para que distintos jinetes vayan pasando intentando arrancarle de un tirón la cabeza al animal. Esta tradición nació en el siglo XVI y sus orígenes parecen estar en los Países Bajos. Antes, se hacía con gansos vivos. Aunque ahora el animal sea decapitado una vez muerto, no parece una forma digna de tratar a la pobre ave.

‘Disfrutá’ de marranos

En este caso, la dignidad de humanos y animales se pierde en el barro. Una pocilga gigante con cerdos engrasados y numerados es asaltada por equipos formados por cuatro habitantes de Ceutí (Murcia). El objetivo es encontrar el cerdo que tiene el mismo número que el equipo y luchar contra el peso, la fuerza y el aceite con el que es embadurnado el gorrino para sacarlo de ahí. Si lo logras, es tuyo. Todo muy civilizado, claro está.

‘Empaitada d’ànecs’

Se trata de la versión catalana y marítima de la ‘disfrutá’. Se celebra en Roses, Girona, cada 15 de agosto y consiste en echar cincuenta patos al mar para que los bañistas los capturen. Absurdo e innecesario. Una vez recogido, el pato puede servir para golpear a los animalistas que se manifiestan

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