El mar de los suspiros

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El barco se balanceaba acompasadamente, adelante, a los lados, adelante, atrás, como la cuna de un recién nacido. Mi estómago acompañaba el rítmico ir y venir haciéndose sentir a cada instante.
Con fuerza, tanta que mis uñas emblanquecían, me aferraba a la baranda de la proa; junto al Capitán de aquel fantasmal nao. A pesar de aparentarlo, no flotábamos a la deriva, no. El rumbo estaba perfilado desde antaño.
Éramos, el Capitán y yo, los únicos en todo el océano; llevábamos tanto tiempo juntos que las palabras eran innecesarias. Y, a pesar de todo, mi estómago no se acostumbraba.
—¿Cómo dijo que se llamaba éste sitio? —pregunté.
El capitán suspiró largamente antes de responder.
—¿Sigue con problemas memorísticos? Éste es el mar de los suspiros.
—Ah, si. Cierto —dije—. Pero ese no es su verdadero nombre, ¿cierto?
—¿Tengo que volver a repetir la historia? ¿Seguro que lo que vomitaste fue tu estómago y no tus recuerdos?
Lo miré de costado, pero no descubrí sonrisa alguna en su rostro.
—No lo sé —dije—. No lo recuerdo.
 
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Pintura de Mila Schöneberg

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