Un pinche chilango

La de México es la ciudad de la fe, la esperanza y la caridad…

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La Ciudad de México no es mi ciudad. Primero por razones académicas y luego estrictamente económicas, he vivido de arrimado a ella los más recientes 43 años y algunos meses más.

México, Distrito Federal  —no la marca CDMX—,  ha sido generoso conmigo. Me ha dado carrera, empleos, mujer, dos hijas, un yerno, una nieta y un nieto; amigos, compañeros y también malquerientes.

Maestra insustituible, me ha enseñado la vida. Con ella, el gozo y la tristeza; el amor y el desamor; el placer y el dolor; el éxito y el fracaso; lágrimas y risas, como en los cuentos de Yolanda Vargas Dulché.

He aprendido que la fe se llama Guadalupe, madre en el Tepeyac, y Judas Tadeo en pleno Paseo de la Reforma o en un vagón del Metro; que los milagros ocurren en cualquier esquina donde una imagen religiosa impide la formación de un basurero.

Sí, aquí también aprendí que hay quesadillas que no son necesariamente de queso y que las hay de un manjar llamado chicharrón prensado; que las canastas de los tacos se envuelven en hules azules o no son de canasta; que con los bolillos se hacen tortas cubanas que no se conocen en Cuba, que las hay de chilaquiles y también de tamal, llamadas guajolotas; que el atole es de sabores y que ningún taco, sobre todo si es de pastor, a nadie se le niega.

Que hay peseros que no cobran un peso; que micro no es diminuto, sino un armatoste para transportarse. Más de la mitad de sus taxistas, de sus taqueros y de los que practican otros oficios nos chingamos una rodilla, patrón, lo que nos impidió culminar una brillantísima carrera futbolística, que qué Hugo, Chicharito, bueno ni siquiera Cristiano Ronaldo o Messi… que ese mismo taxista puede ser el mejor médico que jamás te vaya a atender.

La habitamos seres extraños, quizás locos. Quizás es una herencia o quizás homenaje inconsciente a sus fundadores, un chingo de indios (verdes, algunos de ellos) que eran bien chingones, según el idioma original, quienes hace ya un chingo de años decidieron buscar y perseguir a un águila,  pero no cualquier águila, sino  una que devoraba una serpiente y que lo hiciera, requisito indispensable, sobre un nopal para fundar su ciudad. Y la encontraron. Por eso hubo que construir rascacielos sobre un lago y así se hizo.

Una ciudad que tiene un desierto que no es desierto ni tiene leones y que tiene un parque de los venados donde no hay venados, y un niño perdido que nunca ha sido encontrado. Y cuyos máximos superhéroes tienen cuatro patas y ladran.

Aquí he sobrevivido a dos terremotos, muchos temblores y a la contaminación; a las inundaciones, ahora llamados “encharcamientos”; a la falta de agua; a las banquetas ocupadas por comerciantes, a los truenos de todas las madrugadas de los cohetes para celebrar a toda capilla que se respete; al agobiante tránsito y al pésimo transporte público; a la corrupción y a los malos gobiernos del PRI, del PRD y su desprendimiento Morena, del PAN y de todos los demás; a la gandallez y a la delincuencia.

Además, aquí juegan los Pumas.

Aquí puede ocurrir todo lo que no puede ocurrir ni ocurre en ninguna otra parte del mundo. Lea, una historia de tantas: La tarde del martes 19 de septiembre, el escribidor se quedó atrapado en su auto sobre la Calzada de Tlalpan. Por el espejo retrovisor vio venir a una runfla de motociclistas, enchamarrados de negro,  quizá con cara de piratas modernos bajo el casco, a la hora que las redes sociales decían que ésos u otros iguales se dedicaban a asaltar sobre esa calzada y en Santa Fe, aprovechando el congestionamiento provocado por el terremoto.

Precavido, como los demás automovilistas, me hice como pude (ya estamos entrenados) a un lado: pasaron más motociclistas y atrás de ellos un convoy del Ejército, con militares armados, los mismos que otros días combaten al crimen organizado o desfilan para celebrar la Independencia, y junto con ellos, en los mismos vehículos, chavos armados con picos, palas o sólo sus manos,  rumbo a rescatar a gente que ni conocían ni conocerán. Que el hecho puede tener infinitas explicaciones, justificaciones e interpretaciones, sin duda, y la suya es la que valdrá para usted, pero es imposible que ocurra en la mayoría de los países latinoamericanos, y acá, sí.

La de México es la ciudad de la fe, la esperanza y la caridad…  porque también hay taxistas que saben de las virtudes teologales.  Es la ciudad de la solidaridad plena, etérea y eterna, instantánea y también momentánea. No es mi ciudad, apenas soy su entenado, pero hoy más que nunca es mi orgullo creer que soy “un pinche chilango”.

GERARDO GALARZA

http://www.excelsior.com.mx/opinion/

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