El vacío

El elemento emocional prima sobre cualquier otro y se ha convertido en instrumento político

Carles Puigdemont y Oriol Junqueras en la manifestación del 21 de octubre en Barcelona.
Carles Puigdemont y Oriol Junqueras en la manifestación del 21 de octubre en Barcelona. PAU BARRENA / AFP

 

El horror al vacío forma parte esencial de la naturaleza humana. La organización social, política, económica e incluso la mística o la religión se basan desde tiempos inmemoriales en protegerse de la nada, en el fondo en conjurar el miedo a la muerte. Sin embargo, ahora el mundo vive en un vacío que, en mi opinión, no tiene precedentes.

El signo de los tiempos es que ese nuevo vacío se llena ahora con emociones. El elemento emocional prima sobre todos los otros y se ha convertido en un instrumento político de primer orden, en la posibilidad de una reacción en tiempo real al alcance de cualquiera, gracias a la revolución de las comunicaciones y al nuevo imperio de las tecnologías, lo que explica fenómenos como la llegada de Donald Trump a la Casa Blanca.

Antes, la garantía, el ordenamiento, los límites y los referentes se basaban en el hecho de que la organización social se imponía primero mediante la moral, después se recurría a la reflexión, y finalmente se forzaban, ya fuera por la violencia o no, una serie de soluciones para dar un eje de continuidad a la organización de los pueblos.

Hoy, sin embargo, ese tremendo y permanente choque de lo emocional con lo legal cuestiona la propia vigencia de las leyes y produce situaciones tan sorprendentes como presenciar que Washington, principal garante del orden mundial, haya entrado en un proceso suicida basado en impulsos viscerales, perdiendo además el sentido de la responsabilidad y del liderazgo sobre el resto de los países.

Hay muchos ejemplos en el mundo que prueban el vacío que estamos viviendo, pero hay tres casos paradigmáticos que vale la pena destacar. Por una parte, Venezuela, cuyas elecciones regionales del pasado 15 de octubre se caracterizaron por las agresiones, los disturbios, las manifestaciones y la ilegitimidad. Aunque al final, el que resiste gana, y, después de un proceso cuestionado por la ausencia de garantías legales, tanto en los comicios para la Asamblea Constituyente como en estos últimos, el chavismo, aislado en el gueto de su propia cámara de resonancia, de su eco con ausencia de partitura, puede decir que ha ganado. En este momento, no hay elección más legítima que la que logra llenar más calles y gritar más fuerte en las redes sociales.

Otro caso es el de Trump, que ha decidido gobernar al margen de la mayoría de su partido en el Senado y en la Cámara de Representantes. Quién sabe si para llenar su propio vacío interior, una y otra vez se dedica a crear el vacío institucional, utilizando Twitter y enfrentando a unos contra otros o enfrentándose él mismo con el resto del mundo para demostrar que el entramado legal y las instituciones ya no son lo que marca el pálpito del gobierno de los pueblos.

Y finalmente, Cataluña y España que, a pesar de contar con una Constitución y una sentencia del Tribunal Constitucional absolutamente claras —ya que delimitan claramente lo que se puede y no se puede hacer— no han podido evitar que la provocación permanente y el imperio de las emociones obliguen al Gobierno español a luchar contra las dudas que provoca ese gran vacío institucional ante el clamor de las calles y de las redes sociales frente a la claridad de las leyes.

El mundo vive en el vacío y su destino está en manos de las emociones. En la inmediatez del momento, nos encontramos con que no hay dónde mirar y todo es un tumulto en el que resulta difícil separar las voces de los ecos.

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