En el medio

Hay que tener mucha fortaleza interior para ser un equidistante

Una mujer colgando una bandera catalana. rn
Una mujer colgando una bandera catalana. PAU BARRENA AFP PHOTO

 

Los postulados de Euclides, padre de la geometría, se siguen estudiando en las universidades después de 2.300 años de historia, y sus elementos de rectas, segmentos y equidistancias son aplicados hoy por ingenieros y arquitectos de forma inalterable a su trabajo. Según Euclides, la equidistancia es una relación fija en la mitad justa entre dos puntos extremos de un segmento. Este postulado que en geometría es la consecuencia de una creación elegante y sutil de la mente, en cambio en la política y en muchos comportamientos sociales es un término sumamente denostado porque se considera una representación tibia, débil y cobarde entre los dos extremos del segmento de ideas. Este desprecio viene de lejos. Ya en el Apocalipsis dice Yahvé: “Y así, puesto que eres tibio, y no frío ni caliente, te vomitaré de mi boca”. Ser equidistante entre la izquierda y la derecha, el independentismo y la unidad de la patria, el capitalismo y el comunismo, la libertad de expresión y su control, es sinónimo de blandenguería, de falta de compromiso y decisión, pese a que en realidad es todo lo contrario. Si la equidistancia geométrica en arquitectura permite que la clave del arco absorba y distribuya las fuerzas de modo que las casas y los puentes no se caigan, aplicada al humanismo consigue que toda nuestra sociedad se mantenga en un sutil pero firme equilibrio desde que dejamos atrás a nuestros abuelos primates. Hay que tener mucha fortaleza interior para ser un equidistante. Esta dura conquista del espíritu se ve hoy muy escarnecida, pero de la equidistancia deriva la moderación, el rechazo instintivo a cualquier verdad absoluta e incluso el sentido del humor. Deja que los servidores fanáticos de Yahvé, de uno y otro extremo, te insulten. La equidistancia te hará escéptico y amable; es el eje de acero esencial para que no te derrumbes por dentro.

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