Julio Martínez Mesanza, premio Nacional de Poesía

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También mueren caballos en combate,
y lo hacen lentamente, pues reciben
flechazos imprecisos. Se desangran
con un noble y callado sufrimiento.
De sus ojos inmóviles se adueña
una distante y superior mirada,
y sus oídos sufren la agonía
furiosa y desmedida de los hombres.

La nieve que sepulta las trincheras
en el centro de Europa y en el centro
de un siglo despiadado y reflexivo
es la que cae en mi alma y la deprime.
Me veo en la extensión desmesurada,
entre los que no miras, postergado,
en la exhausta y dispersa retaguardia
de una columna que no ve el combate.
Es mi exclusión de tu supervivencia,
el no hiriente que dice tu dulzura,
mientras atrae irremediablemente
mi voluntad, mi pequeñez, mi nada

Vagas estrellas que arden para nada;
muertas lunas que surcan el vacío;
el cielo que vigila nuestro insomnio,
y, aquí abajo, la sucia piel del mundo
y la vida, su huésped más terrible.
Lo incomprensible no es que lo crearas,
sino que, pese a conocer lo absurdo
que era para los hombres tu universo,
te hicieses uno de ellos y quisieras
participar en esta pesadilla.

Mi alma quiere tener las claras rectas
de los desconcertantes arsenales
y en su interior la música compleja
y los sonidos limpios del dieciocho:
la ansiosa melodía inacabable
que vuelve y cambia siempre y cambia y vuelve.
Mis ojos vieron para mi alma el Neva,
la plaza del comercio y conde duque,
y para mi alma oyeron mis oídos
total eclipse y una cosa rara,
para mi alma, la inhóspita y abstracta.

 

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