La guerra de las banderas

Vivimos una vuelta atrás, el fracaso de la integración y el triunfo del imperio del miedo

Banderas espanola, catalana y la estelada, en Gran Via de les Corts, en Barcelona.
Banderas espanola, catalana y la estelada, en Gran Via de les Corts, en Barcelona. © SAMUEL SANCHEZ

 

Los años siguientes a la II Guerra Mundial sirvieron no solo para reconstruir los antídotos democráticos contra la tentación totalitaria, sino para ampliar las fronteras con nuevos organismos internacionales. Fue un largo camino el que se tuvo que recorrer desde 1951, con la creación de la Comunidad Europea del Carbón y del Acero (CECA), hasta la triunfal, democrática y hoy tan cuestionada Unión Europea. Fueron muchos años de tratados comerciales y de sacar ventaja del poderío estadounidense para que se fuese creando un planeta cada vez más intercomunicado en el que la desaparición de los aranceles y la caída de las banderas proteccionistas permitieran soñar con el éxito del comercio internacional.

Pero ha pasado ya mucho tiempo de todo aquello y ahora vemos cómo hay policías que recorren las calles de España vigilando el uso que se le da a la bandera o a quienes muestran con exagerado orgullo la enseña del lugar donde nacieron. Parecen ejemplos banales, pero llevan implícito no solo el germen de la destrucción, sino que son también la prueba del paso atrás que estamos viviendo. Me explico.

Paradoja y humanidad son dos conceptos que están ligados. Pero ahora también están unidos al escalofriante desarrollo de las comunicaciones, a la uniformidad de la información, a la transmisión inmediata de los valores de aceptación o de rechazo, lo que ha desencadenado una particular guerra de banderas en la que conviene no perder la perspectiva.

 

Ahora el Brexit, la falta de seriedad en el proceso de independencia de Cataluña, el posible fin del Tratado de Libre Comercio de América del Norte y el levantamiento del muro de Donald Trump en la frontera de EE UU con México son otras señales de que —así como sucedió en el pasado— estamos otra vez en una guerra de banderas. Pero esos estandartes que representan el sentimiento de los pueblos, sean racionales o irracionales, también pueden y deben representar elementos que, por intereses comunes y por la madurez de la conquista de las libertades, sirvan para consolidar la paz y la colaboración entre las naciones.

Paradójicamente, esta peligrosa guerra de las banderas nos va colocando, sin darnos cuenta, en un mundo cada vez más pequeño, en dirección contraria a la lógica del mundo sin fronteras del siglo XXI. El Brexit, que se muestra casi imposible para los británicos y su compleja negociación para que entre en vigor, está destruyendo un Partido Conservador casi sin programa y a una primera ministra, Theresa May, incapaz de enfrentarse al auge de un Partido Laborista que hace tan sólo dos años tenía un papel testimonial.

En el caso del proceso independentista de Cataluña y la quiebra de España, siempre me ha molestado que el uso de la bandera española se identificase con una tendencia conservadora y, en algunos casos, hasta con la ultraderecha. Ante la irrupción de la estelada catalana en la conformación del nuevo mundo, muchas banderas españolas se han sacado del baúl de los recuerdos para quitarles la nostalgia y usarse como acto de afirmación nacional contra un movimiento separatista.

Y por último, como si no fuera suficiente, el presidente de Estados Unidos da un salto hacia el pasado, nada menos que hasta el final de la Primera Guerra Mundial, con la intención de cerrar fronteras, reiterar que América es lo primero y prometer que los estadounidenses pueden defender su sentimiento de identidad, ignorando el melting pot, fundamento de su sociedad, utilizando también las banderas como un elemento de separación y no de unificación.

La guerra de las banderas solo muestra una vuelta atrás, el fracaso de la integración y el triunfo del imperio del miedo por el que los pueblos se defienden, pero no se unen.

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