POEMAS DE WILLIAM CARLOS WILLIAMS

Foto: Lisa Larsen

Esto es nada más para decir

Me comí 
las ciruelas
que estaban
en la heladera

y que seguro
estabas
guardando
para el desayuno

perdoname
estaban riquísimas
tan dulces
y tan frías

Una canción de amor

¿Qué tengo para decirte

cuando nos encontremos?

Sin embargo—

estoy acá, pensando en vos.

La mancha del amor

se extiende sobre el mundo.

Amarilla, amarilla, amarilla,

devora entre las hojas,

unta de azafrán

las ramas enastadas que se inclinan

pesadamente

contra un cielo blando y violáceo.

No hay luz

—solo una mancha espesa como miel

gotea de hoja en hoja

y de rama en rama,

estropeando los colores

del mundo entero.

Estoy solo.

El peso del amor

me sostuvo

hasta que mi cabeza

dio contra el cielo.

¡Mirame!

Mi pelo chorrea néctar

—los tordos se lo llevan

sobre sus alas negras.

Mirá, mis brazos y

mis manos por fin están

sin hacer nada.

¿Cómo puedo decir

si voy a volver a amarte como ahora

alguna vez?

Paisaje con la caída de Ícaro

Según Brueghel

cuando Ícaro cayó

era primavera

un granjero araba

su tierra

y toda la pompa

del año

se despertaba

cosquilleando cerca

de la orilla del mar

ocupada

en sí misma

sudando bajo el sol

que derretía

la cera de las alas

insignificante

más allá de la costa

hubo

un chapoteo casi imperceptible

eso era

Ícaro, que se ahogaba.

Llegada

Y sin embargo uno llega de algún modo,

termina desabrochando los botones

de un vestido

en una habitación desconocida—

siente el otoño

gotear sus hojas de seda y lino

entre los tobillos de ella.

El cuerpo sórdidamente venoso emerge

retorcido sobre sí

¡como un viento invernal..!

Canción de verano

Luna vagabunda,

sonriéndole con

apenas ironía

a esta

mañana de verano

brillante, húmeda de rocío

—una sonrisa

distante, de indiferencia

somnolienta,

una sonrisa de vagabunda—,

si me comprara

una camisa

de tu color y 

me pusiera corbata

azul-cielo,

¿a dónde me llevarían?

Ventisca

Cae la nieve:

años de furia detrás de

horas que flotan perezosas

—la ventisca

arrastra su peso

más y más hondo ¿tres días

o sesenta años, eh? ¡Después,

el sol! una maraña de

copos azules y amarillos

—árboles que parecen hirsutos

sobresalen en los callejones largos

por encima de una soledad salvaje.

El hombre se da vuelta y allí

—su huella solitaria extendida

sobre el mundo.

Dolencia

Me llaman, y yo voy.

El camino está helado

pasada la medianoche, un polvo

de nieve preso

en las huellas rígidas de los autos.

La puerta se abre.

Sonrío, entro y

me sacudo el frío.

He aquí a una mujer enorme

en su lado de la cama.

Está enferma,

quizás vomita,

quizás está pariendo

a su décimo hijo. ¡Alegría! ¡Alegría!

La noche es un cuarto

oscurecido para los amantes,

¡a través de las persianas el sol

pasa una aguja de oro!

Le aparto el pelo de la cara

y miro su miseria

con compasión.

Destrucción total

Era un día helado.

Enterramos a la gata,

después agarramos la caja y

la prendimos fuego

en el patio de atrás.

Esas pulgas que se escaparon

de la tierra y del fuego

se murieron de frío.

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