Violador consentido

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Hay una foto de Bob y Harvey Weinstein, fechada en noviembre de 1999, con motivo del estreno de Dogma, que resume a la perfección el carácter, la moral y el estilo de los dos hermanos. Bob, con camisa oscura, está sentado al fondo, con una especie de cojín sobre el regazo; Harvey lleva tirantes sobre la camisa blanca y recuesta uno de sus brazos sobre el respaldo del sofá. La foto huele a amenaza, a extorsión, a sudor rancio, a chotuno. Ambos tienen cara de pocas bromas, de pocos amigos, de muy pocos amigos. No sabes dónde está mirando Bob y no quisieras saber dónde está mirando Harvey. Parecen exactamente un par de matones con sobrepeso, una pareja de gángsters celebrando una reunión clandestina. Apenas hiciera una cala en el libro donde aparece la foto (Sexo, mentiras y Hollywood, de Peter Biskind), el lector comprendería que su primera impresión se queda corta, muy corta.

Es auténticamente vergonzoso el espectáculo que está dando Hollywood con el linchamiento público al cerebro de Miramax, Harvey Weinstein. No porque las denuncias y acusaciones de abusos sexuales repetidos no sean ciertas sino porque todo Hollywood las conocía desde muchos años atrás, a veces de primera mano. El pasado 6 de octubre The New York Times publicó el repugnante censo de actrices y empleadas agredidas por el productor (entre ellas, Ashley Judd y Rose McGowan) y de inmediato muchos amigos y admiradores de Harvey Weinstein se sintieron horrorizados. El ex presidente Obama, que había recibido generosas donaciones de su parte para la causa demócrata, y el actor George Clooney, amigo suyo de toda la vida, dijeron sentirse asqueados de haberlo abrazado tantas veces y haberle reído las gracias. Obama nunca fue un gran actor y Clooney siempre ha sido un histrión pésimo. Sin embargo, era imposible que desconocieran la conducta de este depredador sexual, a menos que los dos fueran sordos y ciegos. En realidad, las denuncias se habían sucedido durante décadas, pero fueron acalladas a base de chantajes, leguleyos y montañas de dinero.

Días después de estallar el escándalo, se publicó un escalofriante audio con una conversación entre la modelo Ambra Battilana Gutierrez, finalista de Miss Italia, y el propio Weinstein, en donde la mujer se quejaba porque en su encuentro anterior el productor se abalanzó sobre ella, le toqueteó los pechos y le introdujo la mano bajo la falda. Harvey decía que todo era un malentendido. Fue como si se abriera un dique: montones de actrices famosas y menos famosas, camareras de hotel y secretarias revelaron que ellas también habían sufrido manoseos, ataques e intimidaciones similares. Quizá el caso más significativo sea el de Gwyneth Paltrow, la niña mimada de Miramax, que consiguió un Oscar por su papel en esa prodigiosa estupidez denominada Shakespeare in Love, que debe buena parte de su éxito a las gestiones profesionales y a las menos profesionales de los hermanos Weinstein, y que finalmente ha revelado que ella también fue víctima de los abusos de Harvey. Es lógico atribuir su silencio al miedo, a la ambición, al ansia de triunfo. Con esta clase de fango, con esta clase de mierda se fabrican algunas estrellas de Hollywood.

Ahora, cuando incluso su esposa y su propio hermano Bob lo han repudiado (como si Bob se hubiera enterado del historial criminal del tipo con quien lleva compartiendo compañía, sueños y despacho desde los ochenta), Harvey ha perdido el control de la compañía y se enfrenta a un futuro incierto. Harvey Manostijeras, que era el mote con el que lo conocían en el mundillo por su manía de cortar secuencias, ha resultado ser la versión porno: Harvey Manospollas. Lo triste es que los abusos sexuales son sólo una pequeña parte, y quizá no la peor, de la forma en que los Weinstein tomaron Hollywood al asalto, pisotearon el cine independiente norteamericano, destrozaron para siempre auténticos talentos y elevaron al Olimpo a lamentables mediocridades. Algunas de ellas son las mismas que han descubierto ahora, al leer los periódicos, al monstruo que alimentaron. Biskind, que se entrevistó con una legión de cineastas, actrices, actores, abogados, secretarias y trabajadores vinculados a Miramax, lo reveló todo punto por punto en 2004. Todo está en el libro: negociaciones bajo cuerda, insultos, agresiones físicas, periodistas comprados. Algún día alguien hará una película sobre los hermanos Weinstein y muchos de los protagonistas de carne y hueso se creerán que es sólo una película.

DAVID TORRES

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