Diván

Hablar de uno mismo es a veces es el mejor refugio frente a una actualidad demasiado contaminante y de la que nadie que se meta a fondo sale incólume

Estudio de Sigmund Freud con el diván cubierto con una alfombra en primer plano, en su casa de Londres.
Estudio de Sigmund Freud con el diván cubierto con una alfombra en primer plano, en su casa de Londres.

 

En la búsqueda a veces angustiosa del tema nuestro de cada día, los columnistas tenemos siempre a mano la tentación más gratificante para quien firma y menos para quien lee: hablar de uno mismo. Esas confidencias nos dan un íntimo contento narcisista aunque su interés sea más que dudoso: para hacer un relato del yo que merezca la pena hay que ser por lo menos Montaigne y no suele ser el caso. Pero en cambio tiene la ventaja de que en ese terreno nos sentimos por fin seguros. Sobre cualquier otro asunto pueden discutirme mi competencia, pero cuando hablo de mí… Precisamente esa invulnerabilidad hace la cuestión tediosa. Sin embargo, a veces es el mejor refugio frente a una actualidad demasiado contaminante y de la que nadie que se meta a fondo sale incólume. En caso de asedio planto el pendón de mi yo (como según Ortega hacía Unamuno en los debates) y que los demás sigan con sus banderías… y sus banderillas, a menudo de fuego.

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