Inéditos: tres poemas de Diego Brando

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Me pregunto si duermen en la madrugada
los pasajeros del tren que avanza
en las cercanías del barrio.
Dentro de la casa se mueven
los vidrios de las ventanas,
las botellas de vodka y whisky
y las cenizas amontonadas
en ceniceros de madera.
Eso sin contar nuestras pobres cabezas
quemadas por la voz de un noticiero
que habla de restos de aviones en un pantano.
Alguien canta y repite para sí
una canción de moda
y los mosquitos succionan nuestra sangre
sin perturbarse.
Después de todo
también nosotros viajamos a la velocidad de la luz
hacia el norte.
Aunque no lo tengamos.

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Me moví hacia el sur del pueblo
mientras escapaba del calor de la tarde.
Los niños parados sobre los alambres
miraban de qué manera el tren arrasaba los rieles
de un punto cardinal a otro
y cómo los obreros construían un sendero con luces
para que la gente camine en un futuro.
Es el sonido de las retroexcavadoras lo que marca el ritmo
e incluso lo que suena por la noche en mi mente
cuando la temperatura baja y la helada hace su presencia.
Viajes a la velocidad de la luz,
ruidos y amplitud térmica:
de eso es de lo que estamos hechos,
aunque en el fondo no nos demos cuenta.
Cae la tarde y escribo febrilmente.

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Detrás nuestro palomas blancas y negras
sobre los galpones abandonados
que antes conservaban intactos camiones de acero.
Volvos de todo tipo: Frontal, Titán y Deux.
Conmigo el electricista que instala en el fondo del patio
un farol restaurado para darle seguridad a mi familia.
Me dice – hay que pintar el techo, las paredes,
sacar el barro que se junta y que te agrieta la casa. –
Yo pienso que sí, que ya lo voy a hacer
mientras me acomodo el gorro polar sobre la cabeza.
Cuando termine y se vaya prenderé un cigarrillo
y esperaré la noche. Luego sentiré el arrullo de las palomas
y sabré finalmente cuánta pena valió
haber dado luz sobre el desastre.

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