LA HERENCIA

Por: Guillermo Fadanelli
LA HERENCIA

 

—¿Cuántos millones heredaste, cabrón? En verdad que te comportas de manera misteriosa. Estoy a punto de creer que es verdad —dijo Herbert y su pregunta provocó el silencio y la curiosidad del resto de los amigos.

—El tequila es lo que te hace hablar así, Herbert —dijo el anfitrión. Y se hundió en su antiguo sillón, la única pieza de la sala que parecía tener una historia.

 

—¿Cuántos millones?

 

—El tequila te hace intempestivo e imprudente, Herbert; la bestia que escapa de su jaula; un canalla valiente —y después de haber dicho lo anterior el anfitrión agregó en tono cansado—: treinta millones, nada en verdad.

 

—¿Y qué harás con todo ese dinero? —añadió una voz tímida. La de Hinojosa.

 

—Dejar de escribir, abandonar la literatura. Ya he tenido suficiente de esa tontería —dijo el anfitrión y sirvió más whisky de malta en su vaso cristalino.

 

—El whisky no es más que agua depresiva —dijo Herbert, tomó una botella y sirvió, también, otro chorro de tequila en su vaso.

 

—No, Herbert, te equivocas. El whisky, sólo si es de malta, claro, un Glenfiddich como éste, ha venido a rescatarme de mi vida miserable. Ha sido mi bebida la que ha traído a mí ese dinero.

 

—Yo prefiero el ron —musitó Trujillo, como charlando consigo mismo, aunque en realidad pensaba en los treinta millones que había heredado su amigo. Trujillo era un hombre joven y de un humor apreciable.

 

   —¿Ron? —el anfitrión bajó el tono de su voz— Deja esa bebida para los pescadores que celebran una buena jornada, para los jóvenes que no han leído literatura inglesa. Lee El diario del ron, de Hunter S. Thompson, y verás la caterva de malos periodistas aficionados a esa bebida. No, las aguas, los manantiales de Escocia poseen secretos que sólo algunos podemos compartir.

 

 El anfitrión alardeaba; mas su arrogancia no era tal. Él se dedicaba a provocar a sus invitados, y se divertía.

 

—¿Qué hay con el vino? Tu bebida es brusca y carente de bemoles junto a la variedad de la uva y sus bienes —habló nada menos que Montiel, quizás el más viejo amigo del anfitrión y quien seguramente se beneficiaría de la actual herencia de su añeja y cercana amistad.

 

   —No, no, no… —el anfitrión se exasperó por primera vez en la noche, ¡cómo odiaba que compararan las uvas a los cereales!—. El vino es la cultura, las letras, la literatura. Todo eso que quiero dejar en el pasado. Un engaño de la imaginación, una alucinación culta, nada; ahora me concentraré en el whisky de malta, fino y prudente, alejado de los aspavientos y pretensiones del vino o la literatura. Tú sigue leyendo novelitas. Yo me concentraré en esta sagrada biblia y sus hielos.

 

—Pinche bebida depresiva —dijo Herbert—. El buen bebedor de tequila no es un mariachi. Sabe elegir.

 

—Yo me conformo con un vaso de cerveza clara y fría todos los días —se atrevió a comentar Esquinca—. No podría vivir sin eso. Y por cierto, tus cervezas no están lo suficientemente frías. No somos alemanes para beber cerveza tibia, carajo. Ya metí varias en el congelador.

 

—¿En verdad dejarás la literatura? —pregunto, tímidamente, Hinojosa. Estaba preocupado por el dinero y sus consecuencias.

 

—Sí, y me dedicaré a un deporte fuera de lo común. Se los confieso ahora con la única condición de que no lo tomen como una broma.

 

—No, de ninguna manera, ¿de qué se trata? —respondimos todos a la vez. Los treinta millones dotaban a nuestro anfitrión de una aura de respeto de la que antes carecía.

 

—Voy a acostarme con una mujer cercana a cada uno de ustedes. El whisky me ha despertado nuevas ideas y retos.

 

Los postigos de la ventana dejaron de temblar y un silencio opaco se expandió en la amplia sala que cobijaba a los amigos. La cantina, hecha de madera tallada y que el anfitrión presumía haber traído desde Bretaña, se vio abordada de repente por los invitados que, ante aquella declaración descabellada, se dedicaron a llenar sus vasos. El huesudo perro, propiedad del anfitrión, dio un lánguido ladrido desde su lugar bajo la mesa. Un ladrido triste y desahuciado.

 

—No se escandalicen, será una forma de hacer más sólida nuestra amistad. Ustedes no van a enterarse, por lo demás. Serán mujeres que lleven su sangre y la mayoría de ellas ni siquiera les será importante, una prima, una sobrina, una tía hirviendo de pasión y deseo. Mis treinta millones y mi Glenfiddich me dan derecho a ello. Será una manera de compartir mi dinero con ustedes.

 

—¿Te vas a tirar a mi abuela? —dijo Herbert, y lanzó al aire una explosiva carcajada. El perro se asustó y dio de nuevo un lánguido ladrido—. No cabe duda, pinche agua depresiva. Deberías cambiar al bourbon, es menos tétrico.

 

—¿Bourbon? Eso es perfume; abandonen el maíz y los magueyes, mis amigos.

 

—¿Y tú qué? Eres… como un bisonte trastornado —dijo Trujillo, algo alterado por la proposición de nuestro anfitrión—; y si te coges a alguien de mi familia tendrás que beber yogurt con popote, en vez de whisky.

 

—¿Lo ves? El ron te lleva a la celebración o a la violencia, es una bebida de mercado. Ninguno de ustedes va a enterarse, y si lo hacen no pasará nada. Estaremos más unidos.

 

—Treinta millones es mucho dinero —musitó otra vez Hinojosa.

 

—Dejarás la literatura, serás libre al fin —hablé yo que me había mantenido ajeno a la conversación amarrado a mi copa de brandy. Me incliné y puse la copa bajo el hocico del perro. Me encaminaría a un bar donde me esperaba otra conversación absurda: el brandy te desata la lengua, tarde o temprano. El perro olisqueó el contenido de la copa y volvió a ladrar lánguidamente. Yo no tenía opiniones sobre el alcohol, sólo tenía vicios y me entregaba a ellos. Si hubiera heredado treinta millones es posible que también abandonara mis vicios, me dedicaría al alpinismo o al coleccionismo de arte. Y eso sí, dejaría en paz a las mujeres de mis amigos. A fin de cuentas, Herbert tenía razón cuando desconfiaba del whisky, es una bebida que llama al cinismo y a la maldad, agua para delincuentes refinados. Me marché sin más ademanes que un tímido movimiento de cabeza. En la acera, fuera de la casa de nuestro anfitrión, encontré una moneda y me la eché al bolsillo. Era probable que esa noche me deparara alguna sorpresa agradable y que aquellos diez pesos fueran el comienzo de una futura herencia. Con ánimos renovados seguí el perfil de la calle y me perdí en mis sueños

Ilustración: Santiago Solís

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